Domingo, 17 de diciembre de 2017

Mi única patria

El próximo 24 de noviembre la selección española de baloncesto juega el primer partido de la fase de clasificación para el Mundial de China de 2019. En la convocatoria once jugadores con contrato en equipos que participan en la Euroliga, máxima competición de clubes a escala continental y en cuyo calendario están previstos partidos en esas mismas fechas. Se inaugura de esta forma un contencioso institucional, una lucha de poder esencialmente insoluble en la medida en que la negociación exige sumisión o renuncia, comportamientos incompatibles con el orgullo que suele caracterizar a los directivos de las grandes organizaciones.

Este es uno de los motivos que explica que la negociación se siga llevando a cabo a través de mensajes y comunicados redactados en cada trinchera. Como viene sucediendo en la política, donde los expertos en comunicación han suplantado a los estadistas y los rendimientos económicos y los resultados de las encuestas a las virtudes y principios del buen gobernante, ninguna de las partes está dispuesta a asumir un precio que pueda afectar a la integridad de su marca, el más leve titubeo de inseguridad. Ya saben, ni un paso atrás.

Entre medias los jugadores, vinculados contractualmente con sus equipos y obligados por la ley del deporte a acudir a las llamadas de su selección (bueno, los de la NBA no por una eximente que contempla FIBA para la liga norteamericana). Ello a pesar de que todas las organizaciones afirman ser garantes de sus intereses, portavoces de sus deseos y necesidades. Así. Bertomeu, CEO de la Euroliga, apela al argumento de que los jugadores de Euroliga no son menos que los de la NBA y que, por lo tanto, han de quedar investidos del mismo derecho de elección. Reclama un calendario más coherente y la máxima latina de que el primer derecho (el calendario de la Euroliga fue publicado con anterioridad y suficiente antelación) es mejor por el hecho de ser el primero: prior in tempore, propter in iure.

A ello responde la FIBA con esa boca pequeña que se le queda al que, por defectos de coordinación y comunicación, se sabe responsable de una engorrosa chapuza. Oigan, que la mayoría de los trayectos son continentales, de no más de dos o tres horas de avión. “Perdonen, no volverá a suceder, pero no nos podemos permitir que los conjuntos nacionales acudan con sus combinados “C”. Todo ello para que la FEB, sin aportar una solución viable, termine declarando que confía en que tanto la Euroliga como los clubes españoles que participan en ella asuman la necesidad de adquirir un compromiso capaz de terminar con la actual situación de emergencia. Es decir, “por favor, por favor, por favor”. Por otro lado los clubes, muchos de ellos afectados por un sinfín de lesiones, se ven en la tesitura de que sus mejores jugadores, en caso de que se llegue a un acuerdo satisfactorio entre FIBA y Euroliga, lleguen a jugar seis partidos en trece días de noviembre y otros seis en doce días de febrero. “A ver cómo se lo explico a mis aficionados”.

En fin, todo un pitote, alboroto o barullo. Un verdadero disparate, desatino o dislate. El diccionario nos ofrece muchas alternativas para describir una situación que puede afectar de tal manera al rendimiento de la selección que no sería raro quedarnos fuera del Mundial y, por consiguiente, de los Juegos Olímpicos. Menos mal que siempre nos quedará la bandera, para envolvernos en ella y rezar para que se nos trague la tierra.