Domingo, 19 de noviembre de 2017

Si bella e perduta! Los flecos del Cat-exit

     En los análisis de la esperpéntica independencia de Cataluña sigo echando en falta un factor fundamental: el móvil principal del procès no era lograr un Estado independiente sino oscurecer lo más posible el panorama para ocultar el robo masivo perpetrado por los nacionalistas catalanes desde que el clan Pujol accedió al control de la Comunidad Autónoma. Se veían amenazados por los tribunales de justicia españoles y quedarían en evidencia si salen a la luz las cuentas de ciertos paraísos fiscales. Sólo eran capaces de promover semejante proyecto secesionista un puñado de políticos fanatizados (como Junqueras y Forcadell) y la masa de borregos (inevitable aunque no mayoritaria) con Puigdemont como tonto útil a la cabeza. Nadie en su sano juicio podía esperar que de un día para otro iba a surgir un Estado nuevo... sin haber definido las fronteras, una constitución, una estructura administrativa, la bandera, la moneda, el sistema financiero, las alianzas internacionales, el ejército ni el horario oficial. Y, además, excluido de la Unión Europea y de las principales alianzas internacionales. Ante esa hipótesis enloquecida, los promotores del Cat-exit ansiaban que el Estado reaccionase de forma violenta e irracional y les diera excusas para obtener compasión extranjera o, al menos, una "mediación" a la que agarrarse como clavo ardiendo como vía de chantaje hacia una amnistía que borrase sus rapiñas. O mia patria, si bella e perduta!, canta el coro de esclavos de la ópera Nabucco. ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida!, hermosa pieza que cantarían los republicanos catalanes abducidos y esclavizados por el nacionalismo totalitario, si el idioma de Verdi estuviera incluido en la inmersión lingüística. La Historia se repite de forma pendular. Nabucco se estrenó en 1842. Ese mismo año ocurrió la llamada "Insurrección de Barcelona", sofocada mediante el bombardeo de la ciudad por orden directa de Espartero, regente y líder del Partido Progresista. Sobre Barcelona cayeron un millar de proyectiles de artillería que destruyeron o dañaron más de cuatrocientos edificios y causaron una veintena de muertos. Aquello sí fue represión, y no la respuesta constitucional de 2017, que se ha limitado a propinarles el artículo 155.

     El material con que el nacionalismo mafioso ha construido allí un país falso ha sido la mentira, la doble falacia del supremacismo y el victimismo. La máxima comunista no falla: la mentira es el arma revolucionaria más poderosa; y cuanto más grande, más profundamente cala. Les conviene que haya víctimas en su bando. No ha colado hacer pasar a los Jordis por presos políticos ni colará la excursión de Puigdemont y comparsa como refugiados a Bélgica. Les apremia inventar coartadas y maniobras para que cunda el desorden, así que conviene estar muy atentos a la próxima estrategia del caos. El peligro está en que recurran a medidas extremas de violencia con la complicidad de los grupos antisistema, entre los que descolla por su actitud antisocial el rebaño podemita.

     La opereta independentista tiene más flecos que las procesiones de la Semana Santa andaluza, más ruido que las Fallas y más carreras que los Sanfermines. En ese sentido es muy española. Una de las innumerables gracietas que corren estos días en las redes sociales se refiere al hecho de que mientras la televisión pública catalana emitía en diferido al president pronunciando una supuesta declaración institucional, el propio Puigdemont estaba de vinos... “¡Y dice que no es español!”. Sin embargo, el procès sufre variada injerencia extranjera del Este y el Oeste, comenzando por la estrella caribeña que profana la senyera y continuando por los piratas informáticos de la Madre Rusia. Volvemos al vaivén de la Historia. En la época más dura de la última posguerra, Argentina auxilió a España enviando grandes cantidades de carne de vacuno. Últimamente nos regala otra clase de ganado, sobre todo carne de cañón. Que se lo pregunten a Dante Fachín, a Pisarello o, ya puestos, a las sombras que desde Venezuela e Irán azuzan a los Echeniques de turno. A propósito, ¿que será de sor Lucía Caram, la monja argentina enamorada platónicamente de Artur Mas? Sólo se me ocurre que guarda silencio bajo la amorosa protección de Marta Ferrusola, la señora Pujol que dijo de sí misma sentirse madre superiora de la Congregación, cuando debería haber dicho de la gran Famiglia.