Lunes, 23 de abril de 2018

La vida con sabor a ceniza

Tal y como está finalizando este desventurado 2017, salpicado de indignidad por todas partes, a uno le dan ganas de reescribir algunos artículos de hace no más de un par de meses, cuando otro amontonamiento de los casos de crímenes machistas hizo saltar todas las alarmas y, cebada al rabo, como siempre, las autoridades anunciaron pactos, acuerdos y planes contra la violencia hacia las mujeres. Igual que ahora, cuando los mismos culpables de la desaparición de la enseñanza en igualdad en las escuelas, los indiferentes durante décadas, los ignorantes y los tolerantes de la indignidad, alzan la voz diciendo luchar contra lo que han alentado toda su vida.

Pero uno ha escrito y repetido mil veces la desolación y la rabia contra la inoperancia de las raquíticas políticas públicas, contra la deseducación, la bestialidad y la indiferencia que alientan el hecho de que las mujeres sigan muriendo (o viviendo en la muerte, que es una forma más cruel de la aniquilación), a manos de bestias disfrazados de hombre.

Uno ya ha gritado contra la equívoca dirección de la lucha que se centra solo en la protección de la víctima (una instancia de la inutilidad), en lugar de fijarse y luchar por la erradicación de las causas y la persecución de los culpables.

Uno, en su modestia pero en su determinación, ha recorrido, analizado, criticado, propuesto y subrayado durante años, con la indignación escrita y las palabras que van perdiendo de cansadas el eco de la esperanza, todos los estamentos y territorios que propician la violencia contra las mujeres.

Uno ha denunciado mil veces la educación machista, la ineducación familiar, la desatención institucional, la molicie ciudadana, los rituales religiosos, la institucionalización de la desigualdad, la publicidad innoble, los hábitos y los ritos que son casa y absolución de las mayores aberraciones machistas, las costumbres insultantes, el sentido y el significado de ciertas festividades y celebraciones, la religión machista, el lenguaje sexista, las tradiciones impresentables, la impunidad y las mil y una causas que propician que ahora, en este fin de año, se amontonen las noticias de una, dos, tres, cuatro mujeres vilmente asesinadas en uno, dos, tres, cuatro días a manos de quienes, sin excepción, dijeron amarlas.

Uno sabe que, denunciados o no, con órdenes de alejamiento pero campantes por la calle, miles y miles de ratas con figura de hombre siembran de angustia y desolación esas vidas con sabor a ceniza de las mujeres con miedo. Machitos y machotes, conviviendo con sus víctimas y amenazando descaradamente de sus criminales intenciones, jaleados por sus iguales y por los mirones y los bobos de baba, defendidos como buenos hijos o mejores chicos por anormales y cariñosas mamás de toda condición tan repulsivas como ellos, con custodias judiciales o no, maridos explotadores que niegan la mínima cuota de libertad a las esposas, importándoles un bledo los hijos que ni aunque supiesen hubieran educado, y que usan de amarra y atadura contra ellas, o poniéndose por montera  las consecuencias de su criminal sentido de la posesión...  y que, bestias de la indignidad, caminan por ahí como si fuesen personas.

Uno ya sabe que este país tendría que darse la vuelta completamente, lo que no hará; o pararse a pensar colectiva e institucionalmente, en lugar de hacerse fotos para el telediario, para erradicar una de las vergüenzas más indignantes que puedan imaginarse, y sobre la que instituciones milenarias que dicen tener la voz suprema del bien, callan vergonzantemente, y que no traspasan las enmuralladas almenas uniformadas y togadas de aparentemente respetables instituciones.

Uno sabe que el aire fresco de la protesta, que existe, de la denuncia posible y del principio del fin de la impunidad y la bestialidad, que puede entreverse ya, y que se fundan y apoyan en las campañas mundiales “yo también” o “yo te creo”, que están removiendo en otras partes del mundo los cimientos de una realidad de podredumbre machista y abuso consentido, no han llegado a España y uno sabe, lamentablemente, dolorosamente, que ni se las espera.

Y uno hoy, en el último artículo del año del inicio de la esperanza del fin del machismo, aunque no aquí, intenta no reescribir argumentos ni repetir quejas contra ese asco interminable hacia el machismo.