Domingo, 17 de diciembre de 2017

Borrachos

Aunque el refrán afirme que nunca es tarde, la campaña oficial contra el consumo de alcohol por adolescentes viene, como tantas cosas en este país, cual cebada al rabo de la realidad. Sin desmerecer el esfuerzo de las autoridades sanitarias de este país para intentar reducir el consumo de alcohol por menores y  concienciar a los padres del gravísimo problema que significan las borracheras de sus hijos, es posible que los efectos de esa campaña sólo alcancen ya mínimos porcentajes de solución a un problema, el consumo de alcohol, que se ramifica e infecta a la sociedad entera en todos sus ámbitos, y cuyas consecuencias directas e indirectas, evidentes y ocultas, están definiendo las formas y niveles de socialización, relación, crecimiento, maduración, educación, violencia, enseñanza, capacidad, ocio, celebración y hasta forma de aplicación de las leyes, de un país, éste, cuya demografía toma sesgos de inquietante nadería y preocupantes índices de estupor en gente cada vez más joven.

La campaña que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, con acentuados rasgos del patriarcado machista que perdura también en la administración pública española (al hombre, la bebida lo hace violento; a la mujer, posible víctima de violencia), “sirve”, sin embargo, para tratar de “despertar” a tantos padres y tantas madres de adolescentes que consideran que los hábitos alcohólicos de los jóvenes son siempre cosa de otros. Padres y madres acostumbrados a la ineducación, al abandono del crecimiento y maduración de sus hijos, a la indiferencia con la realidad de “ahí fuera” o al bofetón, a dejar en manos de las instituciones educativas la labor educacional que a ellos corresponde sin excusa y que en nadie puede delegarse, a confundir formación académica o instrucción cultural o profesional con educación, al “porque yo lo digo” y la falta de argumentos, a la vagancia y a tener hijos sin saber ser padres ni querer aprenderlo.

Los días festivos, pero no sólo, es patético ver verdaderas legiones de padres y madres sin empacho hacerse acompañar por sus hijos pequeños al bar, incluso desde la edad del cochecito de bebé, y desentenderse durante horas de días y meses de años, de la significación del ambiente en que los están haciendo crecer, de los ejemplos de vaso en mano que les suministran, del aprendizaje de la borrachera y el gesto social de la bebida, de la asociación de la fiesta con el alcohol, de la alegría con el alcohol, de la amistad con el alcohol o de esa instancia ridícula de la hombría o la feminidad “con un puntito”. Padres y madres que envían alegremente a sus vástagos a muchos de esos llamados conciertos juveniles, verdaderos crisoles del aprendizaje del beber; inconsciencia en el inicio de rituales juveniles que sin solución de continuidad se convierten en botellones; brindis alcohólicos de cumpleaños como premio a adolescentes; ceguera o, peor, la estúpida clarividencia de la ignorancia en tanto educador de pacotilla...

Carcas, antiguos, viejos o aguafiestas son algunos calificativos que no inventan los jóvenes bebedores, sino que han sido puestos en sus bocas por los mercaderes del alcohol (vendedores, publicitas, hosteleros, comerciantes, traficantes y otros vividores de la insalubridad ajena) para calificar a quienes osamos protestar por la intolerable desatención pública y privada que ha encarcelado a los jóvenes de este país. Asociaciones, paralelismos, semejanzas, equivalencias o interesadas confusiones entre la bebida y los actos sociales o el ocio, han cristalizado en los elevados índices que exhibimos de incompetencia escolar, de violencia, de incultura o de enfermedades relacionadas con el consumo de alcohol. Sin pretender vincular absolutamente el consumo de alcohol con todos los tipos de delincuencia, es cierto que basta consultar las estadísticas del Ministerio de Sanidad y contrastarlas con las denuncias y sentencias dictadas en este país, para constatar el altísimo porcentaje de delitos que tienen su origen, desarrollo o características estrechamente vinculados al consumo de alcohol y la embriaguez. Otras asociaciones con la bebida, como la drogadicción, el maltrato machista, la brutalidad general de las celebraciones o el inmundo pozo de las agresiones asociadas al consumo, festivo o no, de alcohol, deberían ser motivo de otras campañas informativas de concienciación, permanentes, continuas y radicales, activas, crecientes y generales, y ser motivo de denuncias de todo tipo, de protestas y de frontales rechazos, y no esperar a que ninguna “manada” de hijosdeputa, borrachos o no, nos haga despertar.