Lunes, 11 de diciembre de 2017

Un nuevo comienzo.

El Vaticano II era realmente la primera reunión del episcopado universal en plenitud. No era simplemente un gremio consultivo del papa, sino que, con el papa y bajo el papa, constituía la más alta instancia docente y  decisoria de la Iglesia. Se daba realmente un concilio universal con un episcopado universal, cuya existencia y función propias no se habían antes verificado así

 

K. RAHNER

 

La dimensión pastoral no es deducir  las implicaciones prácticas de las verdades cristianas; tampoco es abandonar la reflexión teológica. El “sentido pastoral” es hacer teología de otro modo y, consiguientemente, entender la función eclesial también de otro modo.

 

 

M.-D. CHENU

El 11 de octubre del año 1962 (hoy hace 55 años), el papa Juan XIII, sin ser consciente de su transcendencia, inauguraba el Concilio Vaticano II. Se ha repetido muchas veces, pero es bueno volver a decirlo, el Concilio fue un don de Dios a la Iglesia y al mundo, un “nuevo Pentecostés”, así lo calificó el papa Juan XXIII ese 11 de octubre. En muchos aspectos, ha sido que ha sido la brújula que ha orientado a la Iglesia en estos 55 años para abordar un diálogo con la cultura y la sociedad. Pocos días antes de morir, Juan XXIII comentaba, “No es que haya cambiado el Evangelio. Somos nosotros los que hemos comenzado a comprenderlo mejor”. Desde esta realidad, una importante minoría de los asistentes al Concilio, se plantean abrir las puertas y ventanas de la Iglesia a la modernidad, mediante un profundo examen crítico y por otro lado, se pretendía una nueva forma de presentar el Evangelio a un mundo que había cambiado profundamente.

El anuncio y convocatoria se produce tres años antes,  para sorpresa de los cardenales asistentes a la semana de oración para la unidad de los cristianos, el 25 de enero de 1959, Juan XIII anuncia por sorpresa su decisión de convocar un Concilio ecuménico. Parece que los asistentes no salieron de su asombro y el desconcierto, y casi ocultando el evento, pasó desapercibido no solo para la prensa internacional, sino para el propio L’Osservatore romano, que escondía la noticia en un minúsculo recuadro. Parece como si el pánico se hubiera apoderado del colegio cardenalicio y la curia cercana del Pontífice, como si el bueno de Roncalli hubiera perdido el sentido de la realidad. Un Concilio que nadie esperaba, y que ha quedado en el misterio qué impulso a Juan XXIII a convocarlo, se convirtió en el acontecimiento religioso más transcendente del siglo XX y el fin de una etapa y el comienzo de otra de la Iglesia Católica.

Analizado y estudiado el Concilio en profundidad, hoy se piensa que no fueron unos instantes de locura, sino que esa idea fue madurando en Roncalli muchos años atrás. Siendo cardenal, tenía la profunda convicción de la necesidad que la Iglesia tenía de adaptarse a los nuevos tiempos, abrir nuevos caminos, crear y recrear nuevas perspectivas de la presencia de su presencia en el mundo. En ese salto necesario y casi brutal, no estaba solo, muchas voces se habían posicionado en la necesidad de abrir puertas y ventanas para airear tantos años de alumbrarse solo con la luz revelación y la tradición, buscando nuevas luces en los hechos y los problemas del mundo y la historia para llegar a Dios. El dominico Congar, uno de los teólogos claves del Concilio, quería leer los signos de los tiempos con una mano en la Biblia y otra en el periódico del día.

La recepción del Concilio no fue la misma en toda la Iglesia, la curia Romana muy apegada al poder la recibió con mucho temor, tomando posturas muy conservadoras en el mismo. Pero muchos obispos, sobre todo de Centroeuropa, ya estaban trabajando desde hacía tiempo en movimientos de renovación bíblica y litúrgica, con jóvenes, obreros y cristianos de base, recibirán el Concilio con esperanza y alegría. Esta aparente minoría en la Iglesia llevará la voz cantante en muchos momento y sintonizó muy bien con Juan XXIII, menos con Pablo VI, enfriando ese entusiasmo inicial de los grupos más abiertos y reformadores. A pesar de todo, las propuestas iniciales de Juan XXIII se centraron en temas doctrinales y ecuménicos, como la apertura al mundo moderno y la unidad de los cristianos, quedando relegado el importante tema de la llamada Iglesia de los pobres. Habrá que esperar a las asambleas episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979), así como a las Congregaciones Generales de los jesuitas en 1974 y 1983.

