Domingo, 22 de octubre de 2017

El conflicto de Cataluña

Ramblas de Barcelona

Cuando se visita Barcelona o cualquiera de las cuatro provincias que forman la comunidad catalana, incluso en los días previos al uno de octubre, solo se encuentran personas normales, hombres y mujeres que al igual que en Sevilla, en Bilbao o en Pontevedra te hablan en castellano, te indican una calle, te saludan y te atienden con absoluta naturalidad en hoteles, comercios y cafeterías. Otra cosa bien distinta es cuando alguien tiene que acudir a centros públicos.

     En los colegios los niños que llegan de otras comunidades tienen que recibir las clases en catalán porque sus profesores “no están obligados a hablar castellano”; en los consultorios médicos, pese a que el derecho a la sanidad es nacional, se les obliga para cambiar a estar empadronados y se les solicitan documentos que no se piden en el resto de las comunidades, y a la hora de enfrentarse a un examen todo son complicaciones si no lo hacen en catalán.

     De esto se desprende que el problema con el resto del país no es de los ciudadanos, que es, como en tantos otros conflictos de esta índole, de los gobernantes, de los unos y de los otros. Ellos son los que hacen un problema donde no lo hay, los que emponzoñan las instituciones, los que enfrentan a unos ciudadanos con otros, los que manipulan a los jóvenes, los que se sirven de los niños, los que utilizan a los mayores, los que fomentan el desprecio, los que mueven al odio,  los que agitan los sentimientos para moverlos al grito, al insulto y a la violencia. ¿Qué pretenden con este despropósito? ¿De qué quieren huir? ¿Qué tienen que ocultar?  ¿Por qué no convocan un referéndum para que los ciudadanos expresen en las urnas si quieren que se lleven sus dineros y el de todos los españoles al extranjero? ¿Dónde está ese nivel de madurez que se suponía los diferenciaba del resto de los españoles?... La historia tiene la respuesta: los ciudadanos son los juguetes con los que los gobernantes juegan a destruir pueblos que solo quieren lo que merecen: vivir en paz. Lo que cuesta entender es que a estas alturas y en estas circunstancias queden ciudadanos que no se hayan enterado y sigan permitiendo que jueguen con ellos.

     Esto no es estar en contra de que parte de los ciudadanos catalanes estén a favor de la independencia. Cada individuo es muy dueño de tener y defender sus ideas, su credo y sus ideales, pero cuando alguien los defiende con la violencia física, verbal o con un simple gesto de desprecio, pierde todas las razones. ¿Acaso creen estos ciudadanos que el resto de los españoles estamos de acuerdo con todos los puntos de la Constitución, con el gobierno que sale elegido en las urnas y con la mayoría de políticas sociales? Pues no, claro que no, pero las sociedades avanzadas, cultas y civilizadas, cambian las cosas luchando para que la razón se imponga a la fuerza y no la fuerza a la razón.

     Aunque ya parece imposible que este lamentable conflicto se resuelva sin dejar secuelas, esperamos, por el bien de todos, que el sentido común de los ciudadanos acabe supliendo al de los gobernantes, porque el resultado de estas contiendas siempre es el mismo: ellos se van de rositas y los ciudadanos, sin excluir a los que les apoyaron, pagan las consecuencias, y a veces a un precio muy alto.