Domingo, 17 de diciembre de 2017

Dónde están los pobres

Los pobres están en el corazón del mensaje cristiano

El pasado domingo celebrábamos la I Jornada Mundial de los Pobres, que ha promovido el Papa Francisco como fruto final del Año de la Misericordia.

Pero, ¿dónde están los pobres? Porque, aunque sean nuestros vecinos o los encontremos en nuestras calles, procuramos oscurecerlos y borrarlos de nuestros ojos para que no denuncien nuestro egoísmo y falta de solidaridad. Es más, hablamos mucho de amor, sobre todo los cristianos, pero nos quedamos en proclamas y no pasamos a la realidad, hacemos teorías, pero no llegamos a las personas. Con razón el Papa ha dado a su jornada el slogan y mensaje: “No amemos de palabra sino con obras”.

No podemos olvidar que los pobres están en el corazón del mensaje cristiano: “Bienaventurados los pobres” es el comienzo del discurso programático que pronunció Jesús sobre el monte de las Bienaventuranzas en el comienzo de su misión pública. “A los pobres los tendréis siempre con vosotros”, nos dirá el Maestro invitándonos a manifestarles constantemente nuestro amor. Es más, hasta llega el Señor a identificarse Él mismo con los pequeños y los pobres: “Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, pobres, conmigo lo hicisteis”. Y si dejasteis de hacer algo con ellos, a mí dejasteis de hacerlo. De modo que este criterio será la medida para juzgarnos al fin de nuestra vida, de manera que logremos salvarla o echarla a perder irremediablemente.

Nos interesa, pues, no ocultar a los pobres ni cerrar nuestros ojos ante ellos y sus necesidades. ¿Que pueden engañarnos y no ser tan pobres como parecen? Eso corresponderá a otros acláralo. Nosotros no amemos de palabra sino de verdad.

Muchos pobres no se dejan ver, se sienten avergonzados, disminuidos o acomplejados. Sin embargo, los comedores de ayuda a los necesitados están abundantemente concurridos. Y los bancos de alimentos están continuamente en funcionamiento, para distribuir la comida, y para solicitar los alimentos a los mercados o a las casas de comidas o tiendas de alimentación. Y para realizar esa honrosa tarea disponen de multitud de voluntarios que recogen los alimentos en las instituciones donantes, y después se emplean en la adecuada distribución.

Hay entre nosotros niños desnutridos que incluso llegan a morir de hambre. Y hasta alguno que se siente responsable de otros y no puede asumir la máxima necesidad, busca el remedio en el suicidio mismo. Recientemente hemos oído que una niña de 12 años tomaba esta terrible decisión por no poder aguantar ver que no podía remediar el hambre de sus hermanos.

Pobres los encontramos también entre los inmigrantes y refugiados. Y les cerramos fácilmente las puertas de nuestro país y de nuestras casas. Pobre y muriéndose de hambre podemos encontrar también a multitudes de gente de los países empobrecidos, sobre todo por la sequía y las hambrunas de África, y también de Asia, y hasta algunos de Hispanoamérica.

Con razón Manos Unidas, Campaña contra el Hambre nos espabila con su eslogan de campaña: “El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida”. No sólo para repartir los propios bienes, sino para denunciar las injusticias de las causas que producen esas hambres y pobrezas. Protegemos nuestros bienes, cerramos fronteras, establecemos barreras de comercio acomodando las normas a nuestro interés, abusamos del consumo de materias primas de los países pobres.

Ante todo este panorama, no perdamos de vista las reflexiones del Papa Francisco en el mensaje que nos entregó para la I Jornada Mundial de los Pobres: Precisamente hoy –dice el Papa—, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo”.

¡Ánimo, pues! Y a poner remedio a las necesidades de los pobres. Porque a los pobres, según el dicho de Jesús, los tendremos siempre entre nosotros.