Miércoles, 18 de julio de 2018

Reloj profético

Cuando comienzan a llegarnos olores de viejas uvas, traigo a mi columna el popular “reloj de la Puerta del Sol” o “de la Gobernación” que fue inaugurado por la borbona de los Tristes Destinos en 1866 con objeto de sustituir al envejecido reloj de la iglesia del Buen Suceso, sin saber la reina, ni el reloj, ni el relojero Losada, que tal cronómetro alcanzaría fama universal por las doce campanadas que cada Nochevieja marca el ritmo al que los españoles debemos ingerir doce uvas en feliz hermanamiento familiar, amistoso o vecinal.

Los errores de sus primeros pendulazos provocaron risas, críticas, caricaturas, bromas y proféticas coplas de los madrileños, como aquella que decía: Este reló tan fatal que hay en la Puerta del Sol, dijo un turco a un español, ¿por qué funciona tan mal? Y el turco con desparpajo contestó cual perro viejo: este reló es el espejo, del gobierno que hay debajo.

Tan centenario reloj ocupa privilegiada atalaya en el kilómetro cero del país, dejando colgar hacia abajo su péndulo de tres metros y retrasándose algunos segundos cada mes, mientras la bola sube por encima de la torreta bombardeada durante la barbarie incivil, dañando la esfera del artilugio.

Sus señales horarias precedieron a los diarios radiofónicos en la España franquista, como referencia obligada de hora oficial, a la que debían adaptarse todos los relojes de muñeca o péndulos familiares campaneantes en los hogares, coincidiendo con las horas que el nocturno sereno cantaba.

No han faltado travesuras del reloj a los ciudadanos, como el despiste que tuvo en 1928 dejando caer una de sus pesas sobre el despacho del ministro de Gobernación. O en 1989, confundiéndonos la locutora con el anunció de cuartos cuando ya eran campanadas las que sonaban. O la prisa con que golpeó su badajo en 1996 atragantando a los hispanos que intentábamos comer las uvas a velocidad inalcanzable.