Domingo, 22 de abril de 2018
Ciudad Rodrigo al día

Nombres y símbolos de exaltación (5): Entorno inmediato de Ciudad Rodrigo

A falta del mausoleo para los restos mortales de Franco, existe un rosario de carteles portadores del topónimo complejo

Como cabecera antaño de la represión, Ciudad Rodrigo es también la localidad donde hasta hoy son más visibles las exhibiciones del franquismo. En su propio entorno inmediato aflora el sustrato del nacional-catolicismo en el más representativo de aquellos lugares conocidos como “pueblos de colonización”: Águeda del Caudillo. A falta del mausoleo para los restos mortales de Franco y del museo de reliquias ilegales de símbolos franquistas, con los que soñaba el alcalde pedáneo hace unos meses (“Secuelas, 18/05/17), existe un rosario de carteles portadores del topónimo complejo, constituido por un elemento hidronímico (Águeda) y el epónimo del presunto fundador y benefactor (el Caudillo), aunque lo único que él hizo fue inaugurar el poblado. Hasta nueve se cuentan entre la carretera N-620 y la entrada y salida del pueblo, sin contar los dos indicadores en el arcén de aquélla que no llevan la citada coletilla. Algunas veces, para asegurar la indicación, los carteles están situados uno en frente del  otro a lo largo de un recorrido que debe de rondar los 4 kilómetros.  Como  el sobrenombre se repite por partida doble en una placa que fija por escrito el mito fundador (infra), la letanía onomástica no puede ser más chillona: más de dos veces por kilómetro. De momento, la autoridad municipal de Ciudad Rodrigo, o la que debiera tomar cartas en el asunto, no parece tener prisa por exigir al pedáneo que, si tanto le gusta, se lleve a su casa dicho adorno onomástico, a cuya rancia connotación ya nos referimos el año pasado (“Croniquillas”, 01/10/16).

Cuando en mayo aludimos a las manías de grandeza del alcalde aguedense y al consenso con que, según él mismo, contaba (y al parecer no era tal), avanzamos la posibilidad de que ello fuera debido a que entre el escaso vecindario hubiera algún “estómago agradecido”. Según referencias, algunos lectores consideraron inadecuada e incluso ofensiva esta conjetura. Debieron de leer mal, porque precisamente lo que se decía es que, aparte de las espléndidas panzadas de hambre en los años de la posguerra, Franco nunca regalaba nada, sino todo lo contrario. Él, su esposa y sus descendientes siempre se han mostrado muy dispuestos a recibir suntuosas ofrendas, sin reparar demasiado en los eventuales tortuosos caminos seguidos en la transmisión y la recepción (ahora se habla bastante del Pazo de Meirás, cuya gestión lleva la Fundación Francisco Franco y cuya concesión de señorío familiar remonta a los primeros pasos como rey de Juan Carlos I, porque, entendería, “de bien nacidos es ser agradecidos”). Los asentamientos de los años cincuenta no eran gratuitos, sino que con parte de sus productos los colonos satisfacían la deuda contraída por las tierras, los animales de labor y las casas, que finalmente terminarían por adquirir. Como la misma literatura jurídica franquista reconocía, la fórmula venía a ser un remedo (tardío e ineficaz) de uno de los planes republicanos del Instituto de Reforma Agraria, ligado a la construcción del pantano del Águeda (terminado en 1931). A juicio de Luis Castro, podía haber sido modélico y resultó un fracaso en su aplicación, debido a fallos técnicos, falta de créditos o de colaboración de los propietarios para implantar los regadíos en sus tierras. Aquel plan afectaba a 93 personas, entre ellas los dueños de una quincena de grandes fincas en 1932, incluidas Conejera y Dehesa del Águeda por la margen izquierda del Río (Castro (2010:43).

Según Á. Cabo Alonso, antes de que interviniera el Instituto Nacional de Colonización ya se regaban 230 Ha en cinco huertas (entre ellas Pedrotello y Las Viñas) en la margen izquierda, aunque solamente se reconoce la tutela de la institución franquista en el topónimo oficial de uno de los dos paneles de entrada en la localidad de Águeda, donde el nombre ilegal lleva  encima las iniciales coronadas INC.

La ampliación del plan, hasta 374 Ha, se llevó a cabo por compra de dos fincas y expropiación de otras dos, a raíz de la Ley de Expropiaciones por Causa de Interés Social (27 de abril de 1946). Posteriormente, en 1949, se declaró de interés la zona y, en 1952,  se redactaron el plan de colonización y el proyecto de parcelación. Entones se allanaron los terrenos y, además de las acequias y caminos, se construyeron Águeda del Caudillo y el Arrabal de San Sebastián,  incorporando y adaptando al plan la finca de Conejera y el Arrabal del Puente. De acuerdo con la misma Ley, por la otra margen, el INC adquirió Sanjuanejo, con otras fincas aledañas de La Caridad, y aguas abajo Ivanrey. Hacia 1960, el total de tierras de regadío era de 1.627 Ha. Refiriéndose a las condiciones de instalación y explotación del último pueblo, colonizado principalmente por payengos, se pronuncia dicho autor en estos términos:

“[A los colonos] se les concedió vivienda de tres habitaciones, cocina, comedor, pajar, comedero para el ganado y cobertizo para el carro. Ellos mismos tuvieron que limpiar de cantos la terraza fluvial y allanarla. A cada asentado se le adjudicó una pareja de vacas, con la obligación de entregar al Instituto la primera ternera; o si la cría era macho, la cuarta parte del beneficio que proporcionara la venta. Les facilitaron paja, semilla y abono para dos años. También, por cada pareja de asentados, un carro, cultivador, grada, arados, coyundas y demás útiles; y el uso dos días por semana de una compuerta, abonando ellos el consumo de agua a la Confederación Hidrográfica. En el regadío cultivaron maíz, alfalfa, patatas o judías, a cosecha por año; en el secano, rotaron el trigo con garbanzos u otras leguminosas en ciclos bianuales” (Á. Cabo Alonso, “Tiempos de escasez: economía y población en la posguerra”, en Historia de Salamanca, Centro de Estudios Salmantinos, V: 412).

Para los 200 colonos que, más o menos, dejaran el paro crónico y la pertinaz hambruna en sus pueblos de origen, esta colonización tendría el regustillo del maná bíblico. Sin embargo, las  novedades que aportaba, comparadas con las  propuestas de la reforma agraria republicana, eran bastante limitadas. Tampoco se caracterizó por su celeridad. La mayor parte de los beneficiarios, incluidos algunos aspirantes de los asentamientos en 1936, tuvieron que aguantar una cruel travesía, diez años hasta la Ley Expropiaciones de 1946, y  eventualmente otros cinco o diez años hasta la instalación en las parcelas. Al filo de los años sesenta, el utillaje estaba a punto de quedarse obsoleto, con la llegada de la maquinaria agrícola, y, dando por hecho el menor riesgo que suponía adaptarse a la Huerta, la rentabilidad de las parcelas no mejoraba las perspectivas económicas que ofrecía la emigración al extranjero, o en todo caso no la evitaría.

En los poblados de Ivanrey, Sanjuanejo y otros todavía de menor entidad las manifestaciones nacional-católicas han sido menos chillonas, hecha abstracción de las ordinarias referencias a santos y advocaciones marianas en el callejero, muy propias también de aquellos tiempos de celebraciones grandiosas, como la Coronación de la Virgen de la Peña de Francia (Salamanca, 1952), que fue promovida mediante un recorrido de su imagen por los pueblos aledaños (1948), y el XXXV Congreso Eucarístico Internacional (Barcelona, 1952), que repercutió en la diócesis de Ciudad Rodrigo en la mejora de la formación catequística (por ejemplo, en mayo de 1954 se celebró un certamen en Fuenteguinaldo). Quizá algunos vecinos de dichos agregados huertanos estén igualmente agradecidos al “Colonizador”, o más propiamente “Inaugurador” (de pantanos y otras poco novedosas obras públicas, programadas y a veces iniciadas en tiempos del rey Alfonso XIII), pero no han dejado grabado en piedra su reconocimiento, como sucede en Águeda. Aquí existe una placa en cuya parte superior hay un escudo abreviado franquista, por supuesto preconstitucional (con águila nimbada, pasmada o de S. Juan, cartela “una grande  libre” a la altura de su cuello, yugo y flechas en la parte inferior), con esta dedicatoria en letras mayúsculas:

“Franco

Caudillo de España

al visitar el día 9 de mayo de 1954 las zonas de

riego del Águeda inauguró este pueblo que como modesta

ofrenda al jefe del Estado lleva el nombre de

Águeda del Caudillo

en prueba de gratitud por sus constantes afanes colonizadores”.

Los numerosos forasteros que asistieron a la inauguración,  sobre todo afiliados a Falange de pueblos cercanos y futuros beneficiarios de otras colonizaciones (también hay constancia de “desafectos” que se hicieron los remolones), llegaron en autobús por la estrecha carretera actual. El Pequeño Gran Hombre llegó de Ciudad Rodrigo, sin rodeos, en una intrépida travesía del Río, sobre un puente instalado exprofeso para aquella ocasión, construcción tan efímera que no queda rastro alguno de ella, a no ser en la agradecida memoria de algunos colonos y sus herederos. Si no se cayó entonces quizá sería milagroso efecto de la exigüidad de Franco, como presagio y profecía de la mesiánica inundación turística que en sus sueños ha entrevisto el alcalde pedáneo, según el cual emularía a las peregrinaciones de Lourdes y Fátima. Este tipo de milagrosos trampantojos es posible en un contexto de acendrada devoción franquista, como entre algunos vecinos de Águeda, donde ha sido tal, que no habiendo tenido la suerte (o sea la desgracia, desde su aberrante perspectiva) de contar entre sus naturales a “caídos por Dios y por España” (por no haber nacido a tiempo), le dan este sobrenombre de “cruz de los caídos” a la que se yergue a la entrada  de la iglesia dedicada a S. Isidro.

Estos malabarismos con las leyes entretienen en los medios de comunicación, no todos exentos de complacencia con comportamientos delictivos de elegidos locales. Pero la tolerancia con exhibición de símbolos nacional-católicos, ilegales, encaja mal con la exigencia de respeto a la legalidad constitucional que actualmente las autoridades del Estado reclaman a los nacionalismos periféricos.