Domingo, 19 de noviembre de 2017

Refrán contra refrán

De siempre he sido muy de buscarle cinco pies al gato. De darle la vuelta a los conceptos, las ideas, las palabras, como si de un calcetín se tratase. De no creerme nada a la primera. De buscar para encontrar. De rebuscar para reencontrar.

Y siempre he buscado en las sentencias, los proverbios, los dichos, frases acuñadas y refranes, el leitmotiv de mi existencia. Todo está escrito: “En tus apuros y afanes, pide consejo a los refranes”.

Por eso unas veces soy de no conformarme con el pájaro en mano, al tiempo que otras imploro doblemente al diminutivo de la virgen para quedarme como estoy; unas veces soy de madrugar para obtener la ayuda divina, y otras de no forzar el despertador sabiendo que va a amanecer a la misma hora –sesenta minutos antes en Canarias-; unas veces me apunto al engaño de las apariencias, y otras al especular reflejo del alma que se proyecta en los rostros.

Es lo bueno de los refranes, que hay uno para cada situación y para la contraria. Que siempre encontramos alguno que sirva de ascua al que arrimar nuestra sardina. Los refranes, como la vida, se adaptan a cada circunstancia, persona y lugar. Pueden ser una puerta que se abre al diálogo o un portazo que ponga fin a una discusión.

Ya digo que siempre he sido de buscarle tres pies al gato. O cinco. De ahí que mi más favorito refrán, sea uno referido a esta costumbre de usarlos sin parar. Como apoyo y como puya. Es este que dice: “Lo que un refrán dice, otro lo contradice”.