Miércoles, 25 de abril de 2018

Los Reyes Magos existen

Mi amiga Gloria está a punto de jubilarse y cree en los Reyes Magos. ¿Por qué no iba a creer? Lleva cuarenta años viéndolos llegar en los encendidos ojos de sus niños, de sus alumnos, y cuando alguien se despista y le dice que no existen, siempre le cuenta la historia de Christian, su alumno más recordado, el que nunca podrá olvidar.

Era un ocho de enero. Aquel día todos llegaron a clase cargados de regalos, de sueños conseguidos, de ilusiones realizadas. Pero aquel año, a mi amiga Gloria, solo le importaba su querido Christian.

Christian tenía cinco años y el cuerpo lleno de cicatrices. Solo llevaba unos meses en España. LO trajo su padre desde Colombia. No sé si por miedo, no sé si por esa tan inútil como humana tendencia a espantar los malos recuerdos con la distancia, quizá por ambas razones. Era un niño triste, muy triste. Mientras coloreaba cuadernos en silencio la seño lo observaba a veces y ni ella que tanto entiende de niños sabía si era un niño viejo o un viejo niño. El último día de clase le había preguntado, como a todos sus alumnos, qué pensaba pedir a los Reyes Magos, qué iban a traerle Sus Majestades de Oriente. Sus compañeros le recitaron todo un poemario de modernos juguetes, de maravillosos juguetes, de juguetes maravillosos. Christian le dijo  que nada.

—¿Por qué? —Quiso saber ella.

—Porque yo no tengo mamá para escribirles la carta.

Christian debía tener mamá, pero no la tenía, lo decidió no sé quién una espléndida tarde de primavera disparando una pistola desde la ventanilla de un coche. Paseaban los tres muy felices por las calles de Bogotá. Su padre huyó desesperado, las balas eran para él, no para su familia. En el ejercicio de su deber había tenido que condenar a alguien, no sé ni a qué pena ni por qué delito, seguramente asunto de drogas. Su madre lo tuvo muy claro: le había dado la vida y era imprescindible ponerse frente a las balas para que no le impidieran vivirla.

—Pero las mamás, a los reyes, les pueden escribir desde el cielo —le había dicho la seño.

Pero la seño anduvo muy preocupada aquellos días de vacaciones. ¿Podría creer en los milagros un niño que había sentido en su cuerpo las uñas de las balas?

Cuando aquel ocho de enero lo vio aparecer en clase con su fantástico coche nuevo y radiante de alegría no se lo podía creer.

—Mamá les escribió y además de este coche me han traído...

Y por primera vez sus cicatrices no le parecieron tan horribles, y por primera vez su silencio dejó de darle miedo. De su sonrisa se desprendía que lo que no había conseguido ni ella ni su padre ni el psicólogo en tanto tiempo, lo habían conseguido en una sola noche los tres Reyes Magos: que se sintiera acompañado, que empezara a descubrir que en la vida había algo más que tiros, sangre y ausencias.

Por esto, mi amiga Gloria, y porque los ve llegar cada año en la ilusionada mirada de sus alumnos, de sus niños, aunque está a punto de jubilarse, sigue creyendo en los Reyes Magos. Además, ¿por qué no iba a creer? Los Reyes Magos existen, y si no existieran, en lo que haya sobre la tierra un solo hombre que haga sufrir a un niño, habría que inventarlos.