Domingo, 17 de diciembre de 2017

Son tiempos de Luis Candelas...

En estos días tan mediáticos en los que priman las malas noticias, en todos los ámbitos, da que pensar en si detrás de todo ello estamos asistiendo a un ataque a la sociedad de forma soterrada, parece que cada vez son menos los derechos que amparan a los ciudadanos, sobre todo en lo que atañe a la defensa de su honor, que es el mismo que el de la patria, y a la vez se nos presenta una realidad virtual que nada tiene que ver con lo que ocurre de verdad. La defensa de la soberanía nacional debería ser lo mismo que defender a todo lo que haga referencia a los valores y enseñas de la patria, en definitiva de España. Cualquier amago o acto contra lo que representa España debe ser perseguido y castigado por la justicia. No se puede tolerar ni que la justicia se equivoque. Sin pies o cimientos no podemos construir nada.

El ciudadano cada día está más hasta las mismas del monotema al que estamos asistiendo. Cuponazo aparte, y lo que está por llegar. Por cualquier esquina se oye el tradicional: “¡si me sale de las ….!”, o el “¡porque tu lo digas!”, etc...  Así día tras día el viandante puede observar mil y un altercados cotidianos cuyo nivel de violencia no es el de siempre, y al final las conversaciones todas acaban con referencias al mismo monotema.

Asistimos todos los días a violentos cruces entre peatones y conductores en los semáforos, conducciones peligrosas, trifulcas por el aquí aparco yo, en las colas de la pescadería, en los consultorios médicos, etc. Situaciones de las que somos testigos, y que en el subconsciente pensamos en el “como siempre”. Luego vemos un telediario anodino o más bien tristón, empapelado del monotema, y sin visos de solución. Mientras los de allá ven otro telediario victimista y arreglado al revés. La corrupción de aquí y de allá, de abajo y arriba, tampoco para de salir cada día de forma silenciosa, cuando no se tapa. Todo ello da que pensar.

Aunque todavía el frío parece que no aprieta, va llegando el vernizo, las nieblas y el hambre. El ansia viva de la navidad nos ataca a unos más y a otros menos. Los asaltos a la propiedad privada o pública se ven más cotidianos, como los asaltos a las carteras y a las personas indefensas en la vía pública, sin importar la edad. Los dependientes cada día son más, y penan en sus casas por falta de medios delante de la tele y en las mesas camillas por falta de movilidad. Más triste es que cuando vas a hacer cualquier gestión, ya sea pública o privada, parece que ya vas mentalizado de que: el “vuelva usted mañana” tradicional ha vuelto a colonizar todos los ámbitos, convirtiéndose en un “vuelva usted mañana que otro le atenderá peor”. En definitiva “búsquese usted la vida y no moleste, y que los recortes los pague el sun sun corda, que no nos pagan tanto para atender a tantos ...”

Habrá que tomarse las cosas con resilencia, como dicen ahora, con capacidad para asumir con flexibilidad las situaciones límite y sobreponerse a ellas. Otros lo llamaríamos estoicismo. Miremos donde miremos no se ve luz, ni siquiera un pequeño resquicio. Parece que España sigue avergonzándose de su verdadera historia, la buena, y se compadece de su miseria. Sólo se alcanza la categoría de vencido después de haber luchado, y eso distingue al vencido del desertor y cobarde. Mucho se ha perdido en las mareas del tiempo, pero aun mucho es recordado. El tiempo avanza inexorablemente, reduciendo los puntos clave de la historia en cosas insignificantes. El tiempo es el enemigo mortal del hombre, ya que aruina sus logros y borra su memoria sin una segunda oportunidad.

Quizá al final lo que más nos pone de mal humor es como manejan el tiempo algunos, para que al final los que tienen que pagar no paguen, y para que los demás olvidemos, lo que no teníamos que haber permitido. La historia se convierte en leyenda, la leyenda se convierte en mito, el mito se vuelve fábula, y las fábulas son olvidadas poco a poco. Como la historia de Luis Cándelas que ya nadie sabe de qué va, pero seguro que fue famoso por trincar todo lo que pudo, aunque ya a nadie importa. Al final nos tendremos que ir a vivir a la otra España, de no se sabe donde, ante tanta ignominia, pues acabarán dejando sueltos hasta a los canalla y traidores.