Domingo, 17 de diciembre de 2017

Diecisiete más uno…

Cazadores de bbuena voluntad

Siempre lo hemos dicho pero lo han dicho también otros que sintieron la caza y que sabían más de ella que uno, por ello: “La CAZA, con mayúsculas, es mucho más de lo que puede concebir la respetable pero angosta acepción de quienes se limitan a buscar entre el matorral o a caballo de las cumbres piezas para satisfacer su honrilla o su apetito”

José Mari, decidió aquella tarde ir de tórtolas, pues le habían dicho que en la charca de Palacios del Arzobispo, cerca de “la charca” había un “paso”, y aunque era de poca cuantía a él le apetecía ir un rato con tranquilidad, tirar unos tiros y aquí paz y después gloria.

Además quería llevar con él a “Chele” (José Luis) un chavalito de 14 años de edad, con una pasión por la caza grande y que llevaba toda la semana atosigándole con ese ir a tirar las tórtolas a la charca. Así que decidido, irían con sosiego, e intentarían gastar unos cartuchos.

Serían las 7 de la tarde cuando salieron de casa camino del apostadero y una vez llegados al lugar José Mari montó la escopeta, sacó los taburetes y con parsimonia decidió esperar a que las tórtolas se dignaran a aparecer, deseoso de quedar bien delante de “Chele” que sería un juez duro en la valoración de los resultados cinegéticos. Corta espera,  pues llevarían cinco minutos y la primera tórtola, rápida, desconfiada y zigzagueante  se dejo ver: ¡pám, pám…  y vaya hubo suerte, cayó abatida no lejos del puesto, luego entraron otras, pero algunas se fueron ni si quiera tocadas, a las ocho y media se habían cazado cinco…

Llegó después ese compás de espera, donde los ojos escuecen de tanto mirar en vano escudriñando el horizonte en espera de la pieza que tarda en venir y donde la mosca solitaria y zumbona o el mosquito contumaz y voraz te atosigan inmisericordes. Serían  las nueve y diez cuando ya convencidos de que las tórtolas ya no aparecerían, sintieron sobresaltados como las jaras de las cercanías del puesto se movían y de repente… ¡con el jefe de la manada al frente, uno tras otro… diecisiete jabalíes!, caminaban parsimoniosos hacia la charca donde todos los anocheceres bebían y mojaban sus cuerpos para quitarse los parásitos que tanto les martirizaban.

José María y “Chele” parecían la estatua aquella de sal bíblica, sólo sus ojos se movían preguntándose con estupor ¿ves lo que yo veo? Mientras que la piara se revolcaba en el barro plácidamente a menos de 10 metros de nuestros amigos. ¿Qué hacer? José Mari, tenía por costumbre, llevar cartuchos con bala en su cartuchera, pero ni se le paso por la imaginación cometer semejante crimen cinegético… ¡Pero si aquello era único! Y sólo con mirar la cara a “Chele” estaban pagados muchos años de caza… ¡Dios mío que maravilla!

Pasado un buen rato José Mari dio unas palmadas y los jabalíes salieron raudos del barro perdiéndose con gran algarabía por el fondo del monte. Como es lógico, nuestros amigos comenzaron rápidamente a cambiar impresiones atropelladas comentando el evento y… en ese momento las jaras volvieron a moverse y apareció impávido otro jabalí, un jabato, el más pequeño de la manada que buscaba al grupo “pasando de todo”…

José Mari le dijo en un  susurro a “Chele”: Verás cómo encuentra el rastro. Y efectivamente el novato, desconcertado al no ver en la charca a los demás, husmeó dos o tres veces y se marchó por donde los otros.

Ni que decir tiene que la cacería a tórtolas se terminó y nuestros amigos con un estado de ánimo parejo en emociones decidieron marcharse a casa pues ¡ya lo habían visto todo! Pues…  ¡jamás habían visto una cosa perecida! A los dos las piernas le temblaban y tenían la boca  como el estropajo.

Por la noche en la finca, jugaron una partida de cartas y “Chele” comentaba: “Qué barbaridad… diecisiete jabalíes y José Mari apostillaba; que no se te olvide el pequeño…  diecisiete más uno!, que aún le veo cómo perdía el culo una vez que encontró el rastro

             Esta es una historia verídica, con protagonistas auténticos, ocurrida en una tarde de agosto en el trascurrir de la media veda. Ello, viene a darme la razón en lo que defiendo siempre: “Qué la caza es otra cosa… que el mero hecho de su práctica y que tanto José Mari con su veteranía y “Chele” a sus 14 años de edad, jamás olvidarán la experiencia vivida por pagos de Palacios del Arzobispo”.

José Mari y “Chele” conocieron este día la caza con todo su significado, cuando vieron los 18 jabalíes… ¡perdón… diecisiete más uno! Salir de entre las jaras y tuvieron el VALOR con mayúsculas de no disparar un solo tiro.”QUE AL FIN Y AL CABO, CAZAR NO ES MATAR, SI NO ALGO MÁS IMPORTANTE Y PROFUNDO.

  (Volveremos e próximo domingo, con  otra—HISTORIA INOLVIDABLE--¡Sí Dios quiere!)