Domingo, 19 de noviembre de 2017

Milonga de andar lejos(en la muerte de Daniel Viglietti)

“...que más allá del fin
hay otra orilla
que la batalla es nuestra
o de ninguno...”
MARIO BENEDETTI,
“Intimidad” en Contra los puentes levadizos, 1965-66.

 

La muerte siempre, pero a veces la vida, golpea también con la seca certeza de la asfixia, y el día se apaga y pavesa apenas queda del antiguo argumento del para qué vivir. Sucedió anteayer nomás, cuando las rotativas que no existen teclearon la muerte de Daniel Viglietti, y uno supo que al mundo ya le iban a faltar resquicios para existir y razones para respirar. Daniel Viglietti, un muerto de los que no se mueren, se ha muerto, y el alma que uno no tiene quisiera gritar el grito que tampoco, porque Viglietti, amigo y cómplice, era la voz y la emoción, y la lucha y el abrazo y más, y era la memoria viva y el símbolo de la libertad, y era como el padre y el hermano y ahora se ha muerto.

Con Mario Benedetti compartimos días de vino y ninguna rosa en un teatro frío y en calles oscuras llenas de sueño y carcajada, y luego en México y en Buenos Aires, y Daniel Viglietti era la pura esperanza a cada hora y la pura alegría y también la voz que decía compadre qué tenés que reís tan poco, y uno aspiraba la madrugada prendido en esa risa, o ese eco de la risa o, tal vez, el eco del deseo de aquella risa que, maldita muerte puta, me quitaste.

Símbolo de todas las esperas, signo de todos los futuros de un Uruguay herido y malquerido hasta la extenuación, Daniel Viglietti fue un exiliado hermoso como recuerdo y cercano como la más dulce esperanza para tantos presos de la sevicia y de la ira de los entorchados que ensuciaron Montevideo con sus babas de ángel diablo y de sospecha y botas y desfiles. Sus días de lucha, a lo largo de toda su vida, estuvieron acompañados por amigos de cerca y de verdad, Serrat, Benedetti, Juan Carlos Onetti, Victor Jara o el Ché. Y era suya la esperanza. Suyo el horizonte. Su música, bálsamo del alma para quienes nunca tuvimos alma, oración inmensa para los sin dios y plegaria en la batalla por la dignidad, significó la vida y la memoria y el recuerdo –y el aire mismo- de generaciones de gente de izquierda, y gente de gente, que en Latinoamérica gritaron y gritan el cristal del deseo de libertad... Y hasta Sartre lo amó, hasta Europa llegaba la canción amarga de la más dulce voz... Porque Viglietti no fue solo, aunque hubiera sido mucho, un cantante y compositor de lucha sino uno de los músicos más brillantes de la América del XX y todavía... Su prestigio como guitarrista, autor de estudios musicales profundísimos y recuperador de la tradición sonora de pueblos enteros, se une a su inmenso prestigio como abanderado de la justicia, la igualdad y la fraternidad.

Estará triste Vallejo.Tal vez Lorca remueva su lugar en la sombra y se queje por la muerte tan muerte que azotó sin excusa. Alberti habrá llorado. Hoy Benedetti estará más triste. Llorará debajo de la tierra el frío de la ausencia de Daniel Viglietti, su hermano montevideano que miraba atrás con él mientras el perro Bordaberry vomitaba su odio en la avenida Bolivia. Sus recitales conjuntos, “A  dos voces”, que recorrieron el mundo en loor de dignidad, seguramente se escucharán hoy amplificados en los bulevares parisinos de su exilio, en el parque Rodó de Montevideo, en el campus de Alicante y en la plaza Tlatelolco. Y sonará la tristeza como la alegría del recuerdo, y la desolación por la muerte de Viglietti podrá convertirse (ojalá, ojalá...) en aldabonazo en tanta miseria mental como, hay que ver, ha tenido la osadía de olvidarlo. Y sonará estruendosamente limpia la voz y la guitarra de Viglietti: Yo quiero romper la vida, / Cómo cambiarla quisiera, / Ayúdeme compañero; / Ayúdeme, no demore, /Que una gota con ser poco / Con otra se hace aguacero.

Que la tierra te sea leve, amigo.