Sábado, 18 de noviembre de 2017

Arrebol

Érase una vez un país tan recóndito, que nadie sabía dónde estaba, y la mayoría ni siquiera había oído hablar de él. La causa es que a sus vecinos les gustaba disfrazarse, con lo que andaban camuflados de continuo, como si viviesen en paradero desconocido. Y es que para los enmascarados arrebolianos lo más importante de este mundo era el maquillaje. Una vez al año los grandes almacenes e hipermercados enviaban buzoneros a los domicilios de los arrebolianos dando aviso del nuevo desfile, donde se verían en la pasarela las tendencias y máscaras que se iban a llevar en la próxima temporada, así como la salida del correspondiente catálogo actualizado, que los vecinos se afanaban en comprar. Muestrarios que incluían modelos de ropa, peinados y complementos, que todos seguían con entusiasmo militante. ¿Para qué vamos a pensar en nuestra imagen si especialistas en moda, diseño y sensibilidad lo hacen por nosotros? –se preguntaban y respondían. Por otra parte, los repertorios eran amplios y abarcaban todas las posibles demandas de los arrebolianos. Por ejemplo, de mujer casada y madre de dos hijos había cincuenta modelos para elegir, pudiendo ser desde la esposa profesional de un ejecutivo feliz y depredador de las financias, hasta una sencilla ama de casa, pasando por profesora, o médica, o enfermera, o dependienta, o…, lo que quisiera. Además si no seguían las consignas eran considerados proscritos por la masa, y mandados al ostracismo de la modernidad. Con lo que apenas se levantaban se aplicaban capa tras capa de afeites, emplastos y polvos disimuladores de la madre Celestina. Se había llegado al extremo de maquillar a los animales de compañía y, por supuesto, a los coches. Se conocía como el tuneado.

  -Es para personificarlo –aseguraban-, así el coche parece más. Igual que las personas.

Como podéis suponer también tuvieron que cambiar los nombres de las profesiones para adaptarlos a los nuevos tiempos. Y así a los médicos los llamaron doctores; los conductores de autobuses fueron Ingenieros de Rutas; los albañiles, Arquitectos de la masa y del ladrillo o Artífices de la plomada; los fontaneros, Ingenieros de sifones, grifos y émbolos… y así sucesivamente ¡Era tan bonito! Aunque nada superaba a las figurativas manifestaciones. Los turistas acudían a miles para ver desfilar a aquellos personajes tan modernos y elegantes,  paseo que las altas instancias declararon de interés cultural. Yo vi una en la que el abanderado tenía las piernas de gelatina, el pelo de hojalata y por cabeza un merengue alborotado, aunque a punto de nieve, debajo de una peineta de tortilla de patata. 

El glamour y ese vivir en un continuo estreno tenían algunos aspectos negativos, ya que con tanto maquillaje no se podían abrazar ni besar, porque con los abrazos resbalaban gracias a los afeites y se escurrían como los pececillos se escapan entre los dedos de las manos. Por eso, cuando se saludaban acercaban una cara con otra, pero jamás se tocaban por miedo a patinar o a que se les corriera la máscara. Aunque lo peor es que no se reconocían unos a otros, y tenían que llevar puesta una tarjeta identificativa cogida con una pinza en la solapa para que los demás supieran quién era. Era vital llevar toda la vida la pinza con el nombre, porque si la perdían pasaban desapercibidos, enloquecían de anonimato y morían en la más absoluta soledad.