A pesar de todo, el Concilio dio mucho fruto. En primer lugar, aunque no fue lo más importante, se produce una reforma de la liturgia, más cercana al pueblo, abandonando el latín y utilizando las lenguas propias de cada país. Esto permitió una mayor participación en la Eucaristía, centro de la fe y la vida cristiana, realizándose la comunión en la misma ceremonia, desplazando la adoración del Santísimo que parecía más importante que la propia comunión. Se cuidó y se acercó a los creyentes la Palabra de Dios, creando leccionarios para entender la misma y hacer presente en ella al propio Dios.

El Concilio supone un retorno a las fuentes del cristianismo, el Evangelio, rompiendo con una teología escolar, y centrándose en una renovación bíblica y patrística. Sin renunciar a la tradición, se pone el acento en Jesús y en su camino abierto, como la fuente más importante de la vida cristiana. Se produce una nueva manera de hacer teología, pasando de ser la “ciencia del dogma” a la “ciencia de la fe”, poniendo el acento en la relación con la filosofía, la centralidad del misterio de Cristo y la finalidad en la economía de la salvación.

La Iglesia quería ser cercana al pueblo y ser una Iglesia de todos, quiere ser “Pueblo de Dios”, donde forman parte de ella, laicos, presbíteros y obispos, compartiendo el mismo sacerdocio en Cristo, por el bautismo; aunque algunos puedan ejercer un ministerio específico. La Iglesia había sido jerárquica, ahora deja bien claro:  «El pueblo de Dios por él elegido es uno: un Señor, una fe, un bautismo; es común la dignidad de los miembros que deriva de su regeneración en Cristo, común la gracia de filiación, común la llamada a la perfección; una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad; no hay por consiguiente en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo» (LG, 32). Esto no significó que el Concilio quisiese abolir la función de la jerarquía como guía del pueblo cristiano. Pero el tono pasa a ser claramente distinto del que se utilizaba hasta entonces.

Aparece una Iglesia dialogante con el mundo, con otras confesiones y con los que no creen. Reconocerá verdades en otras religiones, del mundo, incluso de los ateos y agnósticos, pudiendo encontrar en las mismas, caminos de salvación. “Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en una forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (DV, 22). El Concilio ha supuesto una importante apertura y cercanía a una unidad cada vez más próxima de los cristianos, así como con otras religiones como judíos y musulmanes.

La Iglesia ha querido situarse de una nueva manera, con una actitud de solidaridad y diálogo con la sociedad y, con una nueva conciencia del rol que deberá desempeñar en el mundo. La Iglesia comienza a ser consciente que el mundo no debía guiarse por los criterios que dictase la Iglesia, sino entrar en diálogo con la humanidad y aportar ahí todo lo que crea que debe aportar. A pesar de la insistencia de diálogo, persiste un cierto dualismo, ya que las sociedades modernas y nihilistas que surgen en oposición a todo lo religioso. A pesar de todo, el mundo se ha convertido en un lugar teológico para reflexionar sobre la Iglesia.

Por último, ha querido subrayar una la Iglesia de los pobres. Aunque, como hemos comentado, este elemento se ha desarrollado después del Concilio, teniendo una acogida muy limitada en el primer mundo que vive en la opulencia, y una mayor proyección Iglesia de América Latina. Juan XXXIII, al presentar el acontecimiento al mundo, en septiembre del año 62, justo un mes antes de la inauguración del Concilio, afirmó: “Ante los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es y quiere ser, como la Iglesia de todos, y particularmente la Iglesia de los pobres”. Ha sido realidad que ha tenido poca fuerza en los últimos años, pero ha vuelto a resonar con fuerza en la Iglesia del papa Francisco quien, con sus gestos genuinos y con la propia elección de su nombre, ha puesto en evidencia la urgencia eclesial del tema que tenemos entre manos. Ante los desafíos que plantea el tercer y cuarto mundo, la llegada de inmigrantes y refugiados, la “Iglesia de los pobres”, emerge como un elemento prioritario.