Domingo, 17 de diciembre de 2017

Vuelta la burra al trigo

Ahora Puigdemon pide a Rajoy diálogo

Cuando oficialmente no ha comenzado la campaña electoral, parece que los protagonistas del Golpe de Estado del 27-O no acaban de asimilar cuál es su verdadera situación. Después de visitar algunas cárceles o viajar a Bruselas, no se cortan lo más mínimo a la hora de hacer declaraciones como si aquí no hubiera pasado nada. Alguien debe haberles asegurado que, tras las elecciones del 21-D, sea cual sea el resultado, habrá para todos “borrón y cuenta nueva”. No se lo creen, pero si así fuera, estarían demostrando, una vez más, su cortedad de miras y escasa capacidad para gobernar, aunque esto último ya lo tienen bien acreditado.

De nada ha valido haber constatado la imposibilidad de llevar a buen término un referéndum dentro de la legalidad. Tampoco han sido capaces de convencer el suficiente número de independentistas como para alcanzar una mayoría del censo en el simulacro del 1-O, ni saltándose las más elementales normas de la honestidad.

Ante lo evidente de su fracaso, con ocasión de la obligada actuación de las FCSE el 1-O, sí que se mostraron diligentes a la hora de orquestar su “montaje”, buscando ese victimismo tan arraigado en los genes del buen secesionista catalán. Descubierta la argucia, ni un solo responsable se ha dignado entonar el mea culpa. Además de tramposos, cobardes.

Ni la desbandada de las empresas más importantes de Cataluña ha sido suficiente para reconocer lo equivocado de su quimera. Montaron su República sobre grandes mentiras: la futura Cataluña independiente sería reconocida por numerosas democracias extranjeras y seguiría formando parte de la Unión Europea; además, su economía sería más boyante que unida a España, razón por la que ninguna empresa abandonaría Cataluña. Tan desacertados bulos han sido debidamente rebatidos por todo el mundo, pero los cerebros que proclamaban esa nueva Arcadia siguen con su película.

No es posible tanta ignorancia si no va unida a una arraigada obsesión. Entre los cabecillas secesionistas es fácil comprobar que existen no pocos ignorantes –lo demuestran cada vez que intervienen en público-  dispuestos a dar como buenos los mensajes de los cabecillas, que son los verdaderamente peligrosos. Están todos ellos incursos en procedimientos judiciales, acaban de comprobar que nadie se sustrae a la acción de la justicia, son capaces de confesar su acatamiento de la Constitución –aunque no se lo crea nadie-  y, a pesar de todo ello, siguen desafiando al Gobierno. Sueñan todavía con un “referéndum pactado”, sabiendo que, con la Constitución en la mano, no hay Gobierno que pueda acceder a su petición. Otra cosa es que, ante una hipotética reforma de nuestra Constitución, cambiaran los requisitos necesarios para lograrlo. Todas estas circunstancias son de sobra conocidas por los cabecillas secesionistas, que no cesarán hasta encontrar el apoyo de algún partido que les ayude  a inclinar la balanza en su favor. De hecho, no pocas alianzas autonómicas y municipales constituyen verdaderas mesas de ensayo que pueden ser trasplantadas a escala nacional. Las promesas hechas en campaña, por muy solemnes que sean, se rompen con demasiada frecuencia ante la posibilidad de un sillón.

Si la debacle empresarial –que aún continúa- no ha bastado para que el catalán de a pie caiga del caballo, que nadie espere un vuelco general en la próxima consulta autonomista. Es tal el poder de persuasión que han conseguido con su procés secesionista que, a pesar del momento tan delicado que está viviendo la economía catalana, cuentan con una  masa nada despreciable de votantes dispuestos a seguir forzando la situación tan pronto se lo pidan los “pata negra” de la agitación.

Ante este panorama, resulta difícil aventurar un pronóstico para la noche del 21-D. En cualquier caso, la democracia consiste en acatar la decisión de las mayorías sin privar de sus legítimos derechos a las minorías. Sentada esta premisa, el gobierno que surja de esas elecciones estará siempre obligado a respetar la legalidad. Los sueños independentistas –se acaba de comprobar--  pueden acarrear un amargo despertar en la cárcel y, oyendo las primeras arengas de los nuevos dirigentes, alguno parece estar dispuesto a no abandonar su quimera independentista, por mucho que se hayan comprometido a respetar todos los artículos de nuestra Constitución. No hay más ciego que quien no quiere ver. Para conseguir que los animales testarudos no se distrajeran de su verdadera función, nuestros antepasados inventaron las anteojeras. Las personas, afortunadamente, deben ser libres para comprobar todas las direcciones posibles.