Domingo, 21 de enero de 2018

El hábitat interior

        Mi mujer y yo visitamos hace diez días en Bilbao a un matrimonio amigo que reside en la planta 22 de una de las Torres Isozaki. Por motivos profesionales, Luis pudo elegir la altura y ubicación del piso, desde el que pueden contemplarse impresionantes panoramas del renovado Bilbao. Begoña, su esposa, comentó que desde niña ha vivido siempre en casas situadas a considerable altura. Antes, en la Colina de Begoña, luego en una de las torres de Zabálburu y actualmente en una vivienda que tiene como característica que todas las paredes exteriores son de vidrio desde el suelo hasta el techo. Lejos de producirle extrañeza, y mucho menos vértigo, le hacen sentirse a gusto, en su ambiente. Su zona de confort, como se dice ahora. Nos gustaron mucho el piso y el rascacielos. Los seres humanos tenemos nuestro propio ecosistema personal, que se origina en la infancia y va fraguándose a lo largo de la vida en función de los entornos que habitamos. Soy bilbaíno; mi infancia y mi juventud transcurrieron en Bilbao. Después de leer la novela Patria he reafirmado que mi Euskadi es muy distinto del que recrea Fernando Aramburu, el de los valles interiores de Guipúzcoa, de pequeños núcleos industriales cerrados entre montes densos y húmedos. Las diferencias, sin embargo, no son tanto de gustos o nivel de vida (esa zona es económicamente próspera) como de hábitos cotidianos y, sobre todo, de ambiente. Los cambios de hábitat motivados por mis estudios y destinos profesionales –Pamplona, Logroño, Palma de Mallorca y Salamanca– han sido considerables. Pero en el fondo permanecen inmutables las primeras sensaciones vitales de una urbe lluviosa, dominada por el asfalto y, aunque también rodeada de montes, abierta a su modo singularmente cosmopolita. Este es nuestro hábitat interior, el que genera la nostalgia, la añoranza, la morriña. Volví a sentirlo y me hizo pensar lo duro que tiene que ser el abandono forzoso.  (Foto: La Ría desde Isozaki. JJM)