Domingo, 19 de noviembre de 2017

La cortina de humo de Puigdemont

Y las miserias de la izquierda 

Se alude de manera recurrente durante estos días a la calificación del proces y de la postura de Puigdemont (y por extensión, del gobierno de la Generalitat y también, de paso, de las CUP) de cobarde, haciéndose algunos análisis que en muchos casos pecan de simples. No voy a ser yo quien defienda a un gobierno y a un partido que, igual que el PSOE y el PP, ha sido prolijo en realizar recortes e incluso un ejemplo en la represión de las protestas sociales que iban surgiendo al calor de la crisis. Pero creo que la cuestión es mucho más compleja, tal y como he defendido en otras opiniones. Se mezclan en este punto las posturas tanto de gentes de izquierdas como de derechas, nacionalistas y no nacionalistas, los cuales en algunos casos deberían calificarse mejor de nacionalistas españoles frente a nacionalistas catalanes. En efecto, la cuestión catalana está poniendo de manifiesto la multitud de posturas que se toman frente a un tema fundamental: el derecho a decidir de los catalanes y de las catalanas, o lo que es lo mismo, el derecho de autodeterminación de los pueblos (algo que Paco Frutos considera desfasado). Tradicionalmente había pensado que una persona del entorno de la izquierda socialista (o comunista, como le gusta llamarse a Garzón) debería defender este derecho. Pero la realidad me demuestra que son muchas las voces que se están levantando contra el mismo dentro de la izquierda. Acusan al independentismo catalán (que no es lo mismo que nacionalismo) de ser un proceso que divide y enfrenta a la clase trabajadora, liderado además por la burguesía (a pesar de la fuga de empresas y de la innegable fuga de capitales que supondría una hipotética independencia de facto de Cataluña), pero pecan de caer en un nacionalismo que no es menos malo y que es el nacionalismo español.

El nacionalismo español es esa cosa que nos entra en el estómago cuando marca Iniesta un gol ante Holanda y que nos empuja a sacar las banderas a la calle, orgullosos y orgullosas de nuestro país, a pesar de ser líderes en muchas cuestiones que no son tan loables como el deporte y que no es preciso recordar. El nacionalismo es un sentimiento irracional. Esta cosa que nos entra en el estómago en estas ocasiones tan importantes y que no sabemos muy bien de dónde viene estaba, por decirlo de alguna manera, dormida. Con que, lo que ha revelado el proces quizá tenga un sentido mucho más profundo y que no es otro que el despertar colectivo de ese sentimiento que antes parecía que solo podía desatarse cuando ganaba la selección un mundial. Esta cuestión responde a otros factores y procesos también más profundos, pero de enorme importancia, y que atienden a una progresiva fascistización que afecta también a otros países europeos, donde se ha visto el aumento progresivo y continuo del voto a la denominada ultraderecha, pero que en nuestro país queda bien cubierto y unificado en torno al PP. No veo que la izquierda hable de estas cuestiones que sí que son verdaderamente preocupantes, o al menos así me lo parecen a mí.

En cambio, se inventan mil excusas y sitúan a Puidjemont como el leviatán que está en el origen de todos los males, unos males que, por otro lado, ya existían y que producían esa cosa que nos entra en el estómago cuando gana la selección, aunque no fuese tan evidente. Igual que la derecha, caricaturizan un enemigo ficticio al que se le echa la culpa de que en la prensa no se hable de la aprobación del CETA (acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá) en el senado, precisamente el mismo día en que se votaba la aplicación del famoso artículo 155, de los múltiples casos de corrupción en el PP, etc. como si antes de todo esto sí se hiciera y no se hubiesen inventado otras cortinas de humo. Clamoroso es el ejemplo de Venezuela, país del que hace solo unos meses estábamos más (mal) informados que de nuestro propio país, tal y como he denunciado en otras opiniones. Le acusan incluso de que la gente vaya a votar al PP, como si antes nadie les votase, y le acusarán también de que partidos como Podemos apliquen su particular 155 a todo aquel dispuesto a mantener una postura valiente y distinta a lo que parece ser indiscutible y hegemónico (palabra que tanto gusta emplear últimamente): la unidad de España y la defensa de la Constitución de 1978; pues, después de todo, creo que eso es lo que se dirime en todo este asunto. Por favor, no traten de tapar todas las miserias de la izquierda, igualito que hace la derecha, con este asunto. La pérdida de la intención de voto a la coalición de Unidos Podemos responde a muchos otros factores, entre ellos, imagino, los tibios posicionamientos en torno a la cuestión catalana, o el hecho de que, cuando no son tan tibios, parecen más argumentos en defensa del stablishment y del statu quo establecido en la Constitución de 1978 que otra cosa (lo que hace no mucho tiempo se vino a definir como "régimen" o "casta"), pero no solo. Hasta tal punto sucede esto que todas estas personas me animan a dudar que realmente quieran permitir que los y las catalanas decidan el modelo de estado que quieren, que es de lo que, al fin y al cabo, se trata, y a pensar que lo hacen además por un puñado de votos que después no se va materializar, si tenemos en cuenta las últimas encuestas sobre la intención de voto. Incluso estas letras les servirán, una vez más, para situarme del lado de los nacionalistas catalanes y del independentismo, como una cuestión simple y maniquea, sin valorar la complejidad del asunto, y no como una defensa del derecho a decidir.