Domingo, 19 de noviembre de 2017

Contra avaricia, generosidad

Sostiene Ernesto que la avaricia es una enfermedad endémica de la especie humana. Brota en el mismo momento en el que las personas pasan a ser poseedoras de algún bien, cursa con desconfianza, acaparamiento, tacañería, angustia y mirada febril, y su evolución es directamente proporcional a los bienes poseídos, partiendo del principio que cuanto más tiene un individuo, más desea. No se ha descubierto tratamiento alguno que atempere los rigores de este mal, aunque sí una cura extrema, que consiste en liberar de todas las propiedades terrenales, dineros y bienes al enfermo, dejándolo en la miseria. Como efectos secundarios podemos encontrarnos con una euforia infantil, puesto que el sujeto en cuestión se arranca a dar saltos mientras grita: “¡Qué feliz soy”! ¡Qué feliz soy”! Por desgracia también se han constatado casos de personas mayores haciendo “ventanin” y “balconin” y en el resto de los supervivientes se detecta una tristeza de espíritu que no halla consuelo. Este mal es extremadamente contagioso, pues se tiene constancia de su existencia en el Neolítico y ha llegado hasta nosotros con una fortaleza asombrosa. Los historiadores no se ponen de acuerdo si fueron Caín y Abel, o los caldeos, o los sumerios los primeros en constatar la enfermedad, pero en lo que si coinciden es en señalar que para evitar gobiernos despóticos, tiránicos u oligárquicos los sabios han decidido que la solución es hacer partícipe a todos los individuos de alguna propiedad material, porque el miedo a perderla por un lado, y el ansia por conseguir más, frenarán cualquier pretensión revolucionaria. Apesadumbrado, defiende Ernesto que el futuro será suyo porque con el paso del tiempo la codicia ha conseguido enquistarse en la cadena genética de los hombres, por lo que es universal y se puede encontrar en cualquier lugar del planeta. Bien es cierto que también se conocen algunas mutaciones de la cepa original, apareciendo en personas que no persiguen acaparar bienes terrenales, sino espirituales, provocando con su ejemplo un rosario de casos en los que los individuos buscan hacerse con bienes inmateriales, entregando su vida a seguir el ejemplo de quiénes ellos consideran sus maestros, mas con el paso de varias generaciones sus seguidores unen el interés material al espiritual y pasan a participar de la enfermedad Universal. Enfermedad que no aparecen en los que nada tienen, de ahí la sentencia castellana “se reparte como el pan de los pobres”.