Domingo, 17 de diciembre de 2017

El silencio del vino

Lo nombro así, porque el vino nace llorando, pero, mientras se cría, se cura y envejece, se sume, por siempre, en la oscuridad callada de la bodega. En la bodega, no se oye ni una mosca. El vino no respìra ni carraspea por no romper el silencio. El vino necesita el silencio para meditar y proyectar la manera de hacer feliz a los hombres, y de echarles una mano en los sinsabores, que les depara la vida. Solo unas bujías rojas, pendientes del techo, lo acompañan; y el ambiente, que lo envuelve, es de soledad y aroma.

¡Plácido caldo, temeroso de herir y sanador de tantas heridas y penas! ¡Compañero del alma!

Macotera fue pueblo de vino desde la época medieval. Macotera fue la referencia vinícola en el alfoz de Alba por la calidad de sus caldos, por su mercado y por su influencia a la hora de fijar los precios. Los jerónimos de Alba tenían, en Macotera, su bodega, que  abastecía de vino a toda la comunidad.

La jarra y el barril sobre la mesa, el pellejo, el barreño y la cuba grande en la bodega fueron los recipientes que animaban la tertulia y la fiesta con su contenido. Y, al ser, con el tiempo, más vecindario en el pueblo, hubo que plantar muchas más cepas para calmar sus ansias.

Si en el siglo XV, Macotera producía vino hasta vender su remanente; en el siglo XVIII y siguientes, Macotera fue la bodega de todos los pueblos de alrededor. El 14,63% de su término estaba destinado a viñedo. En 1752, se excavaban setecientas noventa aranzadas de viña, y, a esta superficie, había que sumarle las ciento cuarenta aranzadas que tenían arrendadas los macoteranos en el despoblado de Fresnillo.

Cada aranzada mantenía cuatrocientas cepas. De cada aranzada, se obtenían seis cargas de uva si era de primera calidad; cinco, si de segunda y tres, si de tercera. De las 790 aranzadas de viñedo del término de Macotera, cien huebras se las incluía en el grupo de primera clase; cuatrocientas, en el de mediana, y 290, en el de categoría inferior. De cada carga, se conseguían tres cántaros de mosto y éste se pagaba a tres reales el cántaro. (6 maravedís la media azumbre o litro).

Según estos datos, que nos proporciona el Catastro de Marqués de la Ensenada, Macotera producía 10.410 cántaros, más los 2.100 procedentes del despoblado de Fresnillo; un total de 12.510 cántaros. Cuarenta cántaros y medio por vecino. Entonces, Macotera tenía 309 vecinos, mil ciento cincuenta y cinco habitantes.

Los datos nos informan que hubo labradores que cultivaron más de 21 aranzadas de viña; la lista va descendiendo a 19, 16, 14, 13, 10... Casi todo el mundo tenía su cacho de majuelo y su cubeto. De los 309 vecinos del pueblo, 216 tenían sus aranzadas o su cuarta de viña. Contabilizamos 120 bodegas en sus respectivas casas; 17 bodegas y 8 lagares en locales separados o independientes.

La zona vinícola estaba distribuida en 21 pagos: Cochino, La huerta, Carreasantiago (camino de Santiago), Portillo, la Juara, Carreamolino, Carreazarzal, Carreavilla (camino de Alba), Soto, Cárcavas, Carreacoca, Valdecasa, Arenales, Elcano, Carboneras, Valcruzado, Tintillas, Arroyo Concejo, Majuelos, la Llaná y el Blasco Martín. Dentro de estos pagos se colaban sitios muy singulares, como el”sitio de la Cruz de Moreno” (junto a la Llaná), Las hoyuelas, El torbiscal (en el pago de Carreamolino), las Valonas y Altorredondo, y disponía, por lo visto, de 21 cabañas y de 21 guardas, que solo iban a casa a dormir y a yantar.

Bien vale, como creo,

un vaso de buen vino.