Domingo, 19 de noviembre de 2017

Wanted de seda

       Voy a narrar dos anécdotas personales. La primera no la he contado públicamente hasta ahora, y si lo hago es porque viene a cuento del drama de Cataluña.

       En 1984 ganó la Copa de fútbol del Rey el Athletic de Bilbao. Se enfrentó en la final a un Barça que no se tomó precisamente bien la derrota y provocó una tangana muy violenta nada más concluir el partido*. Yo residía entonces en Palma de Mallorca y vi el encuentro por la televisión. En Baleares se hablaba con naturalidad su propia variante del catalán –con diferencias también entre las islas– y el Barcelona contaba, como ahora, con una hinchada numerosa. Pero, como en todas partes, los que más se hacían notar eran una minoría de exaltados, en este caso los pancatalanistas de los països catalans, propensos a la tabarra callejera. Me acosté con el sabor agridulce de la victoria y el incidente que la deslució. A la mañana siguiente cuando bajé a la calle para tomar el coche y dirigirme al trabajo me encontré con que tenía las cuatro ruedas pinchadas. No vi quién había sido, pero considerando que mi matrícula era de Bilbao no cuesta mucho imaginarlo.

     De la segunda anécdota, anterior en el tiempo, sí he escrito en otra ocasión. Todavía no había pisado yo Salamanca ni tenía la menor idea de que en esta ciudad transcurriría buena parte de mi vida. Ocurrió al comienzo de la transición en mi Bilbao natal, en el paroxismo de las reivindicaciones independentistas, las manifestaciones y la exhibición de banderas de Euskadi. Mi mujer y yo acabábamos de tener nuestra primera hija y paseábamos por la zona de Sarriko empujando el cochecito del bebé cuando nos cruzamos con el encargado de la cafetería a la que solíamos acudir. Yo trabajaba entonces en TVE, salía a menudo en los informativos y la gente me reconocía por la calle. Tras un saludo de mera cortesía, el hombre se interesó amablemente por la niña e intercambiamos los consabidos tópicos al uso. Nos habíamos detenido junto al edificio racionalista de viviendas municipales construido por el arquitecto Basáñez. De la fachada colgaba una ikurriña enorme, la más grande que habíamos visto, con un crespón negro en señal de protesta por “la represión contra ETA”. Se me ocurrió comentárselo al camarero, que me parecía un hombre sensato y moderado. "¿Ha visto usted el tamaño de esa bandera?", ­dije. Su respuesta, en voz baja mientras movía a un lado a otro la cabeza, fue: "Calle, calle. Si la ha puesto ahí mi hija... ¡y somos de Salamanca!". He dicho que ese trabajador me parecía moderado y amable, como la inmensa mayoría de los habitantes del País Vasco... y de Cataluña. La niña de la ikurriña pertenecía a una minoría que obligaba a hablar en susurros, cuando no a enmudecer, a una buena parte de la población. Como los abducidos del procés cuando salen a repartir democracia de injurias y escraches.

    El fútbol y la política tienen numerosas facetas en común. Las más evidentes son la fuerte adscripción a un grupo, el caldo de cultivo para extremistas fanáticos y el terreno abonado para la corrupción. El fanatismo es una enfermedad contagiosa. ¿Cómo explicar si no que masas mayoritarias de ciudadanos alemanes entre los cuales seguramente los habría "normales" aclamaran a Hitler? ¿De qué materia orgánica diferente a la de usted y la mía están hechos el noventa y nueve por ciento de los coreanos del Norte que parecen idolatrar a Kim-Jong-un? La prueba de que se trata de un proceso psico-sociológico irracional y antihigiénico es que el contagio no afecta sólo a personas predispuestas por su origen o vinculación emocional con la patria adorada (los ocho apellidos de marras) sino a un alto porcentaje de individuos intoxicables por la propaganda de la televisión, las escuelas, las aulas universitarias o las reuniones de las comunidades de vecinos. Y detrás están los que se benefician de la epidemia, léase la cleptocracia nacionalista con Pujol al frente y Artur Mas y Carles Puigdemont siguiendo sus pasos. Detalles que demuestran la contradicción entre la identidad real de Cataluña y la inventada por el nacionalismo: en un mitin de Ciudadanos celebrado el pasado fin de semana en Sant Andreu de Llavaneres, los independentistas les gritaban "¡No sois de aquí, marchad a vuestra casa!". Pues bien, Artur Mas está casado con una mujer de antepasados checos, Helena Rakosnik, y Puigdemont con una rumana, Marcela Topor, que vino por primera vez a España cuando ya había cumplido veinte años; en la cúpula de las organizaciones secesionistas hay nacidos en Argentina y Uruguay, y en las manifestaciones pro independencia participan activamente indios y magrebíes. Todos ellos proclaman adoración por Cataluña, lo cual estaría muy bien si (como la niña de la ikurriña y los vociferantes de Llavaneres) no fueran excluyentes y despreciativos hacia el resto de España. Pasmosa coincidencia histórica: Sergi Doria, catedrático de la Universidad Internacional de Barcelona, reseñó ayer en ABC digital el libro Memòries polítiques, en el que Joan Puig i Ferreter reconoce que numerosos políticos nacionalistas que controlaron Cataluña durante el período 1931-1936, entre ellos él mismo, eran «idealistas-prácticos» que, acechados por el escándalo de corrupción por apropiación de dinero público, clamaban un Visca Catalunya màrtir! para salir del paso. Puig i Ferreter era miembro entonces de Esquerra Republicana de Catalunya y cuenta en sus memorias: «Todo se iba en oratoria demagógica, en mítines y manifestaciones populares, mientras en el Parlament de Cataluña, donde dominaba el analfabetismo agresivo de la mayoría esquerrana, y en la Generalitat, donde imperaban la inepcia, la negligencia y las rivalidades de los grupúsculos izquierdistas, se perdía el tiempo durante cinco años sin realizar una obra política de realidades…». 

   Se da la paradoja de que los fanáticos y sus predicadores suelen tener la piel muy fina. Si ellos insultan, amenazan o agreden (casi siempre en rebaño porque son cobardes) es porque tienen derecho a expresarse; si se les devuelve el insulto, incluso si reciben meras críticas, se convierten en víctimas dolientes. Y no digamos ya, si se les aplica la ley. Entonces sufren auténticos sarpullidos de victimismo. Lo que ha ocurrido estos últimos años con los gobiernos nacionalistas catalanes es dramático en todos los sentidos de la palabra drama: suceso infortunado, representación teatral y mímesis ritual. Puigdemont, subido sobre sí mismo (puig de mont significa literalmente monte de monte), se ve como un coloso llamado a conducir a su pueblo a la Arcadia. A su condición de ex presidente ha añadido la de exprófugo de la justicia porque se escapó de España despistando a la Guardia Civil, que le seguía con un helicóptero, con una maniobra propia de las películas baratas de espías: cambio de automóvil bajo un puente. Por fortuna, la orden internacional de Wanted no conllevaba como en el antiguo Oeste el "vivo o muerto", y hasta ahora se ha tratado al exhonorable, sus exconsellers y demás comilitones con un seny del que ellos carecen. Eso sí, la resolución de esta parte del conflicto va a requerir puño de hierro en guante de seda.

Fotos musulmanes en la Diada 2017: Jerónimo Rueda. *Si alguien tiene curiosidad por ver aquel partido de Copa, puede hacerlo en una de estas dos páginas de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=cMINTRr0LvM y https://www.youtube.com/watch?v=VCnUpQDHMhc