Lunes, 16 de julio de 2018

Escribir

Las razones de la escritura, o de su ausencia, son numerosas y, muchas veces, complejas. Cada ser humano tiene la suya. Los escritores consagrados en algún momento de su vida las explicitan. Un amigo que lleva escribiendo treinta años es un apasionado de las memorias de novelistas y sabe mucho de sus motivos. Escribir como desahogo existencial, para dar sentido a lo que se hace, para comunicarse, como una forma de expresar belleza, para acusar o para defenderse, para explicar el porqué de las cosas, como una manera de llenar el tiempo, de dejar volar la imaginación, como el ejercicio prosaico de una profesión mediante la que ganarse la vida. Escribir a mano, en una vieja máquina, en un ordenador, en el móvil. Dictar.

 

Si las palabras se las lleva el viento, la escritura todo lo aguanta. “Dígamelo por escrito” conminó el empleado al jefe que le daba la instrucción. La humanidad se ha desarrollado en función de cómo lo ha hecho la escritura. Si saber leer supuso un gran avance saber escribir fue más allá. Dejar de depender del amanuense, del escribidor de oficio de cartas y de documentos para hacerlo uno mismo fue el paso decisivo en la conquista del libre albedrío. Muchos podemos leer en diferentes idiomas, incluso comunicarnos mediante el habla, otra cosa es escribir en lenguas que no son la materna. Hoy se escribe más que nunca, aunque sea de un modo diferente, adaptado a soportes tecnológicos que condicionan el tamaño de lo escrito e incluso la grafía y la sintaxis. Los puristas se quejan, pero entiendo que se acomoda a los nuevos tiempos.

 

La inteligencia artificial tiene como reto la escritura creativa. Se dice que estamos muy cerca de que seamos incapaces de distinguir una obra de ficción realizada por una máquina. Cuando eso ocurra algo muy importante se habrá quebrado en la evolución humana. No obstante, hoy no quiero agobiarme con esa certera posibilidad. Deseo felicitarme por escribir y en ese gesto egocéntrico incluyo a todos los que lo hacen cotidiana o esporádicamente, dando testimonio o mediante la invención de la realidad, algo que molesta a muchos, pues solo esperan que esta sea única, oficial, siendo toda fábula un despojo para momentos triviales, de asueto. Lo serio en detrimento de lo ligero.

 

Escribir ha llevado a la hoguera, o al paredón. La tortura, la desaparición han sido la respuesta de los modernos Torquemada a quienes transgredieron ciertos límites. Más banalmente, la escritura ha confundido hasta llegar a la ruptura a amantes que encontraron en los escritos de su pareja una vida atormentada, ajena a la plácida que anhelaban, o un rosario de fingidas aventuras que rompían el equilibrio de la fidelidad amorosa exigida. Frases configuradoras de relatos que se escapaban del control del ser amado. Vidas paralelas insoportables por su procacidad libertaria o, simplemente, por su imaginación desbordante superpuesta sobre los hábitos cotidianos, vulgares, insípidos. Fuera de verse la escritura como liberación se percibe como una ofensa. Entonces no hay relación posible.