Domingo, 21 de enero de 2018

Carta al rey Baltasar

Querido rey, querido Baltasar: permíteme que me dirija a ti con esta familiaridad, impropia del trato con un personaje de rango real. Pero es que, si me dejas decirlo, tú eres un rey muy especial, eres el rey de los niños: todos te quieren y los que lo fuimos, también, y nos invade la nostalgia cada año cuando llega tu gran día y vemos que los niños te esperan con ansiedad: “el negro, el negro” y lo gritan no como un desahogo xenófobo, sino como una manifestación de cariño, porque eres el rey más querido de todos. No sólo ya de los tres magos, sino de cualquier rey mundano: ¡ya querrían ellos que los quisieran la mitad que te queremos a ti! Y te confieso que yo estoy entre quienes te quieren, porque la noche de Reyes, desde que era niña, no ha dejado de acompañarme. Sigue siendo para mí la gran noche y por nada del mundo estoy dispuesta a que me la arrebaten, es la noche de la fantasía y de la imaginación, pero no lo digo en un tono infantil que pudiese parecer despectivo, porque lo voy a confesar: tú a mí nunca me has fallado.

Cuando me encuentro a amigos y se lo digo, me miran condescendientemente, como diciendo: ¡pobre!, lo percibo, pero qué más da. Tú y yo sabemos de qué hablamos y sabemos que es verdad: la noche de Reyes, tú y tus dos compañeros, hacéis acto de presencia, mágicamente, sobrenaturalmente, fantasiosamente, da igual, pero hacéis acto de presencia. Nunca me encontré carbón en mis zapatos, nunca los encontré vacíos, al levantarme siempre hubo algo para mí, algo inesperado, impensable, pero allí estaba y sabes que mentalmente me limitaba a decirte: ¡gracias Baltasar, gracias rey mago mío, amigo y colega en las dificultades y momentos oscuros! Porque allí estabas tú siempre, esa noche me acompañaba y me acompaña los 365 días del año y su felicidad se expande y disuelve todos los momentos de pesimismo o decaimiento que puedan surgir en los meses sucesivos.

No existen los Reyes Magos, son los padres, me siguen diciendo los incrédulos, acaso porque no soportan haber perdido la noche más bella del año cuando eran niños, acaso porque no soportan haber dejado de ser niños. Pero yo no lo discuto, no pierdo el tiempo con cosas que no llevan a ningún sitio, y se lo digo a ellos: qué pena, porque yo sí creo y nunca me fallan los Reyes de Oriente. ¿Y si tuvieran razón los incrédulos, me pregunto a veces? Entonces es que otros seres queridos y maravillosos ocupan su lugar, cumplen su función, y el resultado es el mismo: nos quieren, me quieren, ¿hay algo mejor en esta vida?, y lo simbolizan con los regalos que he pedido a Baltasar, mi rey favorito.

Pero yo, el próximo viernes, al anochecer, pondré, como siempre, mis zapatos junto a la ventana, al lado de los de las personas que dan sentido a mi vida. Dejaré también unas jarras de agua para que abreven sus camellos. Y a ellos, a mis reyes del alma, les pondré una buena jarra de chocolate junto a unas pastas navideñas, para que hagan un receso en su larga y productiva noche. ¡Bien se lo merecen! Después seguirán con su función por todas las casas donde hay un niño o alguien con alma de niño. Pero, entre tanto, en sueños veo a Baltasar que entra en mi habitación cuando estoy dormida, me acaricia el pelo y me da un beso en la frente, al tiempo que me susurra: te quiero, no pierdas la fantasía por nada del mundo.