Miércoles, 25 de abril de 2018

Y la estrella sigue

Dicen que a los magos los alertó una estrella especial que apareció en los cielos de oriente. Puso ser o pudo no ser, ahora da igual. Lo que no da igual es que hoy, y desde entonces, sí aparecen estrellas que avisan, hasta en pleno día que es señal de mayor urgencia. O a ver si el fenómeno – estrellas a mediodía - es por aquello que dijo aquél: ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía?, cosa que sería aún más grave.

Me refiero a que hoy estamos llenos de avisos, con estrella o no, sobre lo que sucede y sobre lo que sobrevendrá si no se evita lo que parece inevitable.

Hay estrellas que hoy nos avisan, como cualquier imagen de un refugiado con su maltrecha maleta a cuestas o cualquier subsahariano que intenta saltar la valla por cuarta vez sin conseguirlo y se le están acabando las reservas para aguantar en las laderas del Gurugú con Melilla a la vista. El aviso se repite una y otra vez, desde Tesalónica hasta Calais y desde Hungría hasta Málaga. Y desde México hasta Sudán o Myanmar.Y por aquí tan distraídos entre el Niño y las loterías. En este plan los Magos son imposibles y su viaje hasta Belén también.

Recuerdo de vez en cuando un artículo de Félix Madero hace unos años, creo que en el ABC, en el que hablaba del chico de la maleta que huía malamente con ella a cuestas mientras nosotros lo contemplamos tranquilos y sentados en el banco del parque. ¡No pasa nada! Y añadía que un día alguien nos pedirá cuentas por esa indiferente tranquilidad.

Pues eso. Que hay estrella y avisa con dramática insistencia. Y crece alarmantemente la intensidad y la frecuencia de sus destellos.

De vez en cuando cunde la alarma porque nos afecta el fenómeno, como cuando mueren varias personas en Barcelona – recuerdo y respeto para ellas -, pero apenas si nos enteramos cuando mueren otras cien en Kabul o donde toque. Y yo soy también ciudadano de Kabul, por difícil que sea tomar conciencia de semejante certeza.

Y de allí y de otros lugares parecidos me llegan los destellos de advertencia, con una severa insistencia que debiera despertarme del sueño tranquilo de un europeo bien comido y bien asentado. También esto sería una “epifanía”, o sea, una revelación. Y falta me hace.

Y Feli. Nunca supe si era Felisa o Feliciana o Felicidad o hasta Felicísima llevando hasta el extremo la ironía de un nombre así para quien en vida nunca pudo practicarlo. Porque es una mujer con mucho dolor desde siempre y ahora lo tiene medio recogido en una existencia oscura y olvidada de una residencia para ancianos de tercera como ella. Ahora caigo en que se llama Ofelia. Vaya por Dios.

Y desde esa oscuridad toda ella emite destellos de aviso. Y nos avisa a todos, pero especialmente a los que metidos en nuestras prioridades tan de nuestra primera línea olvidamos a los últimos  y nunca o casi nunca nos encontramos con ellos. Nos avisa a nosotros, tan acomodados, para recordarnos la dureza de la vida que mucha gente, de cerca y lejos, de dentro y de fuera, sufre callando, sin ternura ni biografía ni casi nombre. Son nadies que andan por ahí y por ahí acaban aparcados en cualquier portal (¡qué ocurrente lo de portal!). Y su estrella, obra de Dios, no deja de emitir señales. Dichoso el que la siga.

Y el rayo que llega de las estrellas de aviso no cesa, como el del poeta, y sigue avisando. Ahí, a la vuelta, en un cajero que quizás él no sabe que lo van a cerrar esta semana, duerme Pascual y ya son las diez de la mañana y ahí sigue, aunque él tampoco sabe que hoy es fiesta y no lo van a echar porque no hay limpieza. Un turista portugués y madrugador le saca una foto y los demás pasan sin verlo porque es un bulto más en el mobiliario urbano.

Y sin embargo su estrella no deja de guiñar al que pasa advirtiéndole de la soledad de la persona envuelta en manta y cartón porque desde que salió de Topas con lo puesto ni sabe adónde ir ni en ningún sitio se le espera. Duerme a pesar de la rabia y cuando despierte tendrá que huir con su manta recogida y hacerse invisible, acosado por la misma sociedad que desde hace años le maltrató con injusticia hasta empujarlo a la deriva donde ahora anda. Él sabe que es inocente, pero parece que sólo él lo sabe, con lo cual es como si no lo fuera. Uno así no es ni presunto.

Sin embargo su estrella sigue encendida vaya por donde vaya. Avisando a quien quiera o pueda identificar la señal. Es tiempo de Magos.

O la estrella de Anita, que nunca tuvo suerte, ni con su marido, que se fue, ni con sus hijos, que se los quitaron, ni con el trabajo, que siempre se le escapa y no sabe por qué, aunque ahora ha entrado de barrendera. A ver cuánto le dura, ella sabe que poco. Y ella sabe también que buena parte de todo esto y de más es por culpa suya, pero no tiene recursos para cambiar su mala estrella.

Y hablando de estrella, aunque sea mala, también ésta, la de Anita, avisa, sobre todo a los que están o pasan más cerca de ella, porque el problema no es sólo suyo ni la solución tampoco. Su mala estrella nos sigue avisando de que ahí hay una emergencia a la que habría que acudir. Y Magos somos todos y Magos que acudan con el oro, el incienso y la mirra  tenemos que serlo todos. Para eso parpadea la estrella y a la vista de lo que hay y de lo que viene seguirá avisando por los siglos de los siglos.

Y así hay miles de estrellas en el firmamento humano que nos avisan, unas veces a unos otras a otros, de que hay alguien que necesita que nos lleguemos hasta Belén y reconozcamos allí al Salvador del mundo. Nada menos.

Pero pensándolo bien y fijándome en mi caso, ando entre regalos y comidas, llamadas y wasaps y no creo que ande haciendo caso de no sé qué destellos de no sé qué estrella que anda por no sé dónde. La vida sigue su curso, empieza un año nuevo y el calendario impone sus reglas. Hasta otra.