Sábado, 18 de noviembre de 2017

Revoluciones de andar por casa

Hace poco leí el concepto “pijerío revolucionario”, y me recordó algo que empezó a pasar, según yo, en los años 90… O sea, no vayan a pensar que este artículo es contra los millennial; no, aunque a veces me hagan cabrear, la horma de los respectivos zapatos, como siempre, viene detrás…

Para los de menos de 40, lo sé, soy un ruco, un carca, y con lo que voy a escribir, más; un defensor zombi del monarquismo del 78, como leí por ahí queriendo “criticar” un muy serio y bien razonado artículo del “facha” de Nicolás Sartorius.

Me da igual serlo, no es el tema, pero les contaré que, al año de venir a México, o sea, poco después de conocer de desigualdades que, la verdad, no había visto antes, pasó lo de Chiapas. El alzamiento del EZLN y la irrupción del Subcomandante Marcos fueron un hito; estaba cerca la caída del muro y parecía que emergía una nueva izquierda, otro modo de hablar, de contar, de luchar, de ser revolucionario.

Siento decir que, hoy por hoy, aquella novedad quedó en eso y poco más: los indígenas siguen jodidos, y las indígenas más; unas y otros tienen menos oportunidades que el resto, en muchas ocasiones porque quienes dicen “protegerlos” los “convencen” de que están mejor así.

Por supuesto que hay que proteger las culturas y los saberes ancestrales… siempre que tengan el mismo acceso que yo tuve, cuando lo necesité, a medicina de alto nivel y quimioterapia en la sanidad pública mexicana; o siempre que las mujeres indígenas no tengan que luchar contra los “usos y costumbres” para ser ellas mismas, para agringarse si quieren; mujeres y hombres indígenas tienen el mismo derecho que yo a elegir entre una tlayuda y una hamburguesa, entre posol y tequila. Entre casarse o no, con hombre o mujer.

También siento tenerles que contar, además, que ya a mediados de los 90 empecé a darme cuenta de eso que hoy llaman “turismo revolucionario”; ya entonces muchos vinieron a México a “conocer la verdadera realidad”, a luchar contra la opresión, a valorar la vida pura… Y a volverse, un rato, unos meses después, a la opresión en la que disfrutaban de becas Erasmus, igualdad, salud… Sí, esa “opresión” que ahora retomó fuerza en Gran Bretaña hace un año o en Cataluña, recién.

Esos jóvenes de mi edad, entonces, fueron creciendo y tuvieron hijos… Y muchos de ellos fueron aún más revolucionarios que sus padres… Igual que unos padres apuntan a sus hijos a ballet porque ellos no pudieron practicarlo, me da que algunos de estos los apuntaron a la revolución, a los “nuevos” partidos, a las “nuevas” formas de hacer política.

Todas estas “revoluciones” nos han traído el Brexit, Trump, la CUP, Podemos, Morena….  

Quienes no conocieron el franquismo generaron las críticas más feroces al “régimen del 78”: decidieron que Franco no había muerto, que todos vivíamos engañados. Quienes apenas conocieron al PRI se volvieron los más furibundos antipriistas, acaudillados por un expriista que defiende las ideas del viejo PRI; quienes tuvieron la oportunidad de viajar por Europa, juguetearon con salirse de ella… hasta que se encontraron con el Brexit.

Por supuesto, todo esto no es más que reflejo de que me hago mayor y sigo siendo el cascarrabias del que hablaba hace unos cuantos artículos. Seguiré pensando en ello.

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