Domingo, 19 de noviembre de 2017

Banderas exiliadas en balcones

La mía no puede estar más disgustada. Acostumbrada a salir de su refugio solamente el 12 de octubre y año sí, año no, unas semanitas por junio, cuando mandamos a Piqué y sus compañeros a Brasil, Francia o donde se tercie, maldice tener que afrontar calores impropios de otoño y lluvias y ventiscas, que han llegado, al fin, para mayor castigo.

“Con lo a gusto que estaba en mi cajón”, se queja. Allí estaría bien plegadita, doblada en muchas partes, discreta y sigilosa como es ella, muy constitucional mas nada patriotera, alegre en su rojo y su gualda pero tímida al fin y al cabo, acogedora de castillos, leones, cadenas, barras, granadas, coronas, columnas, lemas, flores de lis y lo que le echen. Incluso toros de Osborne.

Mi bandera entiende que no ha quedado otra alternativa, y se explica como un libro abierto, en concreto por la página 155: “Les enseñé la ley y cerraron los ojos. Inventaron otra ley y quisieron que yo los cerrara. Les volví a enseñar la ley y me llamaron ciega, violenta, represora, antidemócrata, facha y franquista”.

Ella, y la comprendo, se lamenta de tener que salir a la calle, hacer horas de balcón y de manifestación, porque lo de ondear sólo agrada a las banderas funcionarias con plaza propia en edificios oficiales. La mayoría son de cajón y de ocasiones especiales, vergonzosas y un punto vagas. Quizá estaban hartas de tanta “vexilofobia” dirigida contra ellas y sólo contra ellas, las banderas de España. O cansadas de recibir zarandeos, de soportar malas interpretaciones, o de ser enarboladas a destiempo.

Claro que, una vez exiliada en el balcón, mi bandera no se arredra: “De aquí no me muevo hasta que imperen la ley y la democracia que yo represento, que no soy bandera contra nada ni contra nadie, sino bandera de la España Estado de Derecho, patria común e indivisible, patrimonio por igual de todos los españoles, no de unos sobre otros ni de otros sobre unos”.

Y ahí sigue, dando vivas al Rey y a la Constitución, distinguiendo entre los políticos presos (que los hay) y los presos políticos (que en España no existen), aclarando que no se puede demandar “hacer política” si eso significa “no hacer justicia”.

Ha transformado mi balcón en un grito a favor de la soberanía nacional, que no se vende por un plato de lentejas, ni de coles de Bruselas ni de botifarra amb mongetes. ¿Quién soy yo para llevar la contraria a una exiliada tan sensata y tan valiente? Tiempo tendrá de volver al cajón y hacer la pre-temporada para el Mundial de Rusia. Entonces corearemos “¡Es-pa-ña, Es-pa-ña!”; ahora el clamor es otro: “¡In-inte-inteligencia, in-inte-inteligencia!”