Domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Cuándo rezan los santos?

(Para no sufrir un empacho de política, insistiendo sobre Constitución, Autonomías, partidos políticos y elecciones, y como persona de fe, hoy quiero cambiar el chip y dedicar este comentario a quienes puedan tener mis mismas inquietudes)

 

En esta sociedad tan ajetreada, dominada a veces por múltiples actividades, resulta difícil llegar a comprender cómo conseguirían aquellos grandes santos que nos han precedido una perfecta y continua unión con Dios. Para entrar en materia, fijémonos en  la lección plástica que nos da la famosa estatua de “las tres caras” de san Bruno ante el Crucifijo, en la Cartuja de Miraflores. Da la sensación de que no le falta más que hablar, pero que no lo hace para no romper el silencio del cartujo. Entre las personas creyentes, es frecuente escuchar la dificultad que encontramos a la hora de hacer oración, personal o en familia. Para ello tratamos de camuflar nuestra desgana en la multitud de quehaceres, en la premura del tiempo o, simplemente, en nuestro estado de ánimo. Lo triste es que siempre encontramos una excusa, convencidos de haber calmado nuestra inquieta conciencia. Incautos de nosotros, que olvidamos lo imposible de confundir a Dios, y no queremos reconocer que siempre podremos encontrar ese “hueco” que nos sirva para sintonizar con Él.

Me viene a la memoria una anécdota referida al sacerdote piamontés, san Juan Bosco, fundador de la Congregación salesiana y muy comprometido con los jóvenes sin hogar de su tiempo, que murió físicamente agotado de lo mucho que peleó contra tanta adversidad como debió vencer para ver hecha realidad su inmensa obra. Los que vivieron a su lado, conscientes de lo que suponían aquellas jornadas tan agotadoras, se preguntaban una y otra vez: ¿Y cuándo reza don Bosco? La respuesta clara y contundente se la dio un buen conocedor suyo, el papa Pío IX, que simplemente contestaba: ¿Y cuándo no reza don Bosco?

Se nos recuerda en el N.T. cómo Jesús se alejó varias veces de sus discípulos para retirarse en solitario a orar con el Padre. Por supuesto que no lo hacía por obligación, sí por necesidad. Si Él necesitaba ese apoyo ¿cómo no vamos a necesitarlo nosotros, unos pobres pecadores?

La Iglesia, desde las catacumbas hasta hoy, ha tenido almas fervorosas y, como entonces, hay personas de acción sin dejar de ser de oración. Sin vida interior no es posible aspirar a la salvación, objetivo que no debía experimentar ninguna metamorfosis por el paso de los tiempos o por la variación de las costumbres. Quienes ya peinamos canas –aunque cada vez más escasas-, hemos recibido desde que comenzábamos a tener uso de razón, en la familia y en el colegio, una formación religiosa basada en aprender de memoria unas oraciones, que debíamos repetir cada vez que alguien nos lo pedía. Es cierto que ese es el principio más adecuado para un niño, y es muy bueno que, entre sus primeras habilidades, aprenda esas preciosas oraciones junto a la cuna o en la mesa. Pero, tal vez, según íbamos creciendo, faltó una somera explicación de por qué lo hacíamos y qué significaba lo que decíamos. Sin querer, se nos convirtió en pequeños magnetofones que repetían unas palabras sin pararnos a pensar a quién iban dirigidas, y por qué serían beneficiosas para nosotros. De igual forma que en la escuela se nos obligaba a memorizar muchas materias sin la debida explicación que justificara ese esfuerzo, así aprendimos de memoria unas oraciones que recitábamos distraídos en medio de lo que nos rodeaba. Aquella peculiar forma de dirigirnos a Dios era nuestra forma de rezar y, si no teníamos la suerte de crecer en un ambiente religioso comprometido, no conocíamos otra. Todos recordamos aquellas personas que, con su mejor intención,  simultaneaban el rezo del Rosario con su participación en la Misa. No seré yo quien critique el rezo del Rosario; muy al contrario, una oración meditada y prolongada es una bendición de Dios. Lo que pienso es que recitar oraciones como un autómata, sin ser consciente de lo que se dice, es como leer una novela. Rezar es hablar con Dios, y para ello vale perfectamente cualquiera de esas oraciones que aprendimos de niños, si las vamos desmenuzando palabra por palabra, como si las hubiéramos escrito nosotros. Como Dios nos ha hecho libres pero, al mismo tiempo, nos ha dado la razón y la comprensión para entender lo que nuestra boca o nuestra mente le está diciendo, nuestra oración de adultos debe ser un diálogo con el Señor, de tú a tú, confiándole nuestras penas y alegrías, pidiéndole esa ayuda que tanta falta nos hace, o agradeciendo lo mucho que nos da. Para todo ello no existe ninguna oración más completa que el Padrenuestro, pero también podemos orar con Él empleando nuestra particular forma de hablar. A fin de cuentas, la vida es una contínua oración; al menos esa era la fórmula que siempre han empleado los santos.

Es cierto que no todos hemos recibido los mismos denarios, pero también lo es que el Señor nos ha dicho  lo que debemos hacer con ellos. Nos declaramos cristianos y somos adultos; eso quiere decir que, en el fondo, cuando alegamos no tener tiempo para la oración, somos conscientes de que no decimos toda la verdad. Habrá ocasiones que nos resulten menos propicias para esa oración personal o en familia. En esos momentos, para fortalecer nuestra fe y nuestro agradecimiento, basta con que nos acordemos de lo que pasó Cristo por nosotros, y si nuestra vida es tan atareada que tiene pocos momentos libres, no importa. Mientras desarrollamos esa ocupación que tanto nos encadena, basta que comencemos siempre nuestra jornada agradeciendo al Señor su infinita misericordia, pidiéndole perdón por tantas veces como le ofendemos y procurando hacer el bien a quien más lo necesite, que es lo que más le agrada – y lo que espera de todos nosotros-, y eso también es oración. Ahora bien, no bebemos ser tacaños con nuestro tiempo de oración. Con frecuencia se nos olvida que Dios no gasta reloj. Jesús, cuando se retiraba a orar, se olvidaba del tiempo. A nosotros no se nos exige tanto, pero no debemos olvidar que ningún otro instante del día nos producirá más réditos que el que le concedamos a Dios.