Jueves, 23 de noviembre de 2017

Extremismos y "extredistintos"

¿Será verdad que no somos capaces de sostener opiniones diversas, e incluso opuestas, sin enfadarnos? ¿Hemos perdido las habilidades de la argumentación sosegada para poder construir opiniones y fundamentos sin padecer la condena instantánea de los interlocutores? ¿O es que no tuvimos nunca esas capacidades y era todo una ilusión?

Sin duda sufrimos circunstancias políticas difíciles -podríamos añadir más adjetivos, pero de momento no hace falta-. Con todo, una de las consecuencias peores de las semanas que llevamos es el cierre de filas: El “ellos” contra “nosotros” y el “nosotros” contra “ellos”, que a los efectos lo mismo da. El uso de las banderas como garrotes y la negación automática del que quiera objetivar un poco, y se da cuenta de que los errores no están todos de un lado y que las barbaridades – también jurídicas- tampoco.

Es obvio que cuando hay conflictos sociales la primera víctima es la información, que es por cierto un derecho constitucional de primera magnitud. Menos mal que la red de redes permite a quien quiera molestarse un poco una amplia panorámica que supera sin problemas la visión monolítica de muchos medios. La cuestión es que hay gente a la que la comodidad y el fanatismo le llevan a alinearse acríticamente a lo que a primera vista le conviene o se ajusta a sus primarias intuiciones viscerales.

Antes que la democracia está el diálogo; es más, se trata de su base misma. La confrontación dialógica y reglada, dentro de los límites evidentes de la tolerancia y del alejamiento de la violencia, es lo que justifica la construcción de la comunidad política, en la que se debe poder hablar incluso de sus límites, sin que nadie se rasgue las vestiduras.

De las cosas que más entristecen en la difícilmente creíble historia de las últimas semanas es el triunfo de los extremismos, pecado en el que por supuesto cayeron quienes forzaron las instituciones que gobernaban con mayorías poco estables, en una alocada huida hacia espejismos y paraísos improbables, pero también quienes creyéndose más papistas que el Papa, se ven como la encarnación de las esencias patrias y empiezan a recuperar modos más propios del caduco e inconstitucional “¡Santiago y cierra España!”.

No soy modelo de nada, ni ejemplo de mucho, pero desde hace tiempo tengo amigos que ven la solución a todos los males en una independencia dorada, por muy irreal que sea, y tengo otros, a los que quiero de manera parecida, partidarios de una recentralización que tampoco se ajusta en absoluto al espíritu constitucional vigente.

Habrá quien gentilmente lea estas escasas líneas y me trate de “equidistante”. Si eso significa “comentarista que trata de ser objetivo e imparcial”, pretendo serlo. Pero eso no supone colocarme en una posición acomodaticia ni pasiva, porque soy al mismo tiempo contrario a todo aquel que se opone a esta posición racional y civilizada, por la que entremos en el orden del diálogo y de la empatía mínima que exige el respeto a la dignidad humana de los demás, aunque se trate de sujetos investigados como delincuentes.

Antes de comentar autos judiciales, calificaciones penales y medidas cautelares de difícil comprensión si se tiene la mente fría, me parece fundamental en estos momentos resaltar la necesidad del cuidadoso respeto al que piensa distinto, por mucho que sus razones nos parezcan imposibles de aceptar.