Viernes, 15 de diciembre de 2017

Estamos escoñando la obra de Noé

 

 

Cuando estoy en mi pueblo, me gusta madrugar para darme un paseo por el campo. Ya el sol se ha aseado y ha tomado el desayuno, y se dispone a repartir energía para que nosotros podamos subsistir. Antes, me he calado el sombrero de segador y he tomado el bastón con basa de cobre y punta de acero,  por si me asalta alguna alimaña, que baje del monte en busca de presa.

 

Por el sendero de los lobos, me encuentro siempre con alguien que también sigue las indicaciones del médico: “Nada de sedentarismo. Al menos, una hora de marcha. ¡Cuidado, con el colesterol!”. Siempre obediente, por si las moscas.

 

Y sigo mi ruta y, a medida que avanzo, me angustio más. Ni un pardal. Ni una alondra. Ni una perdiz, ni un tordo. Nada entre el cielo y la tierra: sólo sol, polvo y rastrojera. Me encontré con mi amigo Juanín. Traía la escopeta enfundada sobre el hombro y una cartuchera repleta de cartuchos. Es la media veda: es el tiempo de la cordorniz. “Me vuelvo a casa, porque no he visto ni un pájaro. Ya sabes los herbicidas esterilizan a las hembras y a los machos, y no anidan ni ponen huevos ni se ven apeonar, por los cerros,  los pollos de perdiz tras de la madre. Tal cual ocurre con las liebres. Se ve algún conejo por la regadera de alguna huerta”.

Y me digo; ¡si Noé levantase la cabeza y viese este desaguisado! ¡Él que había refundado o recreado el ecosistema, cobijando todas las especies vivas en el arca, mientras pasaba el temporal, les había asignado el lugar propicio con las condiciones naturales y necesarias para su subsistencia y reproducción, y las había relacionado entre sí en un proceso interdependiente de comunidad vital, para que, entre ellos, se distribuyesen la energía que el sol vierte sobre la tierra, y nosotros nos empeñamos en romper el equilibrio, el orden, la norma natural, contaminando el aire, el agua, la tierra, su protección atmosférica y, como consecuencia, a nosotros mismos, a nuestra sociedad, que no hay por donde agarrarla.

 

Y con todo esto, consumiendo lo que me queda de sensibilidad, llego a los pinos, y miro en lontananza el vacío y la tristeza de las besanas solitarias, aburridas, añorantes  de aquellas canciones de los jilgueros y gorjeos de la alondra, y arrumacos, y  de aquellos lenguajes ecológicos como rebuznar, relinchar, croar, mugir, y la danza de la planta a los sones de la melodía del viento…

 

Y avanzo más y asisto, con la misma melancolía, al entierro de aquellas voces que salían del hombre; arar, poner el surco, sembrar, aricar, binar, escardar, excavar, segar, acarrear, trillar, aventar…

¡Cuántos solteros por culpa de la maquinaria!

 

Si echas el surco derecho

a mi besana,

labrador de mis padres

serás mañana.