Miércoles, 18 de julio de 2018

Berkeley y Enusa: publicidad no radioactiva

Si se trata de un anuncio de coches, veremos coches circulando por un paisaje de fantasía (antiguamente salían señoras encima del capó, pero ya no se lleva); si es un anuncio de quesos, nos llevará a las montañas, donde un paisano sonriente nos mostrará sus vacas y calderos de leche fresca; y si vemos u oímos en radio y prensa la publicidad de Berkeley minera (promotora de la mina de uranio en Retortillo) o de Enusa (fábrica de elementos combustibles de Juzbado), ¿de qué nos habla?: de instalaciones modernas, compromisos con el medio ambiente, tecnologías punteras, máxima seguridad y así. Uno que no supiera de qué van estas empresas pensaría que se dedican a fabricar muebles o lavadoras. Tan limpia es su publicidad que ni siquiera menciona la materia prima con la que trabajan –y eso que Enusa la lleva en su nombre, siendo Empresa Nacional del Uranio–. El uranio, sí, el elemento radioactivo que hace funcionar las centrales nucleares, algunos submarinos, las bombas atómicas y los servicios de radioterapia de los hospitales.

Esta publicidad disimuladora viene acompañada de otra en la que Berkeley y Enusa aparecen como el gordo de la lotería, dando gratificaciones a los ayuntamientos, premios para concursos varios, patrocinios culturales y puestos de trabajo. Con tanta generosidad es difícil entender que haya habido recursos judiciales y varias manifestaciones contrarias a la mina a cielo abierto en Retortillo, todo lo cual viene retrasando el proyecto. (Claro que si leen la Gaceta no se conocerán algunas de estas cosas. Es lo que tiene depender de la publicidad). Y, hablando de esta, de la publicidad, se podría añadir que ambas empresas son instalaciones complementarias en el ciclo del uranio, pues la mina se coloca al principio y la fábrica casi al final del mismo, surtiendo de combustible a las centrales nucleares. El final último serían los residuos atómicos que, hoy por hoy, aún carecen de un cementerio donde descansar en paz.

Tiempo atrás en Castilla y León algunos se las prometían muy felices viendo un futuro vinculado al átomo, pues había varias instalaciones previstas en cinco provincias que cubrían casi todo su ciclo, incluyendo un Centro de investigación en Soria que hubiera podido tener finalidades militares.  Pero fue un sueño pasajero. En la zona de Ciudad Rodrigo aún se recuerdan los años en que Enusa explotó la mina de uranio en Saelices, que dejó una barriada para sus obreros y bancos de cemento en las calles. También dejó una amplia zona llena de cárcavas y taludes junto al Águeda, que aún hoy, 18 años después, está pendiente de recuperar para el medio ambiente. Es posible que el desmantelamiento de la central de Garoña, cerrada desde hace años, tarde el doble o más y ya veremos qué pasa con los bidones de sus residuos de alta allí almacenados.

Ahora es comprensible la preocupación de los vecinos y de algunos alcaldes de la zona, pues Berkeley plantea en una primera fase una explotación aún mayor que la de Saelices sobre una superficie de 684 hectáreas dentro de un perímetro de 27 kilómetros, en el que cabría sobradamente la ciudad de Salamanca. De momento eso ha supuesto el desguace de viejas encinas y supondrá el recurso intensivo al agua del Yeltes y del embalse de la Almendra. A los problemas medioambientales propios de cualquier explotación minera a cielo abierto se sumará la radioactividad, siempre inconveniente por escasa que sea su aportación a la existente en la naturaleza. Y cuando Berkeley haya terminado de hacer grandes agujeros, luego terraplenados, en Retortillo comenzarán a agujerear en Villaveja.

Volviendo al principio: donde hay publicidad no resplandece la verdad. Desde luego, no toda: faltan unas pequeñas dosis de radioactividad artificial.