Domingo, 17 de diciembre de 2017

¡Todavía me acuerdo!

“En nuestros recuerdos, las historias de nuestras vidas desafian la cronología, se resienten a la transcripción: el pasado tiende una emboscada al presente y el futuro se apresura a ser historia”

(Antohny Doerr)

ENTRE PUENTES 
ITODAVÍA  ME ACUERDO!

 

¡Cuando uno no puede dormir, se le vienen mil cosas a la cabeza, a veces son pensamientos y situaciones negativas, a las que uno les da vueltas y más vueltas. Otras veces te adentras en espirales y zozobras, que incluso dan verdadero miedo. En ocasiones te puedes ir con un disgusto, desencanto o preocupación, dando vueltas y vueltas al suceso, sin poder conciliar el sueño. Y, como no, también puedes adentrarte en los recuerdos, en distintas etapas de tu vida, y servidor ha querido comenzar por los recuerdos alborotadores, mezclados, de la revoltosa edad juvenil, algo incierta en las consecuencias, aunque mayormente “graciosas”.

Me acuerdo de un practicante hoy (A.T.S),  (¿se llamaba Luis?) que era un artista con las jeringuillas; si era él quien nos pinchaba, el trago era mucho más llevadero, ¡dónde va a parar!. Aunque a veces servidor había desaparecido… al verlo llegar, sólo el olor de los preparativos, me revolvía.

Me acuerdo de que nunca he visto bajar tan deprisa a la gente de un autobús como aquella vez en que, con una estrategia perfectamente ejecutada, atacamos una  línea  con una andanada de bombas fétidas.

Me acuerdo de la repugnancia que me daban (y aún hoy no puedo evitar un repelús cuando paso ante ellos) los escaparates de las tiendas de ortopedia.

Me acuerdo del  “Libro de arena” de Borges y no me acuerdo de cómo lo perdí y donde fue a parar, porque además fue un regalo.

Me acuerdo de la primera vez que vi a  Rafael Farina  (lucía traje azul, zapatos, relucientes y sombrero negro de ala ancha): fue en la Plaza Mayor de Salamanca. ¡Qué impresión!.

Me acuerdo de muchos septiembres, y de las ferias, del colorido, del desenfado de la gente, de los programas feriales, de los carteles de toros, del portero del Gran Hotel, del barquillero, y de aquel gitano que vendía anillos de “oro y relojes”.

Me acuerdo de los olores de mi calle:

“Mi calle olía a tierra mojada, a uva vendimiada, a leche salpicada de vaca, a excremento de mulo, a zaguán fresco y recién pintado por julio, a procesión de melones agujereados e iluminados, a piara de cabras, a las flores de María por mayo, y por los Santos en Noviembre, a estiércol acarreado, a pan caliente, repartido  en carro con burro (“dame dos libretas”), a sangre de guarro chamuscado y abierto en canal, a pelonas y carámbanos, a noches de verano de picadillo y melocotón, a colonia de domingo repeinado, a bodas de mañana y entierros por la tarde, a esportones de paja, a novios acurrucados en el umbral de la madrugada, a desafíos y porfías... Por mi calle pasaba la vida sin cosméticos ni bisutería, montada en el pescante de un remolque tirado por una yunta de mulas”.

Me acuerdo de los trenes que, siendo niño, me llevaban con mi familia a Asturias -mi otra patria-, donde la lluvia es perfecta. Una lejanía donde visitar a mis abuelos maternos.

Me acuerdo del  trapero, de los titiriteros, y de uno que venía todos los años (blusón oscuro, piel cetrina) voceando su dulce mercancía: “Rica mieeeeel de la Alcaaaaarria”

Me acuerdo de cuando el vino, en pellejos se vendía a granel,  se alegraba en los porrones; había verdaderos virtuosos en su manejo, en dejarlos secos sin verter ni una gota ante el pasmo de la concurrencia.

Me acuerdo, vivamente, de la primera película que vi: “La Túnica Sagrada”  de Víctor Mature-

¡Como llore aquella tarde!.

Me acuerdo de los juguetes de cuerda y lata: el camión de los bomberos, el patito nadador, el tranvía con los viajeros pintados en las ventanas… de las bolas o canicas, del parchís, y los duros de chocolate… La peonza o el tiragomas…

Me acuerdo de los cómicos de la legua representando sus funciones en las más precarias condiciones, en los más recónditos lugares, con el entusiasmo más inquebrantable.

Me acuerdo de cuando las mujeres bajaban juntas a lavar en el río. Y de secar luego la ropa al sol, tendida sobre la hierba y los juncos, mientras hablaban de sus cosas.

 

Me acuerdo de que en todos los vagones del Metro de Madrid existían varios asientos reservados a “Caballeros mutilados”. De las damas en tan penosa situación, ni una palabra.

 

Me acuerdo del tiempo perdido, también de otras muchas cosas, pero, por hoy, ya está bien.-

 

Fermín González salamancartvaldia.es        blog taurinerías