Sábado, 18 de noviembre de 2017

¿Qué hacer ante la muerte?

 

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En un artículo de la escritora estadounidense  Pearl-S-Buck, en el que hablaba sobre la vida y la muerte, citaba la carta que le escribió una mujer desconocida que había  perdido a su marido:

Cuando mis pequeños no pudieron comprender el silencio de su padre, recientemente fallecido y que les quería mucho, traté de explicárselo describiéndoles el ciclo vital de su caballito de mar. Comienza como un gusano en el mar; pero, en el momento justo, emerge, y cuando se da cuenta de que tiene alas, vuela. Supongo -les dije- que los que se quedan en el agua se preguntan dónde se ha ido y por qué no vuelve. No puede volver porque tiene alas, ni los que se quedaron pueden volar junto a él porque todavía no las tienen”. Y la escritora y premio Nóbel concluye: “Es cierto; aún no tenemos alas, pero llegará un día”. Lleva tiempo el echar alas para volar, requiere mucha paciencia el aceptar los contratiempos, limitaciones y la muerte.

Todos tenemos miedo a la muerte. Intentamos anular “el único acontecimiento absolutamente cierto” esforzándonos por esquivarlo de nuestra conversación. Aunque la muerte está presente en todas partes, tratamos de maquillarla, endulzarla, ignorarla. Todos deseamos triunfar, vivir y nos causa dolor el saber que tendremos que morir, aunque morimos un poco cada día, no nos acostumbramos. La única manera de preparase para la muerte es la de saber vivir. Sin embargo nos aferramos a las cosas y somos esclavos. Nuestra vida está regida por los criterios de la belleza, rapidez, eficacia y placer. Vivir es desprenderse.

La muerte convive con cada uno de nosotros y su presencia se hace cada vez más evidente e imperiosa. La exclamación de San Agustín ante un niño recién nacido, “tampoco éste se escabullirá de ella”, nos toca a todos, lo sabemos, y los escritores proclaman que esta vida es “un correr hacia la muerte”, una pura “espera de la muerte”. “La muerte nos acosa” (Camus y Sastre). Se nos presenta, a veces, avisando cuando estamos  en plena madurez; otras, en plena juventud como ladrón que nos sorprende y arrebata ilusiones y alegrías. Casi siempre llega temprana e inoportuna, cuando todavía nos quedan proyectos por realizar. La muerte iguala a todos: a los altos cedros y a las bajas encinas, a las cumbres y a los llanos, al rico y al pobre. “La pálida

No todo lo que soy será pasto de las llamas o se esfumará como el humo en el aire. El mismo Horacio al concluir uno de sus cantos muestra su espera de la inmortalidad: “No moriré entero”. Los cristianos creemos “contra toda esperanza” que la muerte ya no es muerte, sino nacimiento a la Vida. El creyente sabe que ha nacido para vivir eternamente, que la vida no se pierde, se transforma y que la muerte no es final del camino, sino un paso a la eternidad. El cristiano cree  que resucitará y que la esperanza le mantiene vivo. Por eso no tiene miedo ni de vivir ni de morir. Nuestro Dios avala su “promesa de una futura inmortalidad”; garantiza la “esperanza de una feliz resurrección”.

Sabemos, según se afirma en la liturgia,  que “La vida no termina, se transforma”. En Cristo Señor nuestro, brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección: y así aunque la certeza del morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Vivimos en comunión con los difuntos. La Iglesia desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones.

El problema lo reconoce así el mismo Concilio Vaticano II (GS, 18) al afirmar que "frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre".  Sabedores, con el Concilio, de que la muerte es enigma y misterio, no intenten convertir a nadie con discusiones agotadoras. Pero, que sepan, eso sí, "dar razones de su esperanza a todo el que se las pidiera" (1 Pe. 3,15).             

Creemos en un resucitado vencedor. La Iglesia proclama  su fe en Cristo vencedor de la muerte: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. El Señor afirma que los muertos resucitan. Esta es la afirmación más importante y solemne. Observa: "Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven" (Lc 20, 37-38).

Jesús nos dice  que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20, 35-36).

Según san Agustín en el paraíso “descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin”. Un cristiano es un hombre fiado a su esperanza, ciudadano del cielo que allá se encamina y vive preparándose para esa estación terminal. Dios nos avala su “promesa de una futura inmortalidad” y nos  garantiza la “esperanza de una feliz resurrección”.

La pregunta importante no es qué ahcer ante la muerte, sino , qué hacer en la vida. Qué triste debe ser tener que morir sin haber vivido.