Domingo, 17 de diciembre de 2017

Una manada de putas

“Me da igual si llevas una vida disoluta o discreta. Me da igual si tienes novio o te enrollas cada fin de semana con uno o con veinte. Me da igual si sales o si entras. No, no es eso el objeto del juicio”

Te imagino aquella noche casi estrenando tus dieciocho, sintiéndote mayor, dueña de ti misma, libre. El tonteo con cinco tíos con diez años más que tú cada uno, muchos kilos más que tú cada uno y mucha fuerza más que tú cada uno. Pamplona ardía en fiestas, en alcohol y en deseos.

Algo se torció en el camino cuando se ofrecieron a acompañarte a tu coche. Aquellos cinco tíos más mayores, con más kilos y con más fuerza, decidieron cambiar la hoja de ruta y meterte en un portal para vejarte, para destrozar tus dieciocho recién estrenados, para abusar sin piedad de tu cuerpo y de tu alma mientras te grababan en vídeo para después compartir su proeza con otros machirulitos como ellos. Tan culpables como ellos, que callaron y otorgaron. También ellos te violaron con sus carcajadas y con su posterior silencio. Cómplices todos. Asquerosos.

Te imagino en aquel portal acojonada, desbordada, inválida, indefensa, aterrorizada. Cinco a por una, como lobos. La Manada. No hubo resistencia para que acabase antes; quizá si te rebelabas te cosían a hostias o no lo contabas. Quién sabe cuando la noche se desmanga. La Manada. No hubo resistencia, dicen. Ninguno de esos cinco bestias, ninguno, tuvo la decencia o suficientes luces, a pesar de que amanecía, para detener aquello. Ninguno.

Esos cinco tíos, esos cinco mierdas que ahora piden privacidad y honor para sus vidas te robaron el teléfono para que no pudieses denunciarlos y te dejaron tirada en la calle en estado de shock. Esos cinco tíos han llegado a pagar un detective para espiar tu vida, tu intimidad, tu comportamiento después de la salvaje agresión. Y la Justicia, permitiendo esa investigación como prueba, coloca a la única víctima de todo esto en el papel de enjuiciada. Algo demencial en un país donde tanto ha costado y tanto cuesta que se denuncien las agresiones sexuales.

Me da igual si llevas una vida disoluta o discreta. Me da igual si tienes novio o te enrollas cada fin de semana con uno o con veinte. Me da igual si sales o si entras. No, no es eso el objeto del juicio. Yo me he criado en la convicción de que las mujeres cuando dicen sí es "sí" y cuando dicen no es "no" como dueñas que son de su cuerpo y de su voluntad. Me han educado en la libertad, en la igualdad y en el respeto.

¿Qué pretenden quienes ponen detectives privados a la presunta (hay que poner por ética profesional lo de "presunta") joven víctima de una violación múltiple? Ser víctima de una violación, de cinco "presuntas" violaciones, es algo que marcará de por vida a esta mujer. Probablemente las marcas nunca se vean, pero permanecerán siempre. Siempre. Seguir viviendo, salir, entrar, hacer lo que hacen las demás jóvenes, intentar pasar página es la única opción para dejar atrás el horror y sentirse limpia, digna, dueña de sí misma y de su vida. Lo que resulta repugnante es que la Justicia, en un acto machista y patriarcal que no tiene cabida en la sociedad del siglo XXI, convierta a la víctima en sujeto de investigación. Víctima solo hay una.

Siento profundo asco ante una Justicia que convierte a una mujer víctima de una brutal agresión en enjuiciada e invierte los papeles del proceso. Una mujer a la que marcar con la letra escarlata de la sospecha.

Cosas de mujeres, ya se sabe, que nos dan la mano y nos tomamos el pie. Que hay que atarnos en corto, que llevamos la falda muy corta, la lengua muy suelta. Lo mismo es que las mujeres somos un poco putas. Lo mismo es que somos una manada de putas, señor juez.