Domingo, 22 de octubre de 2017

¿Independencia o revolución?

Anna Gabriel, de la CUP

No toda la amalgama de políticos soberanistas quiere tan sólo la independencia de Cataluña. Anna Gabriel, Eulàlia Reguant, David Fernández,… y demás miembros de la CUP (Candidatura de Unidad Popular) pretenden simultáneamente la revolución social y política. En otras palabras, poner patas arriba todos los valores del sistema democrático occidental, o sea, burgués, según ellos.

Por eso, no les perturba la marcha de los bancos del Principado. Aspiran a una banca pública, como también al control de los medios de comunicación y a otras empresas consideradas estratégicas, desde las infraestructuras hasta las grandes firmas multinacionales. Para ellos, la huida, como la califican, de esas compañías, se lo pone a huevo: educación controlada, comunicación dirigida, empresas al servicio de los intereses “populares”. Verde y con asas.

No importa que eso lleve al empobrecimiento colectivo de los catalanes, porque lo importante, para ellos, es la revolución, es decir, la subversión de valores y el cambio de manos del poder político y económico.

Eso no es algo nuevo. Sucedió ya en septiembre de 1936, cuando los anarquistas Porqueras, Jorge Juan y Antonio García entraron en el Gobierno de la Generalitat. A partir de entonces, el poder del presidente Lluís Companys comenzó a menguar ante las milicias de la CNT-FAI, los arreglos violentos de cuentas entre el POUM y el PSUC y demás poderes autónomos y antagónicos de la calle.

Por eso, la CUP quiere ya, sí o sí, la independencia de Cataluña, que sólo es un medio para un fin mucho más importante para ellos. Lo paradójico es que les secunde en ese alucinado proyecto gran parte de una burguesía nacionalista que sería expoliada y marginada por los anticapitalistas de la CUP en una Cataluña debilitada, empobrecida y solitaria, caso de declararse unilateralmente la independencia.

Ésa, y no otra, es la desatinada alternativa ante la que se han situado los prudentes nacionalistas de antaño. Lo malo es que, cuando algunos quieran darse cuenta de ello, los pobres ya no estarán en condiciones de poder reconocerlo.