Viernes, 15 de diciembre de 2017

Por el don de las madres

Lienzo de Klimt

En ocasiones –como hoy nos ocurre a nosotros–, el escritor de artículos ha de adoptar, a la hora de ponerse manos a la página, la melodía de la gratitud y dar, de un modo profundo, al tiempo que silencioso, gracias a la vida, como ya hiciera la extraordinaria cantante chilena Violeta Parra, en su memorable canción.

            Y esta melodía de la gratitud tiene un motivo muy concreto: por el don de las madres, por el don de la madre de cada uno; nosotros, hoy, por el don de nuestra madre, que, en esta fecha, cumple noventa años y su dilatado existir, tan entregado y tan lúcido, lo percibimos como uno de los más hermosos dones que nos ha dado la vida.

            La madre, al tiempo que un ser físico y psíquico, es un arquetipo universal. Todos los seres humanos (mejor dicho, casi todos) somos portadores de la experiencia filial, tenemos atesoradas en nuestra memoria más cordial y afectiva, múltiples vivencias de nuestras madres.

            El arquetipo de la madre, como universal humano, lleva adheridas múltiples connotaciones, esenciales para la configuración de la psique de todo ser humano. Así, advertimos en él connotaciones de protección, de cuidado, de ayuda, de generosidad, de entrega…, valores todos ellos que, ya desde que nacemos, vamos asimilando a través de esa ejemplaridad que la figura de la madre desprende.

            La literatura, el arte, el cine, todas las creaciones humanas –a partir de la vivencia y experiencia de cada creador– plasman la figura de la madre de múltiples modos. ¿Cómo enumerar aquí, en estas líneas, siquiera sea algunos ejemplos de la plasmación literaria, artística y cinematográfica de la figura de la madre?

            Acude, así, de pronto, a nuestra memoria, una obra del dramaturgo y escritor alemán Bertold Brecht, titulada ‘Madre coraje’; también esa novela de Máximo Gorki, titulada escuetamente ‘La madre’. Pero asimismo nos asalta el sobrecogedor himno cristiano del ‘Stabat mater’. Cuánta producción humana en torno a la figura de la madre. La belleza –utilizando el medio expresivo que sea– se pone al servicio de la plasmación, de la profundización en ese arquetipo humano de la madre.

            La figura de la madre es uno de los dones humanos más universales para todos los miembros de nuestra especie. La abnegación y la entrega, el amor ilimitado a los hijos, el cuidado de ellos, la protección de los mismos a lo largo de sus vidas, en la medida en que es posible… y tantos y tantos valores y virtudes, vinculados con la presencia de la madre, son otros tantos dones de los que, afortunadamente, a lo largo de nuestra vida, hemos tenido experiencias gozosas, que atesoramos en nuestra memoria más cordial.

            ¿Y qué más podemos pedir? Nuestra madre cumple hoy noventa años. Una vida dilatada, marcada siempre por la entrega y por la abnegación, por una generosidad sin límites. Por ello, queremos adoptar en nuestra escritura de este día esa melodía de la gratitud, expresada en sílabas humildes, por ese don que el destino nos ha dado, por ese inmenso regalo, que posiblemente no hayamos merecido, pero que nos acompaña y que nos sigue acompañando.

            Gracias, inmensas gracias, infinitas gracias, por el don de la vida de nuestra madre.