Domingo, 17 de diciembre de 2017

Las turroneras, las pregoneras de Navidad

El tiempo no da tregua, anda y anda sin descanso, y, de la noche a la mañana, nos despereza con las luces navideñas, colgadas de los balcones y farolas, y con los árboles de calles y plazas, asperjados con gotas de escarcha transparente. Yo me digo que, ante la premura de los ciclos, es mejor no retirar los signos pascuales: dejémoslos ahí, como un elemento permanente más, nos ahorraríamos mucho dinero; pero bueno, muchos lo ven como un anuncio de que algo grande va a llegar, como lo indican también las alfombras rojas extendidas ante las puertas de las tiendas y los intermitentes de los escaparates.

Y otro pregonero más, que proclama que las ceremonias familiares van a comenzar en breve, es la llegada de las turroneras. Desde el 24 de noviembre, hasta el 24 de diciembre, un mes justo, van a exponer sus productos, típicamente navideños y serranos, bajo los soportales de la trasera de la Plaza Mayor, con vistas al Mercado Central, sin hacerle apenas competencia; y, sobre unas mesas largas de tablero, muestran sus suculentos tarros de miel, polen y jalea real; cajas colmadas de higos, nueces y castañas, y el conocido y meloso turrón, la insignia de La Alberca. Hoy, el dulce manjar lo enmarcan en barras a la “jijonesa”, pero, a mí, me cautivan más esas piezas, que semejan pedruscos de miel y almendra, que la turronera parte con la destrala, brillante de acero, y que pesa en esa romana, limpia como el jaspe, que sólo sabe de libras, de cuarterones, de octavos, onzas y rayas.

Y cuando toco estos temas, mi mente se me escapa, y, esta mañana, me la he encontrado en la cocina de la señora Mª Francisca, La Lorenzana. Esta señora centenaria repasaba, con su nieta, las primeras letras de la cartilla, sentadas al rescoldo de la lumbre. No se percató de mi presencia, por eso de su sordera añosa; la tuvo que dar su nieta con el codo: me miró con cierta sonrisa y me empujó una silla. Se apartó el pañuelo de la cabeza a un lado, como haciendo hueco al oído, para captar mis palabras, aunque leía mejor en mis labios.

Llegaba aterido de frío, ella me lo intentó tamar, avivando el rescoldo escondido bajo la ceniza. A pesar de sus cien años, se mantenía lucida y, con su buena vista, mantenía firme su eterna afición a la lectura. Hablamos de muchas cosas, y rescatamos muchos recuerdos afincados en una vecindad sempiterna de años. Como la Navidad se acercaba a fuer de calendario,  nos centramos en el tema navideño.

La señora Mª Francisca la Lorenzana me habló del plato típico de la Navidad macoterana de entonces. El cabrito no faltaba nunca en casa del rico o el arroz con pescado, mucho pescado. Recuerda al tío “Antón” y a Alonso el Alto, cómo, en las vísperas de Navidad, con los lechales al hombro, recorrían las calles del pueblo ofreciendo el producto. Cada corderillo costaba diez reales. Los más pobres acudían a casa de los carniceros a comprar rabos de cordero, que estaban muy buenos con patatas; los había aún más necesitados, que cambiaban las mondajas de las patatas por un pedazo de pan. Me cuenta de una familia, que luego marchó para las Américas, que solía traer, a su casa, las mondajas y, a cambio, le colocaban, sobre la mesa, unos rescaños de pan y, de alegría y agradecimiento, bailaba en torno a la mesa, como si del “dios del bien” se tratase.

El postre solía ser el tradicional: higos, castañas, nueces y turrón. Turrón de La Alberca. “Los domingos anteriores a Navidad venían las turroneras de La Alberca, con sus sayas y pañuelos de la cabeza negros, colocaban sus puestos en la plaza, y recorrían todo el pueblo ofreciendo el empalagoso manjar a sus clientas; se cocían muchos peroles de castañas y, cuando éramos pequeñas, jugábamos a ver quién cogía más castañas con el puño. Después de cenar, los mayores jugaban a las cartas u organizaban un baile; en este caso, se tocaba la badila, el almirez y la botella, y a bailar todo el mundo hasta la hora de la “misa del gallo”.

Salió en la conversación el día de Reyes. “Ahí enfrente, había una piedra que sobresalía de la pared de la cocina; sobre esa piedra, poníamos los zapatos. No existían juguetes. Nos metían en los zapatos alguna perra, higos, castañas y un cacho de turrón. Nos despertábamos tan contentas.

La Navidad no es más que eso: un nacer, cada año, al amor, al acercamiento entre las gentes y al entendimiento de los pueblos. Todos añoramos, esos días, un rescaño de paz al amparo del morillo.