Viernes, 15 de diciembre de 2017

El “maligno” Estado español

Ya en tiempos de la ominosa dictadura franquista, me encontré una noche con un marroquí habitual de la delincuencia: “Cuando me detengan —me confesó—, que sea en una cárcel española, son las mejores del mundo”.

Oyendo ahora a algunos separatistas recién excarcelados, como Rull o Turull, el trato allí sufrido ha sido en casos bastante vejatorio. “Hasta las hamburguesas estaban quemadas y la comida era flatulenta”. En mi larga experiencia como periodista, puedo corroborar, en cambio, las palabras de mi conocido magrebí: estuve en el famoso penal peruano de El Sexto, visitando al poeta y guerrillero Héctor Béjar en unas condiciones infames. En contraste, las prisiones españolas, como la de Topas, por ejemplo, parecen balnearios.

Y es que en el conflicto de los independentistas contra el Estado español han ganado ya la guerra del relato, sin que las instituciones hayan sabido oponerles la lógica semántica. Así, han convencido a parte de la opinión pública de que Junqueras y los Jordis son “presos políticos” y no políticos que han delinquido; o que el fugado Puigdemont es un exiliado y no un prófugo de la justicia.

Es más: al Gobierno español puede reprochársele su lentitud y su torpeza, su falta de visión y el haber sido utilizado ad nauseam por los secesionistas. Si no ha hecho las cosas bien, no ha sido por no atenerse a la legalidad —sus actuaciones han sido siempre bajo mandato judicial— sino por no haber sabido explicarlo.

Eso, el relato, la tergiversación semántica, lo ha hecho de fábula el independentismo que dice que lucha por la libertad ¿de qué? Hemos llegado a oír, por ejemplo, que está contra la Constitución del 78 porque ésta “limita los derechos adquiridos”. ¿Adquiridos? ¿Cuándo? ¿Bajo el anterior régimen franquista? ¿Es que algunos secesionistas añoran la dictadura?

En eso sí que han ganado ya: en el lenguaje. Oyéndole a Puigdemont, no debe haber Estado más antidemocrático que el español, cuando resulta que se guía por los mismos principios garantistas de la Bélgica a la que se acoge el fugado, con reglas, leyes y tribunales comunes dentro de la Unión Europea.

Claro que quienes tanto usan la palabra democracia, son quienes menos la practican, como la extinta Alemania comunista, que hasta llevaba el paradójico nombre oficial de República Democrática Alemana, como si la otra, la única superviviente, la liberal de Adenauer y Brandt, la de Kohl y Merkel no lo fuera.

Enrique Arias Vega