Domingo, 19 de noviembre de 2017

Orgullo de lo(s) nuestro(s)

El pasado miércoles, 1 de noviembre, y coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, la televisión autonómica emitió un reportaje de media hora de duración sobre la pervivencia de la lengua leonesa en las comarcas de El Rebollar y Sanabria, en las provincias de Salamanca y Zamora respectivamente.

No sé si por azar del destino, o por mera coincidencia, la emisión coincidió con el día de Todos los Santos, cuando es tradición homenajear a todos nuestros familiares que ya no están de cuerpo presente entre todos nosotros.

Y es que, en este caso, la fecha de emisión no pudo ser más certera. Pocos días habría más acertados para homenajear a la lengua leonesa que aquel en el que rendimos homenaje a nuestros ancestros, a nuestra memoria, que en estas tierras salmantinas viene a ser sinónimo de homenajear a quienes hablaban o descienden de quienes hablaban el leonés.

Desgraciadamente, no han faltado por estas latitudes quienes han renegado de sus raíces y de sus ancestros por haber sido agricultores, ganaderos, pastores… que además ‘hablaban mal’, que es lo que se solía decir de quien hablaba en leonés. Y todo ello, como si eso fuesen motivos de vergüenza.

Pues bien, quizá para ‘aparentar’ en ciertos círculos de una nueva vida construida sobre dar la espalda a las raíces, a algunos les parecería vergonzoso todo ello, pero sin embargo a mí me parece que hemos de estar orgullosos de esos agricultores, ganaderos y pastores que han sacado adelante con su sudor nuestras familias, nuestros pueblos y nuestra tierra, y que siguen haciéndolo en nuestras localidades. Del mismo modo que hemos de estar orgullosos de ese habla, el leonés, que ridiculizada por quienes se creían y creen superiores al resto de mundanos, se ha convertido en algo casi extinto ya en nuestra comarca.

Y es por ello que hoy, en esta columna de opinión, quiero hablar del orgullo de lo nuestro y de los nuestros. De lo nuestro porque sin raíces no hay identidad ni amor por lo propio, y de los nuestros porque, sin ellos, no estaríamos en este mundo.

Como bien apuntaban en el citado documental, Miguel de Unamuno, en su obra ‘Andanzas y visiones españolas’, en 1922, ya señaló que “esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al Reino de León, y leonesas son las particularidades de su habla popular”. Y era Don Miguel buen conocedor de este hecho, habiendo recorrido y conocido por ejemplo Las Arribes, llegando a afirmar que “en Villarino, en su lenguaje, se conservan los últimos restos del idioma leonés”, tal y como recogía en 1977 Manuel Moreno Blanco en su obra ‘La Gudina. Impresiones de un nativo’.

Es más, el hecho de que Villarino fuese la localidad de la provincia (o al menos de Las Arribes) que conservaba de forma más pura el leonés, era algo conocido en los ambientes filológicos, y de hecho, así lo indicaba también el catedrático Llorente Maldonado de Guevara en su ‘Estudio sobre el habla de la Ribera’ en 1947, en el cual estudiaba pormenorizadamente el leonés de Las Arribes salmantinas.

Ahora bien, siete décadas después de aquel estudio, cabe cuestionarse ¿Qué queda del habla tradicional de Villarino? Ciertamente, no desapareció tras el estudio de Llorente Maldonado, ya que dos décadas después, cuando mi abuelo Gonzalo (que en paz descanse) fue a trabajar a Villarino a la central, los vecinos aún conservaban en perfecta salud la lengua leonesa. Es más, mi abuela Cristina me indicó hace unos años que en Villarino hablaban muy ‘cerrao’, señalándome que “no les entendían ni los españoles ni los portugueses”.

Ciertamente, el grado de conservación del leonés debía ser excelente entonces en Villarino, ya que quien me decía que hablaban muy ‘cerrao’ no era un trabajador venido de Cuenca, sino mi abuela, nacida en La Zarza de Pumareda y crecida en Guadramiro, que hablaba con su padre aún en leonés. Y es que, como alguna vez me comentó, mi bisabuelo Olegario “no sabía hablar bien”. Aunque yo corregiría esa frase y diría más bien que, lo que sabía hablar bien, era leonés, algo que ya quisiéramos sus descendientes.

Volviendo sobre el documental ‘Llionés. De Senabria a El Rebollal, el catedrático de filología de la Universidad de Salamanca, Julio Borrego, señaló que, pese a su borrado progresivo, hay ‘pistas’ que denotan que, antaño, el leonés fue nuestra lengua de uso diario. Así, indicaba que, en el ‘Atlas Lingüístico de Castilla y León’, se podían diferenciar claramente las dos regiones de la autonomía desde el punto de vista filológico. En este sentido, puso como ejemplo que en la Región Leonesa, esto es, en León, Zamora y Salamanca, se llama ‘pega’ al ave que los castellanos llaman ‘urraca’. Ejemplo que, ciertamente, podría ampliarse a otros casos concretos, como el pájaro llamado ‘pardal’ por los leoneses, y ‘gorrión’ por los castellanos.

En todo caso, en este mismo reportaje me llamaron la atención los métodos que están llevando a cabo en Sanabria para intentar conservar o aminorar la pérdida de lenguaje entre los más jóvenes. Me sorprendió ver cómo en el colegio ponen en una pizarra a diario la “palabra sanabresa del día”, con la que tienen que hacer una frase los alumnos (y que al volver a casa pueden decir a sus abuelos “he aprendido esta palabra sanabresa”, ayudando a que éstos se puedan quitar de encima el sentimiento de culpa por la acusación y estigmatización recibida antaño de que “hablaban mal”), o una especie de Pasapalabra con palabras del leonés comarcal.

A ello habría que sumar otras iniciativas como los carteles en leonés que lucen algunos bares o comercios de Sanabria, Aliste o El Bierzo, en los que, en horario de apertura, se puede leer “Pasái. Esti sitiu está abiertu”.

Son iniciativas que ayudan a no perder del todo la riqueza lingüística que atesoran nuestras comarcas, y que ponen en valor la memoria de quienes la hablaron, de todos aquellos que tuvieron que cargar con el ‘sambenito’ de la culpabilidad por emplear el lenguaje heredado de sus antepasados, que debía molestar a quienes se creían con superioridad moral o intelectual sobre el resto.

Es por ello que, tras el día de Todos los Santos, y desde la distancia que no me ha permitido ir al cementerio a homenajear a mis ancestros, me tomo la libertad de poner este ramo de flores virtual en forma de homenaje a la lengua que hablaron la mayoría de ellos, y con ello a su memoria.

A la memoria de mis bisabuelos Olegario y Consuelo, trabajadores de la tierra y del campo, con quienes acabó el uso del leonés en mi familia. Pero también a la memoria de mis bisabuelos José Manuel y Rosenda, a quienes por fallecer temprano no pudo conocer ni tan siquiera mi madre. Gracias a todos ellos y al resto de antepasados por haber trabajado duramente la tierra para que hoy podamos contarlo, y por legarnos tradiciones, usos y costumbres que, quizá, no valoramos lo suficiente. Sois para mí un motivo de enorme orgullo. Gracias allá donde estéis.