Lunes, 22 de enero de 2018

Timeless, placeless

Yo no supe que era el tiempo.
No supe qué era el tiempo hasta que esperé en un aeropuerto. Hasta que vi cómo los días se apagaban a las cuatro de la tarde. No supe qué era el tiempo hasta que vi la vejez esperando con lentitud el paso de las horas. Hasta que corrí por un minuto más a su lado. No supe qué era hasta que caminé con las botas apretadas y la rodilla desgastada. No lo supe, pero lo sabía sin saberlo. Y ahora que lo sé la prisa no me tienta, la pausa no me seduce, pero el descanso me conforta. Ahora que lo sé veo el mundo a través de un objetivo enorme, veo la desesperación con la que viven las personas, ahogadas en su propio no-tiempo. Las ansias de vivir y exprimir, que desgastan sus almas y retuercen sus deseos. El hacer por hacer. Mientras algunos siguen empeñados en buscar más tiempo, como si no fuese suficiente el que se nos ha dado. Como quien desperdicia un regalo porque quiere más. Buscando alargar la vida, cuando ni siquiera sabemos cómo mantener esta vida, nuestra vida.

Ya no se conoce el valor de un momento, todo se mide, todo se limita, todo se estira y se rompe. Y es que ya no se entiende de esperas, no se entiende de la paciencia, del poco a poco. No se admira ya la vejez, con sus surcos y sus grietas. Es más, se desprecia lo viejo. Y cada vez más jóvenes, y menos viejos. Porque lo viejo es feo, es gastado, es roto, es magullado, es herido y es pasado. Y lo joven es nuevo, es liso, es atractivo, es lo que todo el mundo quiere ver por fuera. Ya no se sabe de la belleza de lo antiguo, de lo que cuenta historias. De los ojos que han grabado el dolor y han trabajado la alegría. Ya no se sabe. Ya no se conoce el valor de una carta que ha esperado a ser escrita, cerrada, enviada y llegada. Ya no se conoce el esfuerzo de construir algo, en este mundo en el que todo viene preparado, precocinado, predicho y prefabricado. Ya no se toca el valor de nuestras manos, de lo que las manos de aquellos abuelos levantaron, sembraron y lloraron. No se conoce el tiempo de la naturaleza, tan efímero y tan lento, tan delicado. Cómo viven los árboles, en esa permanencia intermitente de sus hojas. Cómo caen sus ramas al llegar el invierno y cómo después de deshelarse brotan de sus grietas las flores más tímidas. Ya no se conoce. Ni tan si quiera se mira, ni se admira, ni se adora el color y la maravilla que crea esa naturaleza sin ninguna mano ajena. Ya no se aprecia el palpitar de un atardecer sobre un tejado, donde el tiempo parece tan infinito como el espacio. Ya no se camina, ahora se corre. Ya no se ama, ahora se desea. Ya no se conoce la paciencia del cariño ni el esfuerzo del alma, ahora no hay tiempo, y el que hay es para otra cosa.

Aún queriendo y jugando a ser inmortales. Queriendo estirar esos años. Queriendo agrandar sin entender cómo conservar, sin entender el pasado, sin entender el presente y queriendo entender el futuro. Sin entendernos, sin crecer de verdad. Sin amar la vejez que nos precede y que nos espera aunque no creamos en ella. Sin entender que la vida va a un ritmo que nosotros estamos ignorando. Y que la vida nos habla, pero no la escuchamos. La vida nos espera, pero no llegamos. La vida nos quiere, pero la rechazamos. La vida nos da tiempo, pero nosotros no damos tiempo a la vida.