Domingo, 17 de diciembre de 2017

El Adviento ‘de arriba’ y el ‘de abajo’

Para las personas de fe, acaba de comenzar el nuevo año litúrgico precisamente con el tiempo de Adviento –tiempo de los llamados fuertes- que termina en la Nochebuena con el nacimiento de Jesús. Todas las religiones, con mayor o menor  solemnidad, celebran periódicamente su liturgia mediante manifestaciones  externas de los momentos más importantes de su doctrina. Los cristianos esperamos cada año esa venida del Niño Jesús que supuso la solución a nuestra razón de ser, en esta vida y, fundamentalmente, en la otra. El Adviento, por tanto, es un tiempo de esperanza, de preparar nuestra casa, por fuera y por dentro, para recibir al que viene en nuestra ayuda. Si estuviéramos atravesando una etapa de ansiedad por culpa de problemas graves por la salud o la economía ¿cómo estaríamos dispuestos a recibir en nuestra casa a quien viniera decidido a solucionar nuestra situación de forma gratuita? Mucho más que eso es lo que nos dio Jesús con su venida a este mundo, con su Buena Nueva y con su muerte en la Cruz. A esta etapa que comprende cuatro domingos del año la llamamos Adviento, palabra derivada de avenida o advenimiento, que tiene su única aplicación como tiempo litúrgico, en espera de algo que viene “de arriba

En el caso particular de España, y casi en el mismo espacio de tiempo, nos estamos preparando para otro adviento, esta vez con minúscula – y no porque carezca de importancia-  que finalizará en la noche del 21-D con el recuento de los votos catalanes. Ese día traerá consigo una nueva composición de las fuerzas políticas en una región española que no pasa por sus mejores momentos. Ese día llegará el “adviento de abajo”, muy importante para Cataluña y, por tanto, para todos los españoles. Después de muchos siglos de historia en común, la fiebre independentista ha contagiado a buena parte de catalanes hasta extremos tan significativos como para peligrar la convivencia pacífica de ese laborioso pueblo. El virus secesionista, con la intensidad de las epidemias medievales, ha conseguido minar la tolerancia entre conciudadanos hasta llegar al odio dentro de la misma vecindad, en el lugar de trabajo, incluso en la propia familia.

El pasado Golpe de Estado, breve pero de muy triste recuerdo, ha puesto sobre la mesa una situación muy comprometida, para Cataluña y para España. Con ser gravísima la ruptura social originada por llevar al extremo las diferencias en el campo de la política, no menos grave es el quebranto económico, fruto del abandono masivo de las empresas y del claro retraimiento de los inversores. A juzgar por las manifestaciones de los protagonistas de la DUI, aún sin comenzar oficialmente la campaña electoral, o no se arrepienten de los pasos dados, o están mintiendo a los jueces. Aunque, si no estuviéramos hablando de España, sería inimaginable encontrar a la mayoría de los responsables de un Golpe de Estado, figurando en las listas de los nuevos partidos un mes después de su procesamiento. Efectivamente, España es diferente.

Cuando creíamos que la Constitución del 78, “parida” con el consenso de todos los partidos de la Transición, estaba logrando el mayor y más próspero período de paz y progreso, parece como si, de pronto, la mayoría de españoles hubiéramos coincidido en las playas de Cádiz con un fuerte viento de levante, y nuestras cabezas acusaran los efectos de la famosa “levantera”. No es posible tanta enajenación colectiva. Empezamos por un Gobierno demasiado pasivo, más bien paralizado, y a remolque de la oposición, incapaz de acabar con la corrupción y que para mantenerse en el sillón no duda en simpatizar con Maquiavelo. La oposición, por el contrario –salvo honrosísimas excepciones—que se pasa de frenada. En el medio quedamos los sufridos votantes viendo cómo nos vamos acercando al precipicio sin que a nadie parezca importarle demasiado.

En España, ahora mismo, estamos sufriendo las consecuencias de un problema de identidad. Frente a nacionalistas y populistas dispuestos a romper la nación, partidos que siempre figuraron como constitucionalistas, puestos a recolectar los votos que han volado, se sacan de la manga estructuras federalistas o se muestran, a la vez, contrarios a la independencia pero totalmente independientes en la parcela económica. ¿Existe política sin economía? Claro que hay otros más “iluminados” y piensan que la Constitución es inconstitucional. No es posible que, ante el grave problema soberanista que nos acecha, no sea ese precisamente el primer punto de todos los programas electorales. Vamos a olvidarnos de una puñetera vez de las derechas y las izquierdas y declaremos abiertamente si queremos o no seguir siendo primero españoles, pero no “de boquilla”, ¡de verdad! Luego, que cada uno lleve a cabo su particular forma de entender la política, que los votantes nos encargaremos de poner a cada uno en el lugar que le corresponda.