Domingo, 19 de noviembre de 2017

En el metro

En un trayecto de una docena de estaciones da tiempo para muchas cosas. La cabeza pueda dar vueltas a obsesiones recurrentes: la hipoteca cuyo débito mensual angustia con, más aun, los 18 años que quedan todavía por delante; las contrariedades del hijo adolescente y su compleja adaptación a la pandilla; lograr que los padres octogenarios, que se resisten a meter a alguien extraño  en casa para que les echen una mano, lo acepten; conseguir un curro complementario que palie la precariedad de la actual situación laboral; intentar sortear el último fracaso sentimental evitando buscar falsas culpabilidades; las disputas con tu ex por los caprichos que cree permites a los hijos; el compromiso de terminar un trabajo para el que apenas queda tiempo, cuando no hay un problema de (in)competencia. Son viejos asuntos que apenas si se proyectan en los rostros de la gente ensimismada cuyas caras sí se reflejan en los cristales de las ventanillas cuando se está dentro de un túnel. Uno solo observa a los demás.

Salvo una insólita joven con un libro en sus manos que lee con avidez y envidiable concentración, el resto está atento a sus móviles: juega, chatea, ve fotos, escucha música, lee. Solo una pareja de emigrantes desinhibidos habla. No hay nadie que cante, ni que toque algún instrumento, ni que pida una limosna, o, como ahora se dice, una ayuda. Se trata de un espacio universal, cotidiano, rutinario, a veces alienante, con gente que entra y sale, pues, como dice Cortázar, “viajar en el metro es como estar metido en un reloj” con estaciones separadas por lapsos de dos minutos, que pudiera ser de ficción, pero ahora no lo es. Sé que es posible hilvanar un relato imitando al gran cronopio, al que lo fascinaba el subte, y que en sus travesuras la cognición pudiera plantear otras interpretaciones sobre lo que veo, pero esto es real.

Como lo es la chica con boina sentada al lado de la barra a la que me agarro. Cuando entré en el vagón ya estaba allí. Mantenía un cuaderno abierto en su regazo. Las hojas estaban en blanco, como el mío hace un rato. Con un rotulador fino comenzó a dibujar con trazos firmes y precisos en negro. Pronto había configurado un semblante femenino, después el cuerpo, las extremidades en pose sentada, con las piernas cruzadas. Enseguida otros rostros en diferente perspectiva y tamaño menor enmarcaban al dibujo inicial. El sombreado posterior añadía matices y generaba un diálogo entre las figuras sencillas que hacía volar la imaginación en torno al argumento del mismo. Posiblemente habían transcurrido diez estaciones. Nadie parecía atender al momento de creación que ocurría allí. Las hipotecas, los hijos, el trabajo, los padres, los móviles, los amantes, tenían secuestrado al pasaje. Cuando llegó su estación ella cerró el cuaderno y antes de levantarse descubrió mi curiosidad con un fulgor en sus ojos que me aturdió. Quise darle las gracias, pero no salió ninguna palabra de mi boca. Entonces la sonreí.