Jueves, 26 de abril de 2018

La palabra de Rajoy

Que Rajoy no cumple con la verdad ni con la palabra dada es algo que viene de lejos. No hace falta recordar la famosa comparecencia siendo portavoz del gobierno de Aznar, sobre los famosos “hilillos de plastilina” que salían del Prestige, diciendo que en ningún caso podría hablarse de “chapapote”. Claramente mentía. En ese momento, aprovechó la portavocía del Ejecutivo para atacar al entonces líder de la oposición, el socialista Rodríguez Zapatero, al que calificó de “desleal” y de aprovechar la coyuntura para machacar al gobierno. Zapatero debería, según Rajoy, haber contribuido a libertar tensiones y no a generarlas.

Con los años, se comprobó que mentía cuando exigía a la oposición lealtad, siendo él desleal en la lucha contra el terrorismo de ETA, calificando al entonces presidente del gobierno, Zapatero, de “traicionar a los muertos”. Todo era válido, como heredó de su antecesor Aznar, para llegar al poder.

Lo mismo ocurrió cuando Rajoy atacó desaforadamente al gobierno de Zapatero en los incendios que se produjeron en Galicia o Castilla La Mancha, algo que no quiere recordar cuando ahora, en 2017, siendo presidente del gobierno, se han producido gravísimos incendios en Galicia y en otros lugares de España.

Uno de los comportamientos más cínicos de los políticos del PP, en general y de Rajoy (como presidente del PP y del gobierno), en particular, es la de, (ni unos ni otros) no reconocer que han cometido delitos relacionados con la corrupción política. Cuando defendía a muerte a Matas, Camps, Carlos Fabra, diciendo que eran los mejores gobernantes e incluso que “se quería parecer a ellos”, en el fondo no mentía, quizá cuando no decía la verdad fue cuando tuvo que dejar de apoyarlos. Le convenía.

Pero el lector puede pensar que todo esto es historia; cierto, pero esta historia de Rajoy se conecta con su presente, llegando a la triste conclusión de que Rajoy no cumple con su palabra y, además, miente con demasiada frecuencia. Me estoy refiriendo al pacto acordado entre Sánchez (líder del PSOE) y Rajoy, según el cuál el PSOE apoyaba al Ejecutivo central en la aplicación del artículo 155 de la CE en Cataluña y el PP se comprometía a abordar la reforma de la Constitución en el espinoso tema del modelo territorial. En este asunto, parece que Rajoy no ha cumplido con su palabra, puesto que en la constitución de la comisión territorial que se ha creado al efecto en el Congreso de los Diputados, el representante del PP ha manifestado que “no hay una demanda social para cambiar el modelo autonómico”, con lo que se está transmitiendo a la opinión pública que el PP no va a iniciar ninguna aventura de reforma, cuando la inmensa mayoría de constitucionalistas y politólogos consideran que la Carta Magna hay que reformarla y el asunto territorial es uno de los más controvertidos que exige un análisis exhaustivo, pero hay que hacerlo. Es lógico que después de casi cuatro décadas de vigencia, sea necesario adaptar el texto constitucional a los nuevos tiempos.

Con este incumplimiento, Rajoy y los suyos han mostrado su verdadera cara, puesto que el PP nunca ha tenido voluntad para reformar la Carta Magna, ni cuando ostentaba mayoría absoluta en la anterior legislatura ni en la actualidad, que el PP está siendo apoyado por los políticos de Ciudadanos. El PP no se ha caracterizado (en los 40 años de democracia) por abanderar ninguna reforma significativa; es más, siempre ha votado en contra de leyes que la sociedad demandaba e incluso interpusieron recursos de inconstitucionalidad contra las mismas para que el Tribunal Constitucional las declarara contrarias a la constitución. Es el caso de la legislación de despenalización del aborto consentido o la que autoriza los matrimonios entre homosexuales. Incluso estoy convencido que si ETA hubiera dejado de matar estando gobernando el PP, lo exprimirían electoralmente en todos los foros, porque su maquinaria propagandística funciona a la perfección.

Significativos fueron los comentarios del entonces líder de AP, Manuel Fraga, al que ya pertenecían Aznar y Rajoy (que lo apoyaban sin fisuras), cuando dijo, con motivo de la ley de divorcio, en 1981 (en la que votaron en contra, por supuesto), que “vamos a defender el matrimonio religioso de cualquier ataque. Seguiremos la actitud de la Iglesia, custodia de la moral cristiana”. El mismo Aznar, como todo el mundo sabe, criticó sin fisuras la Carta Magna, que ahora tanto defiende.  

Evidentemente todo tiene una explicación, dado que hay un sector sociológico muy importante entre los votantes del PP que le darían la espalda si son los gobiernos del PP los que abanderan reformas de este calado. Sería mejor, como ocurre en Alemania y otros países de la UE, que partidos de extrema derecha tuvieran representación parlamentaria, porque estarían perfectamente identificados y nunca podrían gobernar, dado que nunca tendrían mayoría suficiente y no serían apoyados por el resto de partidos del arco parlamentario con opciones de gobierno. En cambio, en España esos ciudadanos (que son varios cientos de miles) apoyan electoralmente al PP y lo seguirán haciendo de por vida, por lo que este partido seguirá siendo siempre una alternativa clara de gobierno, por no decir un partido de gobierno sin alternativa, a menos que ese sector de la ciudadanía (varios millones) que respetan plenamente la pluralidad, la libertad de conciencia, la libertad de expresión y las diferentes formas de ser y pensar que existen en una sociedad libre y democrática y que siguen apoyando electoralmente al PP, dejen de hacerlo.

No es de extrañar, por tanto, que con estos antecedentes el PP esté incumpliendo el compromiso de reformar la Carta Magna. No abanderará la reforma a la que se comprometió y los problemas territoriales se enquistarán y seguirán siendo la causa de la grave fractura social en esta España nuestra, que no sólo es patria de los del pensamiento único y de los que se sienten patrióticos de bandera oficial en la pulsera y la de Suiza en el corazón, sino que también es patria de todos los que no pensamos igual y creemos firmemente que en este maravilloso país, España, entramos todos, absolutamente todos (cada uno con su ideología, religión y creencias), aunque no llevemos la bandera oficial en la solapa, pero sí llevamos los ideales de libertad, igualdad, justicia social, pluralismo, tolerancia, solidaridad y fraternidad en nuestros corazones.