Lunes, 23 de octubre de 2017

Un parto en los montes

El esperado discurso de Puigdemont, haciendo gala de su apellido, ha desembocado en el parto de los montes. De aquí se deduce que quienes denunciábamos su escasa estatura política no estábamos muy equivocados. Han confluido una serie de circunstancias que, entre todas, obligan al President a cambiarse de pañal.

El primer condicionante, que no es baladí, se llama miedo. Sí, miedo porque, a pesar de la inacción del Gobierno, en esta ocasión nadie le iba a librar de trasladar su sede social a Soto del Real. Aspecto del que todavía no se ha librado, ni él ni sus colaboradores más directos. Además, porque los que ahora le aplauden iban a tardar poco en culparle, primero, y olvidarle después; y supongo que en esta decisión también habrá pesado su intranquilidad porque, para sus adentros –aunque presuman de lo contrario—han comenzado a ver unos grandes nubarrones que estaban oscureciendo aquel porvenir tan idílico que habían dibujado para Cataluña. Por si no son suficientes estas razones, la actual situación económica de Artur Mas, al que le reclama Montoro más de cinco millones de euros, hace pisar el freno a cualquiera, y mucho más a un catalán.

El segundo motivo convincente para reconsiderar el paso que iba a dar Puigdemont es la desbandada de bancos y empresas. Esta vez no se fían de la Generalidad, ni los que piden la independencia. Por más esfuerzos que ha hecho Junqueras restando importancia a las primeras deserciones, ha sido de tal calibre la descapitalización de Cataluña que los simples depositarios de ahorros han corrido a colocarlos a salvo en entidades bancarias próximas a Cataluña, pero fuera de ella. Una cosa es la política y otra cosa es la pela.

Supongo que, a pesar del monopolio propagandístico de los medios de comunicación de la Generalidad, los catalanes ven y leen los extranjeros, donde han podido comprobar que, en contra de lo que se oye en Cataluña, no cuentan con el apoyo de personas influyentes,  la Unión Europea, ni aquellas naciones en las que se vive bajo el paraguas de la verdadera democracia. Comienzan a darse cuenta de que están a punto de cometer una barbaridad y saben que en España no atamos los galgos con longanizas pero vivimos mucho mejor que hace 40 años. Todos los que quieren venderles la burra del progreso y la libertad, suspiran por instalar aquí un régimen que nos iguale, no a Dinamarca, sino a Cuba, Venezuela, Bolivia, Corea del Norte y todos esos países en los que reina el hambre, la desigualdad, la falta de libertades y el poder de la tiranía. Los únicos anticapitalistas que yo conozco están dando el callo en las misiones, en conventos de clausura y en algunos hospitales. Los demás, sólo lo son de nombre.

Pero, ¡cuidado! , por lo que hemos visto esta noche, la CUP no ha dicho su última palabra. Si, a pesar de su escasa entidad, han sido capaces de manejar a su antojo el Gobierno de la Generalidad, y todas sus instituciones, una vez saboreado el poder, buscarán el apoyo del resorte que no les concede la democracia: la calle.

El fenómeno de adueñarse de la calle haciendo uso de la violencia ha merecido el estudio por parte de sociólogos y psicólogos. Salvo excepciones de enfrentamientos con las fuerzas del orden rayando en el salvajismo, los “manipuladores” de estas masas, han llegado a la conclusión que las protestas deben comenzar siendo pacíficas, aunque empleando provocaciones e insultos, hasta llegar a un estado de cosas tal que sean esas fuerzas del orden las que deban recurrir a la fuerza para evitar que se infrinja la ley. Con el antecedente de los sucesos del 1-O, todo hace suponer que la CUP va a exigir  que se proclame la DUI en el parlamento o en la calle. Lo único que necesita es una masa de ciudadanos o suficientemente numerosa como para hacer preciso el empleo de grandes medios en FCSE. Y aquí viene el peligro. Si se mantiene la idea de que el referéndum del 1-O fue legal –que ya es suponer--, que de ahí no ceden ni un milímetro y que tienen potestad para proclamar esa DUI,  el Estado, y el Gobierno que le representa, ¿tienen que decir que sí? El resto de catalanes que no quieren independencia ¿deben permanecer callados? La Constitución del 78, aprobada por el 90 % de los votantes catalanes, ¿ya no es de aplicación en Cataluña?

El callejón sin salida en el que se ha metido Puigdemon, sólo tiene dos escapatorias: una, que recobre el sentido común, abandone la independencia unilateral, y admita un diálogo sereno, racional y sensato, para buscar una salida pactada que satisfaga a todas las partes. La situación española en 1975 presentaba mayores dificultades y la buena voluntad hizo posible el consenso. ¿Por qué ahora no? El segundo portón de salida se llama elecciones, autonómicas o generales, y que los ciudadanos pongan a los políticos en su sitio.

Cualquier solución que se intente fuera de la legalidad traerá consigo más enfrentamiento entre españoles, menor progreso y echar por tierra los logros conseguidos entre todos. En contra del parecer de una minoría, Cataluña necesita de España y España de Cataluña.