Domingo, 17 de diciembre de 2017

Carta abierta a una nueva cristiana

 

Paz y Bien de parte de Jesucristo, querida Elisa.

                Hija, esta carta tiene como directo antecedente la que remití a tu hermano Tomás el 8 de noviembre de 2014: léela aquí y siente que va también a ti dirigida. Pero hoy, cuando nuestra familia retorna a esa misma pila bautismal para acompañarte, deja que te dedique una nueva misiva.

Ahora que ya sé lo que es empezar a hablar de Dios a un niño y aprender cosas de Dios gracias a un niño, quiero que sepas que tu madre y yo estamos seguros, más aún, de que lo mejor que podemos hacer es pedir a la Iglesia tu bautismo. Te alimentamos, te vestimos, te aseamos, te vacunamos, te consolamos, te besamos… ¿cómo no vamos a requerir para ti el perdón y cómo no vamos a mostrarte el camino de la fe? Poco te amaríamos.

La cruz que hoy signaremos sobre ti no la ocultaremos nunca. La verás en tu habitación. Te cuestionará. Y sabrás hallar la manera de tomarla con libertad. El evangelio de la Samaritana que escucharemos algún día resonará dentro de ti, igual que conmovió a aquella mujer su conversación con Jesús junto al pozo de Siquem. El agua traída del Jordán como quien trae una buena nueva que compartir te invitará a anhelar siempre agua viva, el agua fresca de un amigo al que tu hermano llama confiadamente “Jesús”, especificando que le gusta “Resucitado” y “de la Vera Cruz”. Si te fías de él, que no me parece mala forma de fiarse de Él, conocerás también a un tal “Juan Bosco” y a “Maríauxiliadoradeloscristianosruegapornosotros”.

Bienvenida a la Iglesia, hija mía. No quiero liarte con muchos conceptos, pero serás feliz contemplándola como Madre y sabiéndote también hija suya. Como la Teresa tan santa de la que nos oirás hablar y a cuyos santos lugares te llevaremos. A la Iglesia a la que hoy accedes por la puerta jubilar del bautismo no pasan ya tantos niños de tu edad. Cuando seas mayor coincidirás con muchos que no conocen este pueblo, esta asamblea, esta familia. Incluso puedes considerarte despreciada por formar parte de ella. No te aflijas. Siéntete dichosa. Y nunca te canses de luchar para que la puerta de nuestra Iglesia permanezca siempre abierta. La misma pila que hoy hemos preparado para ti aguarda a muchos otros que todavía no conocen al que es Niño como tú. Nunca dejes, hija mía, de anunciárselo como tu Dios y Señor.

Te quiere,

                                                                                                                                    Tu padre