Miércoles, 25 de abril de 2018

Ay, Cronos sigue en el Corrillo

La escena es macabra y excesiva. La presenta la penúltima columna de la Plaza del Corrillo en un relieve que parece sacado de la pintura de Goya: el tiempo devora a su propio hijo. Y así andamos, entre la advertencia por lo que viene y la amenaza de lo que sobrevendrá. ¡Válame el vecino San Martín y la Señora Santa María!

La sospecha se levanta nada más empezar a contar cuando ves que “el décimo”, o sea el “diciembre”, no ocupa el puesto número diez sino el doce. Y recuerdas las viejas advertencias de la historia del calendario, que el año comenzaba en marzo, que los primeros meses se quedaron con nombres añadidos y que sólo los últimos, de septiembre a diciembre, mantuvieron el nombre según su orden, aunque ¡a buenas horas!, porque el orden estaba ya descompuesto desde el principio con esos dos meses metidos con calzador al comienzo del año.

Digo esto para dejar claro que el tiempo que mide el calendario es caprichoso, huidizo, falaz y casi con seguridad ni siquiera existe, es sólo una impresión como un gigantesco trampantojo. Y lo sorprendente es que en él vivimos -¿vivimos?- y nos movemos -¿hacia dónde?- sin abarcarlo. Nos desborda y… nos devora.

En algo de esto pensaba yo al cumplir años el pasado día 19 y al llegar ya casi a doblar la esquina de San Silvestre. Desde hace años el hecho de cumplirlos no me preocupa ni me molesta, más bien lo contrario, añade un poco de calma y una buena sensación de que todo va como debe ir.

El tiempo y su espacio son las andaderas diarias de cada uno hasta que las soltemos y ese avance de cada año, además de una inevitable e incierta alarma ante el tiempo que pasa veloz, añade algo de luz y hasta de lucidez ante este misterio que es la vida. Entiendo cada vez mejor lo de Mario Benedetti:                                                                                                 Necesito tiempo para morir un poco                 

y nacer enseguida… 

y para estar al día, para estar a la noche.

Desde siempre los poetas y los santos han sabido ver un poco más lejos y manejan con normalidad la profecía. Sin llegar, yo al menos, a lo de Santa Teresa en su copla:   

    Sólo esperar la salida          

                  me causa dolor tan fiero                       

que muero porque no muero.

Pero a pesar de mi torpeza ante cosa tan sabia, compruebo dos cosas medio contrarias: que hay tiempo para todo y que a la vez no hay tiempo para nada en este discurrir de la vida como río que va a la mar. Por eso, para lo primero, me recuerdo la belleza y la razón de aquella antigua y sabia palabra de aquel predicador de hace veintitrés siglos, del Cohélet (Eclesiastés, por su otro nombre ya en griego), que recogida en 3, 1-6, anuncia: 

Hay un momento para todo 

y un tiempo para cada cosa bajo el sol:  

un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado…

Y sigue así por veinticuatro tiempos más. Efectivamente tiene razón, hay tiempo para todo. Hasta la estadística lo demuestra.

Y compruebo también que hay tiempo pero no podemos dormirnos ni siquiera en Navidad: No la debemos dormir, decía el clásico, con miedo de que se nos pasara desapercibida… Y sería una forma de malperder  un tiempo perdido.

Por eso el hijo poeta del Maestre de Santiago lo advierte al comprobar que los maestres también lloran y mueren:     

...avive el seso y despierte 

contemplando

cómo pasa la vida…

Por eso a mis muchos años me digo: Oye, nada de dormir, que la vida es breve y el tiempo muy corto y hasta mi Juan de la Cruz me recuerda: …ni cansa ni se cansa ni descansa               

Pues así querría yo, aunque no llegara tan alto.

Y a pesar de distracciones y tardanzas, me digo que estoy a tiempo de ganar tiempos perdidos, porque          

Es tarde, pero es madrugada 

si insistimos un poco.

Lo decía hace años el padre Casaldáliga en su Sâo Felix donde no era fácil llegar a tiempo para detener la injusticia de cada día.

Pues eso, que así andamos, entre el “cronos” que nos devora -remíralo en el Corrillo en el arquitrabe de la columna de Saturno- y el “cairós” que nos saca adelante -míralo en cualquier retablo, imagen y mapa de la vida- y nos defendemos como podemos, más bien que mal.

Porque  como le gusta recordar al papa Francisco el tiempo es el mensajero de Dios

Quizás la alta cima del Corrillo y de toda la vida la señala ese profundo pensador sobre la vida que es Muñoz Rojas, quien desde su Antequera, llena de luz y de revelación, nos advierte:

Qué hermoso nacer para morir 

y repentinamente 

ver la claridad que el agua y la llama

llevan en sí mismas, 

y ver la contenida hermandad de muerte y belleza,

¡la obra de Dios entre las obras!... 

y las cosas con un revés que no alcanzamos.

Uf, esto ya es demasiado para la ligera y corta reflexión que me quería hacer ante el diciembre que se va y el enero que se viene, con ese doble rostro que tiene el dios Jano. Que nos sea propicio con sus caras y… ¡Feliz Año Nuevo!

Pero mientras tanto, Cronos seguirá avisando en el arquitrabe de la columna del Corrillo.