Lunes, 22 de enero de 2018

2018: Año Nuevo para los migrantes y refugiados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     Con ocasión del fallecimiento de mi tía y madrina de Bautismo, Amparo, pude encontrar en el desván de la casa del pueblo la maletita de cartón forrada de lona y la cesta de láminas de castaño que aparecen en la foto. Llenas de polvo me las traje a casa, porque su mera contemplación me hizo recordar el Libro del Éxodo, 22, 21: “Tratad bien a los extranjeros, porque extranjeros fuisteis también vosotros en Egipto”.

     Espero que 2018 sea un año nuevo y bueno para los migrantes y los refugiados. También para mí y para todos Vds., amables lectores. Lo mismo espera el Papa Francisco y así lo pide en su mensaje para la 51ª Jornada Mundial de la Paz, que se celebra hoy, siguiendo la iniciativa que inició el gran Papa Pablo VI el 1 de Enero de 1968. Viene bien recordar algunas de sus palabras, sin cambiar nada del texto oficial, ni siquiera el abuso de los superlativos, tan propio de aquellos años en el lenguaje eclesiástico:

     Nosotros, los creyentes del Evangelio, podemos infundir en esta celebración un tesoro maravilloso de ideas originales y poderosas: como la de la hermandad intangible y universal de todos los hombres que deriva de la Paternidad de Dios única, soberana y amabilísima; y que proviene de la comunión que, in re vel in spe, nos une a todos a Cristo; y también de la vocación profética que en el Espíritu Santo llama al género humano a la unidad no sólo de conciencia sino de obras y de destinos. Nosotros podemos, como ninguno, hablar del amor al prójimo. Nosotros podemos sacar del precepto evangélico del perdón y de la misericordia gérmenes regeneradores de la sociedad. Nosotros, sobre todo, Hermanos venerabilísimos e Hijos dilectísimos, podemos tener un arma singular para la Paz, la oración, con sus maravillosas energías de tonificación moral y de impetración de trascendentes factores divinos de innovaciones espirituales y políticas; y con la posibilidad que ella ofrece a cada uno para examinarse individualmente y sinceramente acerca de las raíces del rencor y de la violencia que pudieran encontrarse en el corazón de cada uno.

     Volvamos al 2018: “innovaciones políticas” son las que pretende la ONU para este año: firmar dos acuerdos mundiales, uno para abordar el tema de los migrantes (unos 250 millones de personas), el otro sobre los refugiados (22 millones y medio de personas). Con su maletita de cartón y lona y su cesta de láminas de madera de castaño cocida, o sea, con su mochila o su trolley –ya con las ruedas rotas de tantos caminos para los que no estaba diseñado-, o con una simple bolsa de plástico donde guardar los “tesoros de supervivencia”, si es que les queda todavía alguno, buscan la paz.

     Paz era lo que buscaban los refugiados de nuestra Guerra Incivil, pues Paz es mucho más que el fin de una guerra. Paz ansiaban los emigrantes españoles en Alemania o en los países nórdicos, pues paz no es no poder alimentar a la familia, ni poder pensar siquiera en formarla por falta de trabajo digno y de una mínima esperanza de futuro. Paz es que se le reconozcan los derechos humanos y la dignidad personal a los que tienen que huir de la desesperación producida por el hambre, la injusticia, la guerra, la trata de blancas, los nuevos mercados de esclavos, sexuales y laborales. Y por los desastres medioambientales.

     No sólo buscan la paz, sino que traen también consigo poderosas herramientas para construirla: capacidad de superar dificultades, ilusión, creatividad  e imaginación, capacidad de esfuerzo, resistencia física, resiliencia espiritual, entrenamiento para la solidaridad y contra el individualismo, amén de una formación intelectual y profesional en muchos casos envidiable. Y, en muchos casos, el conocimiento real y práctico de tantos países por donde han tenido que pasar.

     Cierto es que muchos de estos valores también los atesoran los fanáticos, que podrían intentar camuflarse entre la mayoría pacífica, pero para eso tenemos una Policía y unos servicios de información poderosos, capaces de cribar y discernir churras y merinas.

     Migrantes y refugiados: una ocasión magnífica para que los que tenemos que acogerles ahondemos en nuestros propios valores espirituales, ejerzamos y actualicemos nuestros derechos políticos y salgamos de nuestra ínsula de individualismo e insolidaridad. O sea, profundicemos en humanidad.