Domingo, 19 de noviembre de 2017

Cataluña

 

     Estamos viviendo desde hace unos años, en Cataluña, una grave crisis social y política que, si se resuelve mal, puede deteriorar nuestro Estado de Derecho, la prosperidad relativa de que gozamos y, lo que es más importante, la convivencia entre los ciudadanos y entre las mismas familias, no solo de Cataluña, sino de toda España. Toca rezar, informarse bien, mantener la serenidad y arrimar el hombro para, con la ayuda de Dios, hacer de esta crisis una ocasión para salir crecidos.

     Es momento de reforzar la comunión con las diócesis catalanas, cuya tierra, pueblo y familias han producido muchos santos, desde los primeros siglos hasta ahora, con una floración desgraciadamente abundante de mártires en la persecución religiosa del siglo XX. Algunos nombres: Eulalia (Laia) de Barcelona, Antonio María Claret, Pedro Claver, Enrique de Osó, Raimundo de Peñafort, Ramón Nonato (patrono de Sotoserrano) Paula Montalt de San José de Calasanz, Joaquina de Vedruna…entre otros muchos.

     Como todas las Iglesias, las diócesis catalanas han tenido, en los últimos decenios, momentos especialmente brillantes y fracasos señalados. Dignos de admirar son: la síntesis armoniosa entre Modernidad y fe cristiana obrada por el santo arquitecto Antonio Gaudí en la Sagrada Familia y en otros monumentos, Teología en piedra. Creo no equivocarme si afirmo que las diócesis catalanas fueron punteras en la aplicación del Concilio Vaticano II, sobre todo en la Liturgia, con figuras señeras, como la de D. Pere Tena.

     Una grave dificultad, compartida con el resto de diócesis españolas y europeas, es el profundísimo proceso de secularización, sufrido con especial intensidad en Cataluña, posiblemente la región más secularizada de España. En el futuro se podrá evaluar en qué medida el movimiento nacionalista, devenido separatista, haya sido causa importante de esa desafección con respecto a la Iglesia y, más doloroso aún, al Evangelio. Pero esas Iglesias capitidisminuidas y de año en año más minoritarias, acogieron recientemente en Barcelona el Congreso Internacional de Pastoral de las grandes ciudades, que puede abrir muchas puertas por las que pueda “salir” el Evangelio, como insiste el papa Francisco, a inculturarse en el corazón de las personas del siglo XXI y en las estructuras de convivencia. Y, por citar algo que a nosotros nos toca, es de destacar el esfuerzo de acompañar y devolver la dignidad a los más pobres, como contó en la última semana de Pastoral Peio Sánchez, párroco que fue de Santa Marta de Tormes.

     El momento es difícil, estamos tal vez ante el desafío más fuerte en los últimos cuarenta años al sistema democrático y al Estado de Derecho, que tiene obligación de defenderse democráticamente y conforme a Derecho para salvaguardar los valores que tanto esfuerzo y hasta sangre han costado a todos. De la serenidad de todos depende que podamos recomponer la convivencia dañada, la solidaridad que nos ha hecho crecer a todos y la prosperidad que todos estamos moralmente obligados a hacer llegar a los más pobres. No es tiempo de hurgar en heridas del pasado, ni de hacer boicot a los productos catalanes, pues haciéndolo, perjudicamos también a los catalanes no independentistas y ponemos en peligro, por ejemplo, el 90% de la producción de Guijuelo y alrededores cuyo mercado tradicional es Cataluña. Esta semana recibo la visita de algunos de mis familiares catalanes. Recemos y trabajemos para que todas las familias puedan hacer lo mismo en el futuro.

(texto que me publicaron en la revista diocesana “Comunidad”, con pequeños cambios).