Viernes, 15 de diciembre de 2017

Esta nueva, bellísima y glamourosa maternidad…

Me van a perdonar que me ponga nostálgica, pero hace unos añitos salía yo por estas fechas ancha y feliz por la puerta de la Santísima Trinidad con mi niña en brazos, un par de bolsas y un borrador de mi tesis doctoral porque ya de paso, aproveché para enseñársela a mi directora que vino a ver a la pequeña. Bueno, las bolsas creo que las llevaba otra persona, pero la tesis y la niña, no, que una es muy propia.

Sin embargo, quiero insistir que esta académica y maternal imagen era de una recién parturienta con la tripa rajada, una sonrisa bobalicona y más ancha que larga. Es decir, que salí con una tripa que me tenía admirada ¿No se supone que había parido?

A las mujeres de a pie no nos dicen que, después de tener el bebé, te queda una barrigita de lo más insólita, lo mismo que no nos enseñan a dar el pecho correctamente, ni nos dicen que no nos preocupemos y que hagamos lo que nos pide el cuerpo y no lo que nos recomiendan todas esas graduadas que de repente, parecen saber más que nadie de lo que verdaderamente necesita cada una.

Lo reconozco, soy una mala madre. De esas que dejan a la bebé con cualquiera y salía a la calle feliz y contenta haciendo mil recados. De esas que estaban deseando irse a trabajar y dejar la baja porque acababa haciendo gorgoritos en vez de hablar. De esas que tardaron en volver a su peso normal, poco, todo hay que decirlo, pero tardaron… en vez que parecer, a la semana siguiente del parto, una sílfide.

Vaya, que una es normal y corriente y hasta mala del todo. Una madrastra total que parecía un zombi cuando había que levantarse por la noche y que estaba de pañales hasta las orejas. Pues sí, eso de la mística de la maternidad como que me tocó de refilón, y aunque yo no lo cambiaría por nada, les aseguro que tiene su ración de malos ratos, así como de tripa post parto.

Y ahora me preguntarán ¿A qué viene tanto insistir en la barriguita que se nos queda después? Porque estoy harta de ver en el papel couché lo mona que está uno con bebé puesto, que parece un accesorio de Loewe. Lo feliz y segura que es la madre moderna, esa que nos muestra una realidad que vamos, les juro que no he visto en ninguna de mis amigas ¿Somos unas anormales degeneradas o es que nos venden una imagen que no existe?

Yo tuve un bebé maravilloso que apenas lloraba, comía maravillosamente, sonreía a las visitas y se dormía a la mínima, lo cual era el colmo de la felicidad. Pero eso no me convertía en una mujer radiante, sino que me pasaba la vida feliz, pero arrastrando mi cansancio, mis ojeras, mi tripa y mi bolsa de pañales. Puritito glamour.

Vamos, que salía a la calle con la hombrera blanca de leche regurgitada y atropellando todas las barreras arquitectónicas con el carrito de bebé. Puro arte. A mí que me digan de dónde sale tanta exquisitez, y no hablo de la criatura, que lo es… sino de las madres estas absolutamente pluscuamperfectas que son un reflejo del mundo en el que vivimos en el que, por un lado está la realidad, y por el otro, la espuma mentirosa de la imagen. A mí que me lo expliquen. Y por cierto, aún con tripa y todo, qué feliz estaba yo saliendo del hospital…         

Charo Alonso/ Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.