Viernes, 25 de mayo de 2018

Estamos todos

Mejillones al vapor, como los de tu madre, le dice Pedro comiéndose uno. Sí, como los de mamá, dice Raquel en voz baja. Masticando, Pedro comenta algo parecido a lo de todos los años sobre los entrantes de la cena. Raquel no escucha, sólo prepara otro mejillón, lo coloca en el hueco de la fuente y lo riega con la vinagreta. Se escurren trocitos de pimientos verdes, amarillos y rojos por el borde de la concha.

Cuando se ha tragado del todo el mejillón vuelve a preguntar por centésima vez qué te hago. A mí no tienes que hacerme nada, Pedro. Mujer, como te pones, me llevo los mejillones al comedor mientras llega Mónica. Con aire de camarero recién contratado, se lleva la fuente, vigilando cada uno de sus pasos, girando el picaporte de la puerta con el codo izquierdo. Raquel vuelve la vista al horno. Una bandeja de cordero para cenar, en lugar del pollo asado de siempre. La idea no le gustó mucho cuando su hija Mónica le propuso el cambio. No estaba segura de que fuese a quedar bien en el horno de gas, pero Mónica insistió en que no hay nada como esta vieja cocina de gas. Raquel la heredó de su propia madre. Al mudarse al pueblo, después de la jubilación de Pedro, no la tiró por lástima y aquí está. La cocina ha aguantado más que su madre, que lleva enterrada casi treinta años. Cuando murió, su madre estaba delgada, y ligera como una pavesa. Y tan amarillenta. Había empezado a adelgazar siendo Raquel todavía una niña. Entonces, se asustó y hasta dejó de comprar bebida. Pero pronto se le pasó el susto, como repetía su abuela cada vez que la dejaba con ella para faltar unos días porque necesitaba descansar o recuperarse de una recaída o buscar otro trabajo. Esas ausencias siempre terminaban igual: Raquel volvía a casa de la mano de su abuela para limpiar un suelo que olía a sudor y a vinagre, mientras su madre dormía en la habitación. 

Lo peor era no estar con ella en navidades. Recuerda pasarlas en casa de los vecinos del cuarto, una familia muy amable con una niña más o menos de su misma edad. Raquel y su vecina no iban al mismo colegio y apenas se trataban, pero al menos pasaban la tarde viendo la televisión. El padre se ponía corbata para cenar y la madre sólo bebía una copa de champán, aunque se dejaba la mitad, abandonada, hasta que todas las burbujas habían escapado. De primer plato, siempre había mejillones al vapor. Los ha hecho tu madre, le decía la vecina, aunque Raquel nunca la vio prepararlos. Y luego un pollo asado, con las patas vestidas de aluminio. Está que dice cómeme, decía el padre y todos se reían. Al final de la noche, dormía en una alcoba sin ventanas, que la agobiaba un poco y siempre se despertaba demasiado pronto, mientras todos los demás seguían durmiendo. A media mañana, llegaba la abuela y se quedaba en su casa hasta reyes. Eran días largos, que pasaba en la calle buscando amigas con las que jugar. Lo más divertido: el programa de nochevieja, bailando sola las canciones de la televisión mientras la abuela roncaba a ritmo en el sillón de orejas. La abuela pretendía que el mejor momento fuera la mañana de reyes, pero Raquel no guarda apenas memoria de los regalos. Sí que se acuerda que por la tarde las dos regresaban juntas a casa y limpiaban y recogían botellas aquí y allá, con la abuela diciendo está más delgada, cada día está más delgada, al ritmo de los ronquidos cavernarios que llegaban desde la habitación. 

Un coche se detiene frente a la casa. Aparta un poco la cortina y ve a Mónica agitar la mano. Raquel le devuelve el saludo. Pedro sale corriendo a ayudarles. Sin abrigarse, como si nada. Los ve sacar el carro enorme del maletero y desplegarlo, abrigar a las mellizas con medio cuerpo dentro del coche y pasarlas al carro mientras se retuercen. Se oyen sus protestas, amortiguadas por el cristal. Al instante, se escucha el golpe del carro de las mellizas contra el quicio de la puerta, los avisos tardíos de Pedro para que tenga cuidado, la voz joven de Mónica.

Aún se está quitando el abrigo cuando pasa a la cocina. Se le empañan las gafas y se echa a reír mientras se las quita y juega a buscar a su madre a ciegas. Raquel le da un montón de besos seguidos y Mónica no deja de reír diciéndole pero qué vieja estás, tienes arrugas nuevas aquí y aquí, y Raquel le da un azote en el culo mientras le dice está muy feo reírse de tu madre, que lo sepas, y la aprieta todavía más durante un rato. Al soltarse, Mónica termina de quitarse el abrigo mientras le pregunta si el cordero está quedando bien. Raquel le contesta señalando el cristal y aspirando con fuerza el olor que llena la cocina. Mónica se agacha y sonríe. Esta cocina es maravillosa. Era de tu abuela, le dice Raquel. Ya lo sé, mamá, me lo has dicho muchas veces. 

El vozarrón de Pedro irrumpe de repente, pidiendo ayuda con el carro de las niñas. Mónica sale de la cocina a grandes zancadas. Raquel la sigue para ver a las mellizas. Mónica desengancha toda una serie de cierres de seguridad y se las va pasando a su madre, que las besa, les dice cosas sin sentido, con voz de bebé y las pequeñas no saben muy bien qué hacer. Vamos al salón a darles su cena a ver si se duermen pronto, dice Mónica arrugando la nariz. ¿Y tu marido?, pregunta Raquel. Está cerrando el coche, responde Pedro.

Mientras Pedro y Mónica desaparecen por la puerta del salón con las mellizas, ella regresa a la cocina. Las gafas de Mónica están abandonadas sobre la encimera. Pues no le harán mucha falta, piensa. La puerta de la calle se cierra y oye que Mónica llama a su marido para pedirle algo que seguramente está en el bolso del carro. Raquel escucha cómo revuelve todo, dudando si salir a saludarle. Cuando lo hace, él ya ha enfilado hacia el salón. Ella vuelve otra vez a la cocina y se inclina ante el cristal del horno, llevándose una mano a los riñones y aguantando la respiración. Está dorado por los bordes. Se estira y suelta el aire, dando un suspiro. Pedro asoma la cabeza por la puerta de la cocina. Ven, que ya estamos todos, le dice. Voy, contesta.

Raquel da un último vistazo al cordero: con el calor que queda se terminará de hacer en el momento justo. Apaga el gas y se va dando saltitos hacia el salón. Al entrar, su yerno está de espaldas diciéndole a Mónica con la boca llena:

-Los mejillones de tu madre están de muerte.