Domingo, 17 de diciembre de 2017

El centro

Dibujemos una circunferencia achatada, o sea una elipse, en una hoja de papel. Tracemos con una regla una línea recta que toque a la elipse en su parte superior. Línea que debe ser paralela al diámetro mayor, o sea al eje mayor de dicha figura geométrica.

Los entendidos nos dirán que dicha tangente tocará sólo el punto “más alto” de esa curva. Llamemos “centro” a ese punto tangencial. Tratemos de llegar a él caminando por la curva ascendente. El cálculo infinitesimal asevera que nunca podremos alcanzar tal objetivo.

Lo hagamos por la derecha o por la izquierda resultará imposible. Por minúsculo sea el intervalo siempre una infinidad de puntos se interpondrá entre nosotros y la ansiada meta. Zenón de Elea ya lo decía hace 2500 años. En resumen, ese puntito llamado “centro” no existe.

Con mayor precisión, su existencia es tan sólo convencional o ideal. Les he echado este “rollo” insufrible, sólo para mostrar que, si en geometría no existe el “centro”, menos aún lo será en la política. Pareciera, sin embargo, que casi todos los partidos presumen de ocupar tan mágico lugar. Aquél que logre convencer a la ciudadanía de tal milagro se llevará como premio un porrón de votos. Los argumentos que utilizan para ello son bastante elementales.

El más socorrido es proclamar el definitivo fin de cualquier ideología: “Las derechas o las izquierdas -afirman- son cosas del pasado”. También: “Lo que hoy se necesita son buenos gestores y buenos controles”. Otro eslogan: “en la era de la globalización los nacionalismos constituyen -menos el suyo- un anacronismo”.

Y otro más: “el pueblo, por definición, es populista” Estos mensajes han calado tanto entre la ciudadanía, que los partidos de derechas se quitan la corbata y los de izquierda se la ponen. “¡Por favor, olviden nuestros pecadillos de juventud!”. Unos y otros son unos auténticos artistas en el manejo de los tópicos.

Colocan su producto, según entras en el super, de frente, a la altura de tus ojos, cuidadosamente envuelto, “sólo para gourmets” y picas. Ellos están bien asesorados. Ellos funcionan a golpe de encuestas internas. Gobiernan mirando al retrovisor. “¿Cuántos me siguen?” “¿Viro a la derecha, viro a la izquierda?” “¿Me echo un bailecito?” “¿Afirmo o me desdigo?

Los políticos que nos han tocado en suerte, hay que reconocerlo, son unos magníficos comerciales. Lo perentorio es alcanzar el poder, lo demás pura filfa. La filfa incluye todo lo que impliquen gastos sociales. Así lo justifican: “Vds. vivieron largos años por encima de sus posibilidades, así pues, lo que toca ahora es austeridad y más austeridad”

Para los que mandan por supuesto que ninguna. El “sistema” funciona así y es el mejor de los posibles. Ese mensaje te lo meten en vena, a todas horas y, claro, todo quisqui desde Huelva a Cadaqués se lo terminan creyendo a pies juntillas. Los que protestan son antisistema, populistas, mezquinos y suelen lucir coletas.

Todos ellos se quedan fuera del mapa. Quiero decir de la elipse. En efecto, para acercarse a ese punto central hoy ya sólo es posible hacerlo por la derecha. El camino de la izquierda está en obras por tiempo indefinido. Veinte o treinta años atrás ser de izquierdas daba prestigio.

Hoy el prestigio lo da el centro. Que se lo digan a Macron fichado por la banca Rothschild primero, asesor de Hollande (PS) después, fundador del movimiento ¡En Marche! en el 2016 y Presidente de la República francesa al año siguiente. Una carrera meteórica. Un vertiginoso viaje al centro.

Un intermediario inmaculado de las grandes corporaciones. Y lo mejor: actúa como si fuera él el que mandara. Por estas tierras se perfila otro recambio similar, joven, sonriente, con cara de vendedor de biblias, vamos el yerno ideal.

Vayamos al quid de la cuestión: cambiemos de caras, jubilemos las antiguallas, renegociemos los tantos por ciento, obsequiemos a los viajeros de primera clase, seamos severos con los de tercera y, sobre todo, patriotas. Franco, un visionario, que digo, un profeta ya lo preveía: “En España no hay derechas ni izquierdas, solo hay españoles”. Así pues, nada de descentrarse